Sobre el
frío. Hace un frío -el fresco, norteño- ocre y
vacío. Las calles se vacían de intenciones y las acacias
desesperan de la verdad de la primavera -como una biblia de
parábolas aromáticas, deseadas e inconcebibles- mientras
perros "lamecoños" orinan dentro de su sabia africana. El
invierno nervudo y nevado nos vacía de luz y las palabras no
atinan a reunirse en un filamento incandescente. Los pelmazos en
invierno son más deseables pero menos prolijos, incluso ellos
-los
pelmazos- desaparecen de las calles forajidas. En invierno.
Sobre las
cartas. Las cartas de Roberto son frescas y apagan la sed y aligeran la
mente y reposan la espalda. Las cartas de Jon son dulces y tibias. Se
esperan como rosquillas de anís que se mordisquean en la
víspera de Cuaresma. Las cartas de Jon se leen después,
en el diván, mientras cierran los portales. Las cartas de Miguel
son verdaderas y a veces asustan como la verdad cierta. Se leen antes y
después y durante y nunca. Pero siempre se recuerdan. Las cartas
de Nicolás presagian fuentes de agua reposada, tardes de paz y
merienda. Las cartas de Emilio recuerdan y las de Carlos presentan. Las
cartas cuentan más de lo que cuentan.
Sobre el abismo creador.
Sí, Miguel, sí, recuerdo esa sensación de la que
hablas. La recuerdo cada mes de Febrero y Setiembre. Cuando el
frío y el estío van menguando, o no. Una sima abismal que
retiembla dentro. Sin saber qué ni cómo. Arcadas,
migrañas, angustias preceden al nacimiento de un sietemesino que
no nos quiere y al que creemos no querer. Sí, Miguel, sí,
la recuerdo muy bien y solo se me ocurre contar lo que he vivido.
Sobre
el centenario. Claro que sí, mi querido señor
Sánchez,
claro que tengo pergeñada mi propuesta para la efeméride.
Claro que va a estar a la altura. Y claro que no va a ser el amarillo
ese. Ni el del azar.