epistolario

 

 

Veintiocho de febrero de dosmil seis



Queridos hermanos en la creación:

Sobre el frío. Hace un frío -el fresco, norteño- ocre y vacío. Las calles se vacían de intenciones y las acacias desesperan de la verdad de la primavera -como una biblia de parábolas aromáticas, deseadas e inconcebibles- mientras perros "lamecoños" orinan dentro de su sabia africana. El invierno nervudo y nevado nos vacía de luz y las palabras no atinan a reunirse en un filamento incandescente. Los pelmazos en invierno son más deseables pero menos prolijos, incluso ellos -los pelmazos- desaparecen de las calles forajidas. En invierno.

Sobre las cartas. Las cartas de Roberto son frescas y apagan la sed y aligeran la mente y reposan la espalda. Las cartas de Jon son dulces y tibias. Se esperan como rosquillas de anís que se mordisquean en la víspera de Cuaresma. Las cartas de Jon se leen después, en el diván, mientras cierran los portales. Las cartas de Miguel son verdaderas y a veces asustan como la verdad cierta. Se leen antes y después y durante y nunca. Pero siempre se recuerdan. Las cartas de Nicolás presagian fuentes de agua reposada, tardes de paz y merienda. Las cartas de Emilio recuerdan y las de Carlos presentan. Las cartas cuentan más de lo que cuentan.

Sobre el abismo creador. Sí, Miguel, sí, recuerdo esa sensación de la que hablas. La recuerdo cada mes de Febrero y Setiembre. Cuando el frío y el estío van menguando, o no. Una sima abismal que retiembla dentro. Sin saber qué ni cómo. Arcadas, migrañas, angustias preceden al nacimiento de un sietemesino que no nos quiere y al que creemos no querer. Sí, Miguel, sí, la recuerdo muy bien y solo se me ocurre contar lo que he vivido.

Sobre el centenario. Claro que sí, mi querido señor Sánchez, claro que tengo pergeñada mi propuesta para la efeméride. Claro que va a estar a la altura. Y claro que no va a ser el amarillo ese. Ni el del azar.

Sobre las circunstancias. Un puñado de ellas de índole familiar me obligan -con harto dolor de corazón- a no poder estar con vosotros el próximo sábado en la tertulia sobre los "Girasoles Ciegos". Trataré de enviaros mis comentarios por adelantado.

Vuestro
Joseba

 
 

Veintiocho de mayo de dosmil cuatro



Queridos contertulios:

Hace mucho tiempo visité, con mi hermano y su novia, a los padres de ésta. Pasaban las vacaciones de verano en su pueblo natal, sito en uno de los valles montañeses del viejo reino de Castilla. El pueblo no ofrecía muchas distracciones a un adolescente; podeis imaginar casas de canto con fachadas enfoscadas y balaustradas de roble agrisadas por fríos y nevadas centenarias, sin agua corriente y con luz de baja tensión, calles de tierra y lastras rotas, poca población, en fin la España medieval con pantalones de tergal.
Aburrido y fuera de lugar, mi única distracción consistía en realizar todo tipo de preguntas estúpidas a mis mayores, que me respondían con la paciencia del que cree que la ignorancia no es una mala cualidad, si es deseo de su propietario reducir su tamaño. En una de estas sesiones, creyendo acabado mi arsenal de cuestiones, levanté la vista hacia el cielo donde una bandada de pajaros negros volaba cambiando continuamente de dirección y piando monosílabos. Aproveché la ocasión y pregunté a Ángeles, la suegra de mi hermano:
- ¿Qué pájaros son esos?
- Aviones - respondió. Y siguió con sus quehaceres, quizás pensando que la educación franquista dejaba en los jovenes grandes lagunas.
Yo pensé que me había tomado el pelo con aquella respuesta tan cachazuda, pués ¡no sabía yo bién como eran los aviones!.
Pero la duda anidó en mi interior y decidí reducir mi falta de conocimiento ornitológico. Para ello adquirí unos prismático soviéticos y una guía de aves con los que aprecié como buena la escueta respuesta que Ángeles me había dado algunos años antes.
Sirva este resumen para conocer a uno de los más antiguos inmigrantes africanos en la península ibérica: el avión común.
De la familia de las golondrinas, el avión común (Delichon Urbica ¿la delicia de la ciudad?) es un ave negra azulada, con el pecho y el obispillo, zona donde el cuerpo se une a la cola, blancos y con las alas caudales con una abertura en forma de flecha, menos acusada que en el caso de las golondrinas. Vive en áreas con salientes rocosos o urbanas donde cuelga de los aleros su nido, hecho con bolitas de barro que el mismo mastica y va pegando una a una hasta conseguir un cuarto de esfera, cerrado por la pared y el voladizo del alero, dejando un agujerito por donde entra y sale para alimentar a sus polluelos con todo tipo de insectos voladores.
Sí, el avión es un vecino alegre pero no molesta a nadie, quizás por eso no haya atraido la atención de algunos contertulios. Esperemos que a partir de ahora su piar forme parte de nuestros trinos en el corcho.

Con afecto.
MSR


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