PRESENTACIÓN
Nota
preliminar
El
año pasado trabé una relación personal y privada
con Julio Manegat que tuvo como fruto, entre otros, el regalo de un
ejemplar del libro Amado mundo podrido.
Me lo ofreció con una viva recomendación. Según me
confesó, esta novela es la que más le satisface de todas
las que ha escrito, incluidas, como así me consta, sus dos
últimas novelas aún inéditas. El respeto y
cariño que le profeso a D. Julio me obligan a hacer extensible
dicha recomendación a mis compañeros en lides literarias
de la Tertulia de La Granja. Con la propuesta de lectura de este libro
pretendo, en primer lugar, paliar el desencanto que produjo en algunos
contertulios de La Granja la lectura del libro La ciudad amarilla escrito por el mismo autor que hice
en abril de 2005, y especialmente la frustración de nuestro
querido Profesor Molinero, quien manifestó su pesar por la
inexistencia de una auténtica recreación de la vida de la
familia de Eugenio Bonastre, la cual aparecía en la obra
sólo tangencialmente, como basamento de una trama cuyo
único objetivo era presentar la urdimbre del destino, la muerte
y Dios. Por ello espero que, ahora sí, aproveche la oportunidad
que nos brinda Julio Manegat, y disfrute de los pasajes de la vida de
esta familia formada por Agustín Linares, su esposa Teresa
Tapias, su suegra Juana Viu Tordesillas y sus hijos Marián,
Rafael, Manuel y la niña que nace y crece a lo largo de la obra,
Pilar.
En segundo lugar,
pretendo rehabilitar a este autor desconocido en el panorama literario
actual, hasta el extremo de que su nombre no suena demasiado en
nuestros días, ni sus libros se venden en las librerías,
y además romper una lanza en su favor y reivindicar el lugar que
le corresponde, por derecho propio, en la historia de la Literatura
Contemporánea española, rescatándolo del injusto
olvido e inmerecido ostracismo al que ha sido sometido; y en tercer
lugar, homenajear al autor y dar difusión a sus obras, las ya
publicadas y las inéditas. Quiera Dios que éstas
últimas salgan pronto a la luz y engrosen su
bibliografía, y que sirvan además para restituir la
actualidad de un autor cuyos libros se pueden comprar hoy en
día, a treinta años de la publicación de Amado mundo podrido, exclusivamente de
segunda o tercera mano, eso sí, sin demasiada dificultad, lo
mismo que las obras de su padre Luis Gonzaga Manegat, colega en tareas
periodísticas y literarias.
PRESENTACIÓN
Luis Ignacio Manegat
de Urmeneta (texto enviado por email, el día 25 de
mayo de 05, a nicolaszimarro@latertuliadelagranja.com), hijo de Julio Manegat, periodista y
escritor, en los apuntes del libro que está preparando, sobre
los personajes ilustres de la familia Manegat, presenta así a su
padre: “Mi padre nació en Barcelona el 4 de enero de 1922. Hijo
del periodista y escritor Luis Gonzaga Manegat Jiménez (2), se
licenció en Filosofía y Letras y cursó los
estudios profesionales de Periodismo. En su dilatada labor como
periodista destacan los siguientes aspectos:
Colaborador en El Noticiero Universal desde 1946, y
colaborador fijo, como crítico literario desde 1952. Redactor de
dicho diario desde enero de 1953, articulista, crítico literario
y teatral. Colaboró en numerosos diarios, revistas, emisoras
radiofónicas y en Televisión Española.
Tiene más de
150 volúmenes de artículos publicados. Fue director de La
Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona desde su
reinstauración en 1968 hasta su extinción diez
años más tarde al crearse la Facultad de Periodismo.
En varias ocasiones
ha sido miembro de la junta directiva de la Asociación de la
Prensa de Barcelona, de la que durante cuatro años fue
vicepresidente primero.
Entre los premios
obtenidos destacan:
Premio “AHR” a la
labor de crítica literaria, de carácter nacional; Premio
Nacional de Teatro por la labor de crítico teatral; Premio
“Manuel de Montoliu” por la labor de crítica literaria, y
numerosos premios en concursos de artículos, cuya
numeración sería muy prolija.
Obras teatrales y
literarias: En su labor literaria destacan en teatro una veintena de
obras escritas. Estrenadas las siguientes: El
viaje desconocido, Todos los días,
El silencio de Dios, Los fantasmas de mi
cerebro (en colaboración con el escritor José
María Gironella), Quirófano B, Antes,
algo, alguien…. En novela, las obras: La
ciudad amarilla, La feria vacía,
Maíz para otras gallinas, El pan y los
peces, Spanish Show, Cerco de sombra, Amado
mundo podrido, etc. En narrativa, Historias
de los otros y Ellos siguen pasando.
En poesía, Canción en la sangre; en ensayo, La función crítica de la prensa,
y en teatro (publicado) Todos los
días, El silencio de Dios, y Els
nostres dies.
Premios obtenidos por
su labor literaria:
“Ciudad de
Barcelona”, con la obra La feria
vacía;
“Selecciones Lengua
Española”, con El pan y los peces;
“Ciudad de Gerona”,
con Maíz para otras gallinas;
Nacional de Teatro de
la Real Academia Pontificia de Lérida con la obra Antes, algo, alguien…;
Pensionado de Literatura por la Fundación Juan March;
“Hucha de plata” y
“Hucha de Oro” por la narración El
coleccionista.
Sus novelas La ciudad amarilla e Spanish Show fueron finalistas, a un voto de distancia
del ganador, del premio “Planeta”.
Julio Manegat fue
durante cinco años secretario del Ateneo de Barcelona; fundador
del Premio de la Crítica; miembro del jurado de innumerables
concursos literarios y teatrales de carácter nacional;
conferenciante en ateneos y cursos culturales de gran parte de
España.
Algunos de sus libros
han sido traducidos a varios idiomas. Ha prologado diversas obras de
autores españoles y extranjeros.
En la actualidad, a
sus 84 años sigue escribiendo prácticamente todos los
días. Pluma y vieja máquina de escribir...”
El artículo
titulado La sombra de un amigo, escrito
por Juan Perucho en el periódico La
Vanguardia el día 16 de diciembre de 2002, constituye un
excelente documento que nos presenta la biografía y la obra de
Julio Manegat de un modo ilustrativo y particular. Expone lo siguiente:
”Al salir del cine Verdi seguí calle abajo hasta llegar a una
librería de lance, donde revisando sus estantes encontré
la novela La ciudad amarilla, de Julio
Manegat, editada por Planeta el año 1958. Era una de las pocas
novelas de este autor que no conocía. Me parece que fue su
primera novela.
Mantengo muy buenas
relaciones con Julio Manegat [nacido en Barcelona en 1922]. Me refiero
a relaciones humanas, no literarias, pues procedemos de distintos
ámbitos ciudadanos de creación. A veces, me lo encuentro
por la calle y departimos juntos aspectos de nuestra actual sociedad y de nuestra
política. Es lo que se suele hacer.
Nos conocimos en la
universidad, donde él cursó la carrera de
Filosofía y Letras mientras yo hacía la de Derecho.
Compartíamos tertulias en el patio de Lletres con Carmen
Laforet, Néstor Luján, Antonio Vilanova y el poeta
Salvá Miquel. Era el momento en que velábamos nuestros
sueños junto con Julio Garcés, Juan Eduardo Cirlot,
Manuel Sagalá y Ramón Eugenio de Goicoechea, estos
últimos aglutinados en Barca Nueva, de la Editorial Berenguer, hacia 1943.
Cuando ingresé
en el semanario Destino para ejercer la
crítica de arte (la sección la titulé Invención y Criterio de las Artes), Julio
Manegat ingresó de redactor en El
Noticiero Universal y llegó
con el tiempo a ser subdirector. Fue comentarista, crítico
literario y teatral en el mismo periódico, funciones compartidas
con el poeta Enrique Badosa. Escribió, pues, teatro,
poesía y, finalmente, novelas. Su actividad ha sido
reseñada en Quién es
quién de las letras españolas (1969), Diccionario de las Letras Españolas (Revista de Occidente, 1972), Autores de la Literarura Española e
Hispano-Americana, de Alianza Editorial (1993).
(...) Se trata, pues
de una personalidad de relieve, muy conocida por los lectores y
público en general. Sin embargo,
me doy cuenta de que su nombre no es demasiado conocido en nuestros
días ni aparecen libros suyos. Estos días están
dominados por míticas mafias literarias que impiden la libertad
editorial y provocan la repugnancia y el desinterés de
determinados autores. Esto viene de lejos. Me acuerdo ahora de Melcior
Font, poeta catalán extraordinario, olvidado hace años, o
no participante, pues no se conoce si no es por sus Nous poemes del Montseny,
nº 6 de Quaderns de Poesia (136),
y de Gerard Vergés, aristocráticamente apartado del
éxito vulgar. En castellano no se mencionan, por ejemplo,
determinadas personalidades por razones políticas :
Julián Ayesta, Eugenio Montes, Rafael Sánchez-Mazas,
Pedro Mourlane-Michelena, etcétera.
¿Le ocurre esto también a Julio
Manegat? ¿Por qué? Su literatura está inmersa en
la realidad más profunda. Dicen sus editores que los hechos
cotidianos están proyectados hasta sus últimas
consecuencias y “esto concede una directa universalidad al tema
tratado por el autor”. Recuerdo unos versos escritos por Enrique
Badosa, su compañero de otros tiempos:
Yo iré olvidando noches y
cuartillas
Y tintas de esperanza tan inciertas.
Y en el frío de los espejos
rotos,
No volveré a escribir
palabras viejas.
¿Quién sabe? Los
dioses de Horacio y Virgilio, omnipresentes, soplaban más
allá de sus labios hacia las nubes de antaño. La realidad
aparecía entonces prístina y actual, más
hondamente humana.
Las de este autor son unas novelas ferozmente realistas, pero ha
conseguido algo que no es fácil conjugar : el realismo con una
dimensión humana y poética palpitante y mágica.
Los hechos cotidianos, por otra parte, están proyectados hasta
en sus últimas consecuencias y esto concede una directa
universalidad al tema tratado desde la calle, desde la sencillez, y
alcanza unas profundas y patéticas dimensiones, ya que, tras la
anécdota visual, podríamos decir, late una
preocupación por temas tan importantes y apasionantes como la
intuición de la muerte y el encadenamiento de pequeñas
causas que, en un momento, obligan a que un hecho se produzca. Son
novelas modernas, tanto en la técnica como en la
expresión, y no sólo interesan
al lector sino que le hacen vivir en una emocionante tensión
desde las primeras páginas hasta su desenlace”.
Amado mundo
podrido es un libro cuyo título
tiene resonancias poéticas, como todos o casi todos los que el
autor emplea en su bibliografía: La
ciudad amarilla, La feria vacía,
Cerco desombra, Maíz para otras gallina Historias de los otro”... Es una novela que despide
amargura (el propio autor lo reconoce así, y no duda en
calificar sus obras como “amargas”), si bien en ella se entrevé
también cierta esperanza, esperanza que se descubre como la luz
que ilumina la salida del túnel de la existencia humana,
esperanza que se sustenta en este principio vital básico: en la
vida debemos elegir entre el absurdo y el misterio. Julio Manegat
parece haber optado por el segundo camino existencial, lo cual no le
exime de padecer en su propio espíritu la parte amarga,
profundamente amarga, de la existencia humana. Es lo que
podríamos denominar “optimismo trágico”, que consiste en
el reconocimiento de la vida como un amargo cáliz, y al mismo
tiempo como un bien cuya posesión y disfrute nos proporciona una
inmensa dicha. Viktor Frankl [“El hombre doliente. Fundamentos
antropológicos de la Psicoterapia”, Víctor E. Frankl,
Editorial Hérder, Barcelona 1987, p. 63] en su obra El hombre doliente, abunda en esta idea, y asevera
que: (…) “Ninguno de nosotros puede evitar el sufrimiento ineludible,
con la culpa inexcusable y con la muerte inevadible. La pregunta que
debemos formularnos es: ¿cómo podemos decir sí a
la vida a pesar de todo este
su aspecto trágico? Una pregunta que lleva a esta otra:
¿la vida, a pesar de todos sus aspectos negativos, puede tener
sentido, mantener el sentido en todas sus condiciones y circunstancias?
Lo primero de todo, hay que abordar la vida como es, según
leemos en una carta de Rilke a
la condesa Sizzo: “El que no acepta de una vez con resolución,
incluso con alegría, la dimensión terrible de la vida,
nunca disfrutará de los poderes inefables de nuestra existencia,
quedará marginado y, a la hora de la verdad no estará
vivo ni muerto”. Este mismo sentimiento trágico de la vida, de
corte esencialmente unamuniano, informa la obra que nos ocupa. El
escritor, atormentado por sus fantasmas interiores, “mezcla de lo
diurno y lo nocturno, esperanza y angustia” como diría Ernesto
Sábato, nos muestra las diversas afecciones de este sentimiento
trágico, así como su inabarcable dimensión, que en
la novela se concreta en la presentación de los avatares y
vivencias de una familia típica barcelonesa de los años
sesenta-setenta, que necesita un baño dominguero para calmar el
calor estival y emprende un viaje a la playa, que le llevará
lejos, mucho más lejos de lo que nunca hubieran imaginado sus
miembros. En su periplo, no encuentran en ningún pueblo playero
del litoral barcelonés lugar para aparcar su Seat
«124» blanco, coche que es uno de los protagonistas de la
obra, que existió y fue el utilitario del autor en aquellos
años.
Amado mundo podrido
es una obra de madurez, obra llena de pesimismo que, según
confiesa el autor, escribió “con amor, sufrimiento y bastantes
gotas de amargo humor negro”. Se gestó cuando Manegat contaba
con 52 años, después de una larga carrera literaria que
comienza con un libro de poemas en el año 1947 y culmina con
ésta, que es la última que conoció el
tórculo. La obra estuvo a punto de ser llevada al cine, tal como
ocurrió con “Spanish show”, aunque el proyecto no se
materializó por el alto presupuesto que requería su
filmación. Con todo, Amado mundo
podrido es su novela más ambiciosa, oscura y quizá la
más completa. En ella el autor hace gala de un perfecto dominio
del oficio de escribir, y vierte todo su genio en la creación de
un alegato de la miseria de la condición humana y de la
mezquindad de la historia de nuestra civilización. No se salva
nada ni nadie de la crítica, ni siquiera los credos religiosos,
o por lo menos las actitudes de sus profesantes.
(2) Texto enviado por email, el día 25 de mayo de
05, a nicolaszimarro@latertuliadelagranja.com
Luis G. Manegat Giménez (nº061) nació en
Barcelona el 13 de diciembre de 1888, fue escritor y periodista.
Luis G. Manegat
empezó a publicar sus primeros cuentos en 1912 en “El Noticiero
Universal” y en “La Vanguardia”. En 1926 ingresó en la
Redacción del diario vespertino y en 1952 fue nombrado Director
de “El Noticiero Universal” hasta su jubilación en 1960.
Escribió y
publicó una treintena de libros, más de 200 cuentos y
varios millares de artículos en la prensa diaria y en revistas.
Fue condecorado
con la Cruz de Oficial del Mérito Civil en 1954.
Fue nombrado
Periodista de Honor en 1956.
Biografía que escribió mi padre
de mi abuelo, en enero de 1996
Desde niño
sintió la vocación de las letras y del periodismo.
Luis G. Manegat,
siendo ya muy joven ganó el primer concurso de cuentos a los 14
años. Comenzó a colaborar en “La Vanguardia” y en otros
diarios y revistas. Sería en 1912 cuando comenzó a
escribir en el popular “Ciero”, primer
diario de la tarde de España, que gracias al impulso y al
talento de su fundador y primer director, obtuvo enseguida el favor de
los lectores barceloneses y, posteriormente, del resto de
Cataluña y también, en sus mejores tiempos, entre
lectores de Madrid.
Después de
muchos años de colaborar en el Ciero
entró ya como redactor de plantilla en 1926. En 1939, terminada
la guerra civil española, fue nombrado Subdirector, y Director
en 1952, cargo que desempeñó hasta 1966, pocos
años, pues, antes de su muerte, en junio de 1971.
En 1956 le fue
otorgado el título, que muy pocos periodistas han recibido, de
Periodista de Honor.
Asimismo, pocos
meses antes de su fallecimiento, los periodistas barceloneses le
otorgaron el Premio Francisco Peris Mencheta.
Por otra parte fue
nombrado Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de
Barcelona y Socio de Honor de la Asociación de Amigos de la
Ciudad.
Estuvo casado con
Antonia Pérez y tuvo dos hijos: Alegría y Julio, siendo
éste, asimismo, periodista y escritor, como lo es el nieto Luis
Ignacio Manegat de Urmeneta. Alegría Manegat fue licenciada en
Historia y la única directora del Museo dedicado al escultor
Josep Clará.
Puede decirse sin
lugar a dudas que, aparte de las imposiciones diarias de la
profesión y de su periódico, la obra periodística
de Luis G. Manegat Giménez, que también fue director de
diversas revistas como la infantil “Alegría”,
en la que dibujaba el gran pintor uruguayo Rafael Barradas y que
Manegat redactaba con el poeta Juan Gutiérrez Gili, de las
revistas, entre otras, “Cristo Rey” y “Mundo
Católico”, dirección ésta que, en los primeros
meses de la guerra civil española, estuvo a punto de costarle la
vida.
La
obra periodística de Manegat, como articulista que
publicó miles de artículos a lo largo de su vida, se
centraba en la fe y esperanza en Dios, en su amadísima Barcelona
y en los seres más desheredados y sufrientes. En este sentido,
Luis G. Manegat realizó
una obra ejemplar, como bien se demuestra en su obra póstuma “Al filo de la vida”, título de una
sección que firmaba en “El Noticiero Universal” y que
reúne un puñado de artículos de dicha
sección. El escritor y editor Tomás Salvador (muerto
años después), la noche en que velábamos a mi
padre, decidió publicar un libro de artículos de Manegat
Giménez. Luis G. Manegat obtuvo la Cruz de la Orden del
Mérito Civil por su labor periodística”.
Obras escritas por
Luis Gonzaga Manegat
“Aunque los
escritores--sigue escribiendo Julio Manegat
Pérez--, bien sabemos cómo esclaviza laboralmente la
profesión, Luis G. Manegat realizó una seria labor como
escritor robándole horas al sueño y a la fiesta. He
aquí la simple enumeración de sus obras”:
Novela: Estelas del corazón, Cautiverio de almas (1931), El juglar (su primera novela), Barracas (novela esta de absoluta denuncia social y
publicada en 1955), Hoguera de pasión
(1944-novela muy extensa de la Barcelona del romanticismo), Kaddur el loco (1947), Luna
roja en Marrakech, Niña de plata,
¡Uno más!. Los primeros
cuentos se publicaron en Hojas selectas,
La Actualidad, La Ilustración Artística y La Ilustración hispanoamericana.
Algunas de estas obras están ilustradas por el pintor Segrelles.
Obras de
evocación barcelonesa: Hombres y
cosas de la vieja Barcelona (1944) y La
Barcelona de Cervantes (1964).
Teatro: Cuento de lobos, La isla dorada, Santa
María del Mar, Hay fuego en el
Rabal, La conversión de
Antón Martín.
De
divulgación artística: Las
iglesias de Toledo, Las iglesias de
Sevilla, La Alhambra (en
colaboración con el arqueólogo Macario Golferich).
Algunas de sus novelas fueron traducidas a varios idiomas. Manegat
Giménez también tradujo novelas como La Divina Comedia.
Conferenciante: Como periodista y escritor
pronunció numerosas conferencias en centros culturales de
Barcelona, Madrid y otras poblaciones españolas.
Reproducción de
carátulas de todos sus libros
El
Ateneíllo de Hospitalet en los años 1920
“Rafael Barradas,
pintor uruguayo antes aludido, -sigue
escribiendo Julio Manegat de la biografía de su padre (mi abuelo),
-que vivió lo mejor de su vida en España, particularmente
en Barcelona, se creó aquí grandes amistades entre las
que destacan las del poeta Juan Gutiérrez Gili y la de Luis G.
Manegat. Barradas, que vivió pobremente en un pisito de
Hospitalet, junto con su mujer, Pilar, (que no se llamaba Pilar, pero
que él conoció en un pueblo aragonés cuando, ya
tuberculoso, se fue a pie a Madrid) y con su hermana Carmen,
creó el llamado Ateneillo de Hospitalet por el que desfilaron
las más importantes figuras de los años veinte (1920)
hasta que Barradas, en 1928, regresó al Uruguay para morir.
Allí, en el
Ateneillo, se reunían los domingos por la mañana o por la tarde y allí figuraron
asiduos, además de Gutiérrez Gili y Manegat,
García-Lorca, Dalí, Segrelles, Casona, Sebastián
Gasch, José María de Sucre, Luis Monteyá,
Guillermo Díaz -Plaja, Luis Góngora, Regino Saenz de la
Maza, Mario Verdaguer, J.V.Foix, Sebastián Sánchez Juan,
Juan Alsamora,...etc.
El Ateneillo fue
una llama importante en el arte y en la literatura en la década
de los años veinte en Barcelona y no hubo figura que de paso por
la Ciudad Condal no fuese al
Ateneillo de Barradas. La presencia en él de Manegat era
constante dada la fraternal amistad que le unió al pintor y a
Gutiérrez Gili”.
Pies fotos
óbito Luis G. Manegat
El 15 de junio de 1971
fallecía mi abuelo paterno, Luis G. Manegat Jiménez”.
(por Luis
Ignacio Manegat de Urmeneta)
|
VALORACIÓN
Valoración
La novela está escrita con un estilo muy personal,
ágil, redondo, sin abrupteces, con trazo homogéneo,
poderoso y efectivo, profusión verbal y con una impronta que
denota convicción y seguridad en el propósito, formalidad
y materialización de la novela. Alterna sabiamente
diálogos que van dibujando la vida e incertidumbres de los
personajes con pura narración, en este caso menos poética
que en otras novelas. Hay un enorme derroche de información que
se le trasmite al lector, tanto histórica como metaliteraria,
como si Manegat aspirara a crear una pátina de amargura
conformada con el sustrato de todas las circunstancias desafortunadas,
situaciones desgraciadas, actitudes miserables y todos los males
habidos y por haber que enumera y describe, y que irremediablemente han
dilapidado la felicidad de los seres humanos a lo largo de la historia,
y como si aspirara también a dejar entrever sus múltiples
lecturas de “lletraferit” y saberes vitales de búsqueda nunca
satisfecha, abordando el misterio de la vida con disposición
paciente, a la espera de una revelación.
En Amado mundo podrido el tiempo de la
narración no es lineal. No hay una sucesión
cronológica de los acontecimientos ni continuidad inmediata en
el hilo de la trama. Esta distorsión temporal y argumental se
lleva a efecto por medio de la inserción en el relato de los
diversos listados de sucesos y personajes históricos, los roles
descriptivos de circunstancias
y eventualidades variadas y las múltiples enumeraciones de
individuos relacionados en una especie, de objetos referidos a un mismo
fenómeno y accidentes identificados en una categoría
determinada que componen los textos de carácter informativo
anteriormente mencionados, por una parte, y la inserción de
textos con referencias explícitas de algunas lecturas del autor
en clave de intertextualidad, por otra, entremezclados todos ellos con
textos que cuentan la vida pasada y futura de los integrantes de la
familia en el decurso de la aventura dominguera que se narra. Este
juego temporal aparece ya en “Maíz para otras gallinas”, su
anterior novela. En ella desgrana las vidas de los participantes en un
banquete de empresa (“Mundiplast”), proyectándolas en el
presente continuo del banquete y desarrollándolas en su
contextura antero-posterior, haciendo coincidir cada plato de la comida
con cada uno de los tiempos (pretérito y futuro) enumerados
aparte del mero presente, el cual se hace visible a lo largo de la
novela en el transcurrir del propio banquete.
Manegat presenta una totalización o balance de la
vida de los personajes, que se resuelve en una síntesis de la
misma por cada personaje, incluso llegando en algún caso a la
ancianidad. Se trata de un resumen de la vida, de ese instante de
eternidad que tenemos el privilegio de disfrutar, algo así como
la visión que Dios tendría de la biografía de cada
ser humano desde un momento concreto del presente, al modo que dicen se
muestra a uno su propia vida en el lance de la muerte. De esta manera,
parece que Manegat quiere poner al lector sobreaviso del sentido de su
vida, presentándole el resultado de la indagación del
misterio de vidas ajenas, y obligándole a extraer conclusiones
acerca de su propia vida, a partir del conocimiento de una o varias
peripecias vitales. Este intento de ilustración o ejercicio
pedagógico responde a la necesidad que siente el autor de
formular una respuesta a la preocupación
característica del ser humano contemporáneo, cautivo en
el légamo del nihilismo y necesitado de una salida de emergencia
a su zozobra existencial, preocupación que en los siglos
anteriores sobrevenía sólo en la antesala de la muerte y
no como en la actualidad, que se ha convertido en una obsesión.
Así nos lo recuerda Ernst Bloch [“El
hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la Psicoterapia”,
Víktor E. Frankl, Editorial Hérder, Barcelona 1987, p. 15] cuando dice: “Los hombres reciben el obsequio
de aquellas preocupaciones que sólo se solían tener en la
hora de la muerte”. En Amado mundo podrido
el autor utiliza un recurso similar al de la obra Maíz para otras gallinas..
Así, el viaje a la playa introduce a la familia Linares en un
apocalipsis existencial portentosamente doloroso, en el que una
aventura dominguera deviene en el periplo vital de los miembros de la
familia, jalonado por los hechos que concurren en la experiencia vital
individual de cada uno de sus integrantes, principalmente los
relacionados con el futuro; aunque también se explicitan algunas
regresiones temporales, como las referidas a las vivencias
protagonizadas por la anciana Juana Viu Tordesillas. Esta
intertextualidad que, bien es cierto, provoca una distorsión en
la sucesión temporal de los
hechos, al mismo tiempo facilita una explicación de la identidad
de éstos en las coordenadas de la unidad que presupone toda
trayectoria vital y posibilita la indagación en el misterio de
la existencia humana y en su envés, envés que en este
caso sería la constatación de lo absurdo de todo proyecto
de vida. En la novela el tiempo, en cuanto división designativa
de la realidad, se ejecuta en una doble vertiente: La primera es la que
comprende el transcurso del domingo eterno en el que acontecen los
hechos más extraordinarios de la narración (el coche que
cobra total autonomía, visita a lugares insólitos,
irrupción en el habitáculo del automóvil de
personajes anacrónicos y finalmente la muerte de todos los
miembros de la familia Linares). Este tiempo se desarrolla en una
continuidad inexorable y pasa vertiginosamente, lo cual explica que los
chavales de la familia se vayan haciendo mayores y la anciana tienda a
desaparecer, de suerte que acaba siendo algo indefinido, transparente y
casi etéreo adherido al cristal de una ventanilla trasera del
coche. La segunda, por su parte, es la que se manifiesta en digresiones
y progresiones temporales que se concretan en los saltos al
pretérito y al futuro de los personajes. Este tiempo
también corre de forma rápida en lapsus temporales o
retazos de vida, en apuntes escenográficos que reconstruyen las
historias particulares de éstos en un todo discontinuo que
contempla los diferentes estadios de sus vidas, así la juventud
de Juana Viu de Tordesillas y la adultez de los hijos de Agustín
y Teresa, con los problemas que deben, debieron o deberían
encarar en sus existencias. La simultaneidad de ambos tiempos en el
transcurso de la narración es patente en estos dos fragmentos:
En la página 279, una amante de Marián, la hija
díscola de Agustín y Teresa, hace mención a las
imaginaciones de la mujer, y dice:
“Hablabas
de mapas medievales que volaban, de manos cercenadas, de ciudades
llenas de soldados, de valles de suicidas, de torturas, de palomas de
picassos en el pico y de una tipa inglesa que se acostaba con
Shakespeare”. Y en la página 122 Teresa Tapias comenta a su
marido lo siguiente: “Porque ellos, y tienes que darte cuenta, hombre,
no sólo hablan con nosotros, sino con otras voces que no son las
nuestras, Agustín; voces que no nos pertenecen, o nos
pertenecieron algún día, como la de María
Castellet Dalmau, que se casó o se casará con nuestro
Rafael”. Esta interrelación de los dos tiempos que concurren en
el devenir de los acontecimientos prefigura
la vida de los integrantes de la familia, vida
que no conocemos si llegará a materializarse, a ser
real. Además, la entrevisión de los dos hilos del tiempo
en la novela, el del pasado y el futuro y el del presente de la
pesadilla apocalíptica, es recíproca. Manegat utiliza
esta técnica para hablar de la Vida, los problemas cotidianos y
las cuestiones de calado existencial, sus amarguras y sus reveses, a
través de los personajes que recrea, bien sean éstos los
integrantes de la familia Linares, bien los personajes remanentes y
arquetípicos en todas sus novelas, v. g. el sacerdote y el
médico, o bien los pertenecientes a la galería de
protagonistas absurdos y fuera de tiempo y lugar que acompañan a
los Linares en su viaje fantástico, como son: Teobaldo “El
Cojo”, cruzado cristiano que luchó en la toma de
Jerusalén; Ramoncito y su señor, el coleccionista de
víctimas; la niña eternamente violada, que seduce
irremediablemente a agustín; Shanti “El Bonzo”, monje budista
que intenta transmitir algo de paz a sus acompañantes; Elisabeth
Brampton, actriz inglesa que participó en la
compañía de Shakespeare; Sátiro, el sobón
que magrea a Marian en el coche; el señorito inútil, etc…
De este modo, los diferentes momentos cronológicos se
entremezclan y se superponen para dar idea de una eternidad o
continuidad temporal que no hace distingos entre las diversas
estaciones de una vida, aunque tampoco perpetúa la supervivencia
de la familia Linares más allá de su aventura dominguera,
posibilidad que queda claramente desechada al final de la novela,
cuando en la última página el narrador afirma que:
“Agustín, entonces, con una íntima, acompañante y
dolorida serenidad, supo que no se sorprendería lo más
mínimo cuando al mirarse en el espejo retrovisor contemplase la
imagen de su propia, vacía, amarillenta y resquebrajada
calavera”.
Efectivamente,
es así como concluye la aventura dominguera que protagoniza la
familia Linares, aventura que consiste en una peregrinación en
automóvil por un mundo extraño y alegórico, que
lleva a dicha familia a su propio ocaso. La secuencia de los lugares
que los Linares visitan despliega el rol temático que explicita
el contenido ideológico y ético que el autor quiere
transmitir. Los lugares que se describen, los hechos que en ellos
acaecen y las consideraciones que se expresan tienen un trasfondo de
crítica y de valor simbólico. La mayor parte de las
situaciones que presenta son de la más portentosa actualidad, a
pesar de tratarse de un texto escrito hace ya 30 años, por lo
que además hay que reconocer el carácter profético
de sus previsiones. Así, por ejemplo: el tráfico de
órganos; las guerras injustas
que asolan el planeta en nuestros días; las pretendidas cumbres
de paz, que no son sino un chalaneo entre poderosos; el consumismo
rampante de nuestro tiempo, en el que se vende hasta la dignidad de las
personas; las plagas de la Humanidad, como el Hambre, la
proliferación de cultos religiosos, la insolidaridad, las
abismales diferencias sociales, económicas y culturales, el
sometimiento a las ideologías, etc… Curiosamente, los lugares
que visita la familia Linares se escriben con letras mayúsculas
y son denominados con nombres grandilocuentes, que a la postre
pretenden significar, uno a uno los ancestrales problemas que asolan a
la Humanidad y preocupan al autor. Serían éstos: La
Ciudad de los Soldados, que es una alegoría en la que Manegat
denuncia la guerra, las guerras y la condición belicosa del ser
humano, y en la que nos ofrece informaciones sobre el NAPAL, en clara
referencia a su poder mortífero y a su empleo concreto en la
guerra del Vietnam. La Residencia del Coleccionista de Víctimas,
que es una alegoría del enajenamiento, la cosificación y
deshumanización a los que se ve sometido el ser humano por parte
de los poderes fácticos. La Ciudad del Gran Mercado, que
contiene una crítica despiadada al capitalismo y al consumismo
de la sociedad actual. En este lugar mítico se venden
órganos humanos, armamentos y cargos políticos.
Aquí da a luz Teresa Tapias a Pilar y se produce la detención de la familia. El Castillo
y Alto Tribunal de los Hábiles Interrogatorios, que pone de
manifiesto la arbitrariedad e impunidad con que los mandatarios ejercen
el abuso de poder sobre los ciudadanos sospechosos de ser enemigos del
sistema, que en la obra se plasma en la tortura inopinada a todos los
miembros de la familia Linares, lo cual anticipa en pocas
páginas la muerte de sus componentes. El Dulce Valle de los
Suicidas, que simboliza una
salida al sufrimiento y angustia de esta vida. Se nombran uno a uno
todos los suicidas egregios que han existido en la historia. La Gran
Avenida, ese lugar donde se agolpan las multitudes en interminables
manifestaciones, que representa la escenificación millones de
veces repetida de la rabia y la frustración por las exigencias
no satisfechas. La Conferencia de Paz, que desvela el engaño que
tilda de fraudes todas las cumbres de paz. El Museo Internacional del
Hambre, que expone en toda su
crudeza el gran problema de la canina en el mundo,
imperdonable y acuciante hoy en día. Y finalmente La Ciudad de
la Confraternización Universal, que presupone el último
gran sueño de la civilización humana. Se trata de una
ciudad de cartón-piedra con templos de todas las religiones y
cultos del mundo. Sirve de decorado cuasiespiritual para el desenlace
de la novela.
Paralelamente
a la presentación y descripción de estos lugares, en la obra hay una rica amalgama
de referencias que la fortalecen, y hacen de “Amado mundo podrido” una
novela total y completa que abarca todos los órdenes de la vida,
del espíritu y el arte. Se distinguen: las menciones musicales
de compositores clásicos y alguna de sus composiciones, como
Bach, Beethoven, Haendel, Corelli, Mozart, y enumeración de
autores contemporáneos, como Beatles, Edith Piaf , …; las
menciones a escritores y poetas, como : Pío Baroja y Rainer
Maria Rilke, Federico García Lorca, Antonio Machado,
Dámaso Alonso, Rafael Alberti …; las menciones
cinematográficas, como : “El séptimo sello” (1956) de
Ingmar Bergman, “Corpo d’amore” (1972) de Fabio Carpi; las menciones
arbitrarias a hechos históricos del pasado próximo y
lejano que son mostrados como boletines radiofónicos; y las
menciones a hechos de la época, como el declive de Franco,
lances políticos, etc… Por otra parte, también hay
enumeraciones largas de elementos pertenecientes a una misma
categoría, la mayoría de ellas llenas de
imaginación y de humor negro. Quizá sea en estos
interminables listados donde más evidente sea la ironía y ese matiz de humorada amarga que
presenta al mundo como ya augura el título, en su completa y
floreciente podredumbre, situación que no tiene ningún
remedio o cataplasma mágica que pueda curarla o exorcizarla.
Así lo entiende Agustín, quien al final de su
trágica historia reconoce que sólo le queda el alivio del
drenaje del amor arraigado en la pequeña comunidad familiar.
Ocurre después de constatar que su familia duerme el
sueño de la muerte en el SEAT 124 y tras un intento fallido de
lograr la materialización de ese anhelo atávico de la
Humanidad de una Confraternización Universal, cuando se topa con
un hombre harapiento y desconsolado, un hombre al que está a
punto de hacer culpable de sus desdichas y a quien va a increpar sin
contemplaciones por la existencia de tanto sufrimiento en el mundo, un
hombre con el rostro lloroso y doliente, un hombre anónimo que
simboliza la angustia consustancial a todo ser humano, un hombre, en
fin, al que acaba interpelando únicamente “¿puedo hacer
algo por usted?” El hombre no responde, y entonces se da cuenta de que
su vida se acaba y quizá lo único bueno que ha realizado
haya sido haber amado entrañablemente a su prole, a su mujer y a
sus hijos. En ese instante fatídico, Agustín siente en
sus propias carnes el desgarro de la vida en forma de angustia
existencial, esa vivencia lacerante de la realidad que afecta a todo
ser humano y se agrava ante la constatación del fenómeno
de la muerte como una estación necesaria e inapelable de la
vida. En este trance el individuo humano, por lo general, se plantea
los interrogantes acerca del sentido de sus acciones y de la esperanza
en alguna suerte de salvación. Y verdaderamente, para no pocos
esta salvación se convierte en la meta de la existencia humana,
objetivo que es posible alcanzar, como creen, siguiendo la angosta
senda de la fe, fe en las personas y, sobre todo, en Dios.
Dios es el
gran “leiv-motiv” de sus obras, su tema preferido y recurrente. El
autor en más de una ocasión ha admitido que se considera
un hombre acorralado por Dios, y sometido irremisiblemente a los
dictados de su imperio. Quizá por eso Manegat no duda en
otorgarle un protagonismo relevante en todos sus libros. Basta recordar
el broche con el que cierra la novela “La ciudad amarilla”, el auxilio
espiritual labrado en una propuesta de esperanza y fe en dios que
recibe la familia Bonastre como consuelo a su aflicción por la
pérdida del padre; o también estos pasajes de la obra
“Spanish show”: El primero lo protagonizan un sacerdote, un joven
vicario que ha relevado a un párroco anciano y enfermo a quien
visita en su casa, y el propio cura jubilado. Ambos departen, y en un
momento de la conversación el joven sacerdote suplica al anciano
una confirmación en la verdad de la fe. Es éste: “Se
vuelve hacia la ventana y busca con la mirada el muro de la iglesia. –
Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece, ¿verdad, padre? El
párroco, haciendo un esfuerzo, fatigado ya, responde : -
Permanecer a pesar de todo, a pesar del río. Y nosotros, yo
mismo, con este cuerpo enfermo, con este espíritu que pronto
emprenderá la partida, ayudamos a afirmar la permanencia.
Estamos en el centro de la corriente y debemos navegar con
sabiduría y, sobre todo, con paz. No la pierda usted, hijo. Si
nosotros perdiéramos la paz, ¿cómo
podríamos dársela a aquellos que gritan creyendo que
así se salvan del miedo?” [”Spanish
Show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona
1965, pp. 246-247]. El segundo recoge una reflexión del joven vicario:
“Jadeando , sudoroso,
doliéndole sus anchos pies dentro de las gruesas botas de cuero,
el vicario llega hasta la iglesia y recuesta su espalda contra el muro.
Trémulo, presintiéndose también al borde del
abismo, murmura : Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece. Y se
angustia. Porque no sabe si sus palabras son una pregunta o una
afirmación” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial
Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 318].
La angustia
existencial y la incertidumbre por la salvación también
hacen mella en agustín Linares, quien resuelve superar su
agónica situación buscando a Dios, lo mismo que Max von
Sidow, el protagonista de la película de Bergman “El
séptimo sello”, que encarna al Caballero que juega al ajedrez
con la Muerte y, mientras juega, busca algo a lo que aferrarse para no
perecer de angustia. Este caballero afirma lo siguiente: “La fe es
dolorosa. Es como amar algo que está lejos, oculto en la noche,
y que jamás hace acto de presencia por mucho que se la llame. A
veces creo que los que estamos fuera, en la noche, esperando
inútilmente, somos nosotros. Porque lo peor es esto: que es
inútil esperar” [“Spanish show”, Julio
Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 233]. Agustín Linares hace suyo este
pensamiento, y se refiere al abandono en que Dios ha dejado al ser
humano en estos términos: “Porque no es que no creyese,
definitivamente, en Dios, sino que empezaba a temer que a Dios no le
importamos nada, como la individualidad, la vida personal de los virus,
no nos preocupa a nosotros lo más mínimo en cuanto a su
responsabilidad, culpa, inocencia y destino más allá de
sí mismos”. (p. 212) Sin embargo, al final de la novela, esta
apreciación pesimista de la realidad del ser humano, en completa
soledad y desamparo, se desvanece en el fulgor de los destellos de la
verdad del amor humano, la misericordia divina y la esperanza en la
salvación. “Y sin saber qué impulso, qué fuerza le
obligaba a ello, sacó la cabeza por la ventanilla y le
gritó, con la alegría de la desesperación, que en
algún sitio, por escondido que estuviese, habría hierba
fresca, y piedra de Dios auténtica, y besos en los caminos”. (p.
340)
¿Dónde
se hallará este lugar? ¿Quién lo conoce?
Probablemente nadie. Porque no se encuentra en nuestro planeta, nuestro
amado mundo podrido, ni en ningún otro lugar del universo. Es el
Paraíso, la verdad oculta detrás del espejo de la vida
terrenal, espejo en el que se refleja la podredumbre del mundo, al
igual que en el retrovisor del SEAT 124 se proyecta la imagen de la
calavera del infortunado Agustín Linares. Hay que trascender,
por tanto, los límites del espejo, y mirar con los ojos limpios
de la esperanza más allá de nuestro amado mundo podrido,
porque allí, y sólo allí, reina la Verdad, como
nos recuerda San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios:
“Ahora vemos por medio del espejo en enigma; pero después, cara
a cara”. Manegat, a su manera, nos ha ayudado a afrontarlo y a
desentrañarlo con su obra Amado
mundo podrido.
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INTERVENCIONES
Roberto
Sánchez:
Al principio, tras la lectura de algunas
decenas de páginas, el lector tiene la impresión de que
el texto que está leyendo presenta un desarrollo surrealista;
pero, a medida que avanza la lectura, comprende que de esto no hay
nada, y que la aparente composición de índole surrealista
de la obra no obedece a una convicción estética, sino
más bien a una mera artimaña estilística del autor
que lo único que pretende es utilizar un vehículo formal simbólico para hablar de las
ideas, pensamientos, preocupaciones y obsesiones que llenan su propio
mundo personal, a la vez que transmitirnos su particular visión
del mundo. Con la disculpa de una excursión dominguera a la
playa protagonizada por una típica familia española de
clase media de los años 70, el autor aprovecha para narrar un
viaje fantástico por distintas ciudades figuradas, que
representan los más variados y sórdidos aspectos de toda
existencia individual humana y las lacras que históricamente
condicionan y determinan la vida en sociedad. En cada ciudad ficticia
aparece plasmado lo que sucede en la cotidianeidad de nuestro mundo, de
modo alegórico. Es como si Manegat hubiera querido relatar dos
narraciones diferentes interpuestas: una que cuenta la historia
particular de la familia Linares, y otra que trata los temas
tópicos en el universo del discurso ideológico del autor,
a través de un viaje onírico o imaginario. Ambas
narraciones se contraponen constantemente a lo largo de la obra, de tal
forma que por una parte la historia de la Humanidad derivada a la
situación social, económica, ideológica, cultural
y política de la época en que fue escrito el libro queda
nítidamente explicitada, mientras que la otra, la historia
particular de los Linares, resulta ser un desarrollo posible de sus
vidas, una recreación de la evolución futura de la
familia, y no una biografía de sus integrantes en sentido
estricto, vidas que son desgranadas en retazos diacrónicos que
conforman un puzzle compuesto de trayectorias vitales
hipotéticas o, quién sabe, puede que solamente de los
pensamientos de Agustín Linares en los últimos instantes
de su vida, en ese rapto de omnisciencia previo a la propia muerte
asumida, que en este caso justificaría el crecimiento acelerado
de los personajes, del cual parece que únicamente es consciente
Agustín.
Con el paso de las
páginas, la novela se vuelve espesa y tremendamente aburrida. La
acción se ralentiza y el texto se estanca en descripciones
exageradamente minuciosas e interminables enumeraciones de toda suerte
de elementos, objetos y tipologías, que para el objetivo que el
autor pretende, reflejar la podredumbre del mundo, se presumen
innecesarias, y parecen más un alarde de sabiduría
enciclopédica que otra cosa. El resultado es un texto que
presenta un estilo recargado, digresivo, ampuloso y artificial. Por
ejemplo, cuando para definir la situación de Juana Viu
Tordesillas dice que “era sólo gemido”, “o acaso estertor”, “o
únicamente afectación profunda”, o “tal vez gloriosa
entrega”; y cuando para referirse a las caricias que el monje budista
hacía a la pequeña de los Linares dice que “de sus dedos
brotaban unas finísimas partículas, que
difícilmente hubiera podido afirmarse que fuesen de mineral
sustancia o de vegetal constitución”. Esta artificialidad se
observa también en el modo de expresarse que tienen en general
los personajes, que a fin de cuentas adolecen de vida propia y son
meras marionetas, ecos de la única y exclusiva voz del narrador,
por mucho que el autor les dote de un perfil psicológico y forma
de ser propios. Así, Manolito justifica a su madre su
intención de hacerse sacerdote utilizando un discurso impropio
de un quinceañero, y alegará que alguien tiene que
“procurar interioridad, amor y dignidad religiosa” a quienes son
víctimas de la crueldad del mundo; y Marian, su hermana
díscola, usará expresiones infantiles como “ostras” o
“jolín”, que no se corresponden para nada con el lenguaje que se
le supone a una mujer que actúa y piensa como ella.
Emilio Hidalgo:
El libro
despierta sentimientos contradictorios. Por un lado, sorprende de modo
positivo por el derroche de imaginación del que hace gala el
autor y por su estructura narrativa; y por otro, defrauda por el
fracaso en el tratamiento de los personajes y por las exigencias
formales a las que le obliga la reconstrucción de la vida de
éstos.
Sí, la catarata de imaginación
que Manegat vierte en esta novela confiere al texto una originalidad
digna de mención. Es original la clasificación de los
tópicos temáticos de todos los tiempos en un organigrama
con nombres de Ciudades. Es original la descripción de estas
Ciudades. Es original la presentación de los diferentes saltos
generacionales de los personajes, que representan los distintos modos
de vivir, divertirse y relacionarse de la generación que
sufrió la Guerra Civil Española (Juana Viu Tordesillas), la generación de la
posguerra (Agustín y su esposa Teresa) y la generación de
finales del siglo XX (Marian, Rafael, Manolito y pilar). Y es original
la estructura narrativa de la novela. Ésta se forja en la
confluencia de dos líneas argumentales, una que recrea la
aventura de la familia Linares en su periplo por un mundo imaginario, y
otra que relata las biografías reales de los miembros de la
familia. Ambas líneas narrativas se unen de tal manera que la
realidad y la ficción acaban por significar la misma
circunstancia o eventualidad vital. Así la coincidencia de la
palidez de Rafael niño que viaja en el asiento trasero del SEAT
124 y el ataque al corazón que sufre Rafael adulto en la vida
real, o la coincidencia de la invitación a salir del coche para
quedarse en el Valle de los Suicidas que hace E. Brampton a Manolo
niño y la cercanía del suicidio de Manolo adulto en la
realidad. Precisamente la historia que recoge la trayectoria vital de
este último y su relación con Nuria, su esposa infiel, es
la más humana y entrañable y la menos rocambolesca. En
ella se entrecruzan diversidad de sentimientos, entre los que destacan
estos tres que constituyen los tres grandes temas de la obra: el
pesimismo, la resignación y la nostalgia. En uno de los momentos
más dramáticos de la relación de la pareja, cuando
Nuria vuelve al hogar familiar después de abandonar a su amante,
Manolito se expresa así: “Me he echado a llorar, Nuria, como si
me hubiese quitado la vida y llorado por mí mismo delante de mi
propio cadáver. Porque esta no es la primera vez, y tengo miedo
de que algún día ella sea más fuerte que yo. Sobre
todo, desde que tú has vuelto derrotada y triste, como todos los
que se atreven a regresar”.
Los
aspectos negativos de la novela son básicamente: uno, la
artificiosidad en el tratamiento de los personajes, que siempre
están confeccionados a la medida del autor, de sus filias,
fobias, ideología y prejuicios, y nunca a la medida de lo que
cada uno de ellos representa; y dos, el desacierto en la
exposición de la información necesaria para orientar al
lector acerca del estadio concreto en la historia de cada personaje en
todo momento de la narración. Manegat se ve obligado a dar esta
información (fechas, edades, profesiones y demás de los
personajes) en constante recordatorio al lector, debido a que la
historia de la vida de los protagonistas, por un lado, se desarrolla en
una discontiuidad y asincronía temporal y, por otro, está
dispersa en fragmentos a lo largo de la novela.
Joseba Molinero:
Dicen que antes de morir se despliega el rol
de los instantes más significativos de la vida del casi ya
finado, en una sucesión de imágenes inconexas y
asincrónicas que más o menos resumen el ejercicio vital
del infortunado casi ya cadáver. En esta novela Manegat ejerce
de notario de una suerte de muerte colectiva de la familia Linares, y
cuenta lo que sus miembros ven en el instante postrero de la vida,
aprovechando la ocasión para hablar de sus obsesiones: La
muerte, la trascendencia humana, la injusticia social y el paso de la
vida y su sentido; e introduciendo de paso en el relato lo que
él entiende que es el mundo de su tiempo: muerte, violencia,
injusticia, tortura, sufrimiento, mercadería, etc…
Amado mundo podrido” es un proyecto ambicioso que pretende contar todo lo que es
el mundo y reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y de
la muerte, a través de un viaje fantástico que la familia
Linares realiza por distintas ciudades simbólicas. Pero la
empresa acaba siendo un intento fallido. Porque Manegat dice mucho,
reconstruye las biografías de los integrantes de la familia
Linares, describe al detalle las ciudades por las que los protagonistas
pasan, así como lo que en ellas encuentran; mas no transmite
sensaciones, esto es, lo explica todo de modo explícito, con una
admirable capacidad enciclopédica, pero no hay nada
implícito, no hay pálpito ni vida latente en el fondo de
sus palabras. Y todo queda en un artificioso canto a la desesperanza.
Carlos Fernández:
El libro de
Manegat tiene un protagonista fundamental: el “SEAT 124”
matrícula B-626057. La
suma de la marca, modelo y matrícula convierte a este
automóvil singular en trasunto simbólico no ya de una
familia típica española de los años 70, sino de la
familia Linares-Tapias, y se constituye en la “unidad fundamental” que
les aísla y ampara del mundo exterior y que proporciona
cohesión y sentido a la aventura que protagonizan los Linares, a
la cual se van incorporando paulatinamente personajes
anacrónicos y extravagantes que les arrastran a los peores
lugares del alma humana. Las horas que pasan viajando representan el
transcurso vital de la familia Linares-Tapias: la abuela fallece y se
convierte en recuerdo, los hijos crecen y toman sus propios caminos,
Agustín, el padre de familia-conductor
enviuda a causa de la enfermedad que lleva a su mujer a la
muerte, y finalmente todos acaban desapareciendo de la escena o
muriendo. Pero la aventura dominguera que protagonizan los Linares
representa algo más que su periplo vital, es una odisea
colectiva que tiene lugar en el laberinto de los pecados capitales. La
soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la codicia, etc… son los
escollos que jalonan las paredes de ese laberinto. Manegat narra esta odisea
recreando un viaje onírico por un mundo fantástico, en una visión desbordante
de pesimismo no ya sobre el hombre de su tiempo sino sobre la propia
condición humana, puesta de manifiesto en la pluralidad de
generaciones con que se encuentran en cada lugar al que llegan los
infaustos Linares.
Miguel San José:
Corre el
año 1975. El Caudillo, el general Franco, se está
muriendo. Y Julio Manegat aprovecha esta circunstancia para escribir un
libro en el que quiere plasmar todo aquello que la represión de
la dictadura franquista le ha impedido expresar los últimos
cuarenta años. De esta manera, el libro presenta una estructura
dual. Por una parte, hay una historia novelada, la que narra las vidas
de los componentes de la familia Linares, que no es sino una
representación del “modus vivendi” de las familias
españolas en los años 70; y por otra, una puesta en
escena simbólica de todos los temas, las situaciones y problemas
relativos al orden socioeconómico e
ideológico-político mundial, que se lleva a
término por medio de un viaje imaginario que recorre todos los
aspectos de este orden, y lo describen de forma minuciosa y con
apariencia enciclopédica.
Nicolás Zimarro:
Amado mundo podrido es fundamentalmente una
reflexión sobre la poquedad del individuo humano y su radical e
insalvable soledad existencial, ambas personificadas principalmente en
un mismo personaje, Agustín Linares, quien a bordo de un SEAT
124 medita acerca del sentido de su existencia individual, al igual que
hacía Eugenio Bonastre, el taxista protagonista de La ciudad amarilla, encerrado en el micromundo del
habitáculo de su Renault Gordini. Desde esta perspectiva, la
historia fantástica de un viaje simbólico por diferentes
ciudades temáticas es simplemente una alegoría de la
secuenciación de la incertidumbre en la búsqueda del
sentido de la existencia que concierne a todo individuo humano, de modo
que cada ciudad representa una situación concreta, un estadio en
esa búsqueda de sentido existencial referido a una o varias
cuestiones determinadas, como pueden ser: las necesidades
fisiológicas y su satisfacción, las ideologías,
los credos religiosos, las relaciones humanas (las guerras, la
mercadería, el poder, etc…) y las múltiples soluciones
individuales de superación de la soledad existencial (la vida
díscola, la vida fútil, la vida espiritual, el nihilismo,
el suicidio, etc…). En definitiva, este viaje fantástico
representa un descenso a los infiernos del alma humana, una
introspección en la esencia de nuestra entidad individual. Se
trata de una experiencia íntima e intransferible, de una
aventura que cada individuo humano ha de vivir en soledad y que
concluye con el reencuentro de uno consigo mismo. No vale enmascararse
en las ideologías, enajenarse en un credo religioso, abandonarse
al materialismo o parapetarse en las relaciones de poder. No, porque la
auténtica realidad individual se halla en uno mismo, en la
propia entidad personal, y no en la realidad exterior, los otros y lo
otro. Los “otros” conforman la sociedad, y los acontecimientos que
viven, así como su evolución en el tiempo constituyen su
historia. Es lo que se puede denominar los “otros lejanos”, en
contraposición a los “otros cercanos”, cuyo exponente más
genuino es la familia. Pues bien, en “Amado mundo podrido”, Manegat
viene a decirnos que ni la Historia ni la familia son en sí
mismas suficientes para satisfacer plenamente nuestro anhelo de sentido
existencial. La historia de las sociedades se plasma en el viaje
fabuloso que realizan los Linares por diversas ciudades imaginarias. Al
final del mismo, Agustín Linares se halla solo, desconsolado e
inerme, en un absoluto desamparo, al igual que todos y cada uno de los
individuos humanos en su deambular por los caminos de la Historia,
caminos repletos de acontecimientos, avatares y pormenores en el tiempo
que pueden quizá justificar una existencia o colmarla en
apariencia; pero que en verdad no son significativos para el
reencuentro de uno consigo mismo. Algo parecido ocurre cuando el
individuo humano pretende descubrir su verdad interior proyectando sus
frustraciones y sentido existencial en los “otros” cercanos, sobre todo
en la familia. Agustín Linares se aferra al clavo ardiente de la
familia, como último refugio y salida de su angustia
existencial; no obstante, cuando intenta proyectar en ella su sentido
vital, lo único que encuentra es la incomunicación
más absoluta, forjada ésta por la barrera insalvable de
la incomprensión intergeneracional y la perentoriedad del tiempo
particular propio de cada componente de la familia, ese “tempos fugit”
que los convierte en individuos en continuo cambio, relativos e
irreconocibles. Por su parte, lo “otro” nos remite al mundo material, a
la realidad concreta y la interactuación de ésta y el
individuo humano. En la novela, lo “otro” se manifiesta en la
información que Manegat ofrece al lector, bien en forma de
noticiario radiofónico, artículo de revista, referencia
cultural, o bien en forma de saber enciclopédico. Es lo que
llamamos “conocimiento”. El ejercicio expositivo de este conocimiento,
a través de descripciones detalladas, enumeraciones
interminables y consideraciones diversas, no responde a ninguna
intención de ingerencia del autor en el relato ni tampoco de
ostentación de su erudición, sino que obedece a un
propósito ilustrativo, que quiere demostrar la insolvencia del
conocimiento de lo “otro”en la búsqueda de la entidad personal
de los individuos humanos. Con todo, Agustín Linares finalmente
se abraza a sí mismo en un reencuentro patético, y lo que
palpa es la soledad descarnada de un hombre lloriqueante,
náufrago en su propia zozobra, y la poquedad de su lustrosa
calavera reflejada en el retrovisor del SEAT 124. Es el comienzo del
fin. La vida seguirá su curso, lo mismo que la muerte. Y, como
le ocurrió a Juana Viu Tordesillas, pasará de ser un
gemido a ser un estertor, una sombra arrinconada, una soledad inerte,
una caricatura, un sello en el cristal de la ventanilla de un coche
cualquiera, una trasparencia y definitivamente nada.
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