PRESENTACIÓN
Alberto
Méndez nació en 1941 en Roma (Italia) y era hijo del
poeta José Méndez Herrera, que, por aquel entonces,
trabajaba para la FAO, aunque fue más conocido por su labor
traductora para la Editorial Aguilar de autores tan excelentes como
Dickens, Stevenson, Goldoni y Chesterton, entre otros, mérito
que le fue reconocido en 1962 con el
Premio Nacional de Traducción por su exquisita versión de
las obras dramáticas de Shakespeare.
Su infancia transcurre en Roma, donde estudió el
bachillerato. De regreso a España, Méndez se licencia en
Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid.
Ideológicamente adscrito a la izquierda, desde joven fue
militante del PCE y estuvo muy vinculado al campo editorial,
particularmente a la Editorial Ciencia Nueva y Grijalbo. Méndez
tuvo que batallar contra la censura, y no siempre con resultados
satisfactorios; así, cabe decir que Manuel Fraga Iribarne, a la
sazón ministro de Información y Turismo, le cerró
la editorial Ciencia Nueva. Señalado como «rojo
peligroso», Méndez fue expulsado de la universidad por
encabezar las protestas contra el Régimen, que fueron
también motivo de exclaustración de los profesores
José Luis Aranguren, Agustín García Calvo y
Enrique Tierno Galván.
Su creación literaria se
reduce tan sólo a una obra, Los
girasoles ciegos, y en el espacio que media entre la
publicación (febrero de 2004) y el fallecimiento en diciembre
del autor, ha merecido el aplauso de la crítica, el
reconocimiento de los lectores y el prestigio de ganar tres galardones
casi inmediatamente consecutivos, el Premio Setenil al mejor libro de
cuentos del año (diciembre de 2004), el de la Crítica
(abril de 2005), cuando todavía
andaba el libro en su primera edición, y en
octubre, el Nacional de Narrativa, logrando imponerse a autores de la
talla de Javier Marías, Carlos Castilla del Pino y Luis Mateo
Díez, entre otros de reconocido prestigio. Fallece en Madrid el
30 de diciembre de 2004, cuando contaba 63 años, dejando
inconclusa la que podría ser su segunda obra, una novela cuyo
argumento gira en torno al comisario franquista Yagüe, el mismo
que, según palabras del autor, «tiró por la ventana
a Julián Grimau y me torturó a mí».
Los
girasoles ciegos
es un libro que consta de cuatro relatos, cada cual con un valor propio
e independiente del resto, pero que conforman una amalgama narrativa
que trasciende la importancia intrínseca de cada relato y
confiere a éstos un valor añadido de conjunto. Las cuatro narraciones se enmarcan
cronológicamente entre los últimos momentos de la
contienda de la guerra Civil española y los años
inmediatamente posteriores a la implantación del nuevo orden
impuesto por el general Franco. Méndez reúne cuatro
historias, en las que por una razón u otra los protagonistas
resultan ser perdedores políticos de diverso signo; aunque, eso
sí, por el contrario, victoriosos en la dramática lucha
que sostienen consigo mismos, lucha en la que triunfa la fidelidad a la
ética y a la honestidad y la renuncia a la falsedad y la
impostura. Se
trata de una obra que pone de manifiesto la necesidad de la
conservación de la memoria histórica, que se centra en
algunos acontecimientos acaecidos en el periodo temporal que comienza
el día después del fin del conflicto bélico
español y termina con los primeros fracasos de los alemanes en
la II Guerra Mundial.
Cada relato
hace referencia a un año concreto de esta época,
año que figura en el título, como un código
numérico por sí mismo significativo, como el estigma
cifrado de cuatro sangrantes derrotas de diferente naturaleza. El
primer relato, titulado “Primera derrota: 1939 o si el corazón
pensara dejaría de latir”, narra la historia de un oficial
franquista que, sabedor d que Madrid va a rendirse, se entrega al
adversario renunciando a participar en la victoria: no desea
«conquistar un cementerio». El segundo relato, titulado
“Segunda derrota: 1940 o manuscrito encontrado en el olvido”, versa
sobre un poeta adolescente que huye con su novia embarazada -que
muere en el parto- y que, escondido en el monte, va
anotando en un cuaderno sus reflexiones, mientras se debate entre dejar
morir a su vástago -hijo de una huida-
y la supervivencia. El tercer relato, “Tercera derrota: 1941 o el
idioma de los muertos”, cuenta la historia de un preso que
conoció casualmente al descendiente fusilado del juez que
analiza su caso. Este preso se aprovecha inicialmente del estado
anímico de la madre del finado y esposa del juez para prolongar
el plazo de emisión de su sentencia, engañándola
con la invención de
supuestas heroicidades protagonizadas por el hijo muerto, para
posteriormente renunciar a la farsa y así arrebatar al verdugo
el consuelo de la autocomplacencia y el orgullo falaz. Y el cuarto
relato, “Cuarta derrota: 1942 o los girasoles ciegos”, presenta el caso
de un escolar cuyo padre vive escondido en un armario y cuya madre, en
su intento de proteger a un ser que se ha rendido, se ve asediada
sexualmente por un diácono lujurioso.
El propio Alberto
Méndez afirmó el día de la presentación del
libro que lo que en él hallaremos “No son historias ciertas, pero sé que son
verdad; son historias oídas a sus protagonistas, derrotados que
las narraron siempre con sordina y sin poder vencer jamás a sus
miedos”. Y añadió que «Nuestra generación ha
vivido en la memoria de nuestros padres, quienes vivieron en el
silencio; yo sé ahora que mis hijos sabrán mejor
quién soy, quiénes somos; he escrito este libro con el
ruido de la memoria, sin que me importaran tanto las historias como su
olor o su calor». Así que Los
girasoles ciegos no es el libro de un autor traumatizado por una
transición que abortó la revancha de los perdedores de
una guerra, una vez establecido el orden democrático, ni el
exponente tardío de una venganza frustrada. Ciertamente los
cuatro relatos que componen la obra versan sobre la Guerra Civil y sus
consecuencias políticas en la sociedad española de
posguerra, pero son también cuatro historias que propagan
desconsuelo y desolación, y bajo las que subyace la horrenda
idea de que, en una guerra civil, nadie vence, y pierde todo el pueblo
que la ha sufrido.
Los girasoles ciegos es, por todo, un libro de duelo
flagrante que invita a asumir la historia sin ambages, a no olvidar
pasados horrores para evitar repetirlos en el futuro. Es una obra sencilla, realista y a la vez cargada de
simbolismos sobre la memoria, sobre una memoria colectiva que debe
tener definitivamente su asentamiento en el lugar que le corresponde.
Porque superar la tragedia de aquella España de
represión, marchas militares y ruido de sables, exige, como se
dice en la cita inicial del libro escrita por Carlos Piera, asumir, no
pasar página o echar en el olvido.
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INTERVENCIONES
Joseba
Molinero:
Un Girasol Ciego es un absurdo de la
naturaleza. Algo que no sirve, que no puede vivir, que no puede sentir
el sol. Y eso son los personajes de esta novela en cuatro entregas, son
girasoles ciegos. Seres absurdos, seres que no pueden seguir viviendo,
seres que no pueden sentir el sol y eligen la sombra de la muerte, una
muerte deseada. Su muerte y con ella -egoístamente-, la de sus
seres queridos. El Capitán Alegría es un vencedor
rendido. Un soldado que renuncia a sus creencias y estatus justificando
su actitud con argumentos éticos, como que \"No quisimos
entonces ganar la guerra,... queríamos matarlos\", que si bien
resulta un argumento literario impactante y probablemente reflexivo,
también se hace difícil de admitir. El poeta
principiante, marido de Elena, es un vencido que se cree vencedor de la
muerte y por ello se deja morir y lo que resulta aun más
absurdo, deja morir a su hijo, al que por lo visto nunca deseó.
El soldado republicano Juan Serna es un vencido que, como San Pablo, es
iluminado al ver morir a su amigo el eternamente piojado. Se escabulle
de la muerte con mil y una tretas y, finalmente, se deja suicidar por
una injusticia.
Ricardo Mazo,
intelectual y dirigente republicano vencido doblemente por el fascio y
por un fraile desequilibrado. En fin, los cuatro personajes son hombres
suicidados antes de nacer, girasoles ciegos en la sombra.
La técnica de
Alberto Méndez es perfecta. maneja personajes, ambientes y
texturas con maestría. Cambia de estilo de narración con
soltura, creando un clímax y una intriga difícilmente
mejorables. Escribe a la manera de un informe de intendencia en el
primero. Reproduciendo un diario de un escritor primerizo y
balbuciente, en el segundo. Desde varios puntos de vista, intercalando
diferentes planos de acción, en el tercero. Y poniéndose
en el lugar del fraile esquizofrénico y reprimido, de Lorenzo
(un niño sin infancia), de Ricardo Mazo y su esposa Elena, en el
cuarto. Maneja con soltura los discursos militares, religiosos,
infantiles, poéticos, dotando al texto de una extraordinaria
riqueza literaria. Los cuatro relatos aparecen salpicados con continuas
referencias a poetas clásicos: Una cita de
Garcilaso, Miguel Hernández (\"...para que de las
cuencas de mis ojos nazcan flores...\"), Machado ( \"Nieva. Nieva.
Nieva.\") y Juan de la Cruz (Quedéme y olvidéme/el rostro
recliné sobre el amado;/cesó todo, y
dejéme/dejando mi cuidado/entre las azucenas olvidado).
Méndez muestra
obsesión por el uso de determinadas palabras cantarinas: usura,
inane, melifluo, enteco..., así como de reiteraciones
poéticas, como las referidas al abrigo de Astracán o al
ascensor de la casa del último relato.
Los
personajes se entrecruzan en los relatos, dos a dos, dando al libro una
solidez mayor que la que tendría una recopilación de
relatos de un mismo autor.
Jon Rosáenz:
La cita inicial pone al
lector sobreaviso del objetivo de la obra, al mismo tiempo que abre una
cierta postura o visión primigenia de las cuatro historias que
la componen: “Superar exige asumir, no pasar página o echar en
el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la
labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no
reconciliación y perdón. En España no se ha
cumplido con el duelo.[...] El duelo no es ni siquiera cuestión
de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto,
un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se
patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra
la existencia de un vacío”.
Son cuatro
historias sobre la muerte y más concretamente sobre la muerte
indigna en la guerra; no la muerte en combate sino la propiciada por
los pelotones de fusilamiento, muerte que se ve llegar pero tarda en
hacerse presente. En la primera historia, un desertor extraño
del bando insurgente, abandona su puesto casi en el momento en el que
su ejército se declara vencedor en el asedio a Madrid en las
postrimerías de la guerra. Por medio de las cartas (a su novia
Inés, a su profesor de Derecho Natural), además de la
inestimable información que facilita el narrador, conocemos lo
que el protagonista piensa. Son textos brillantes y con enjundia:
“Aunque
todas las guerras se pagan con los
muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre
ganar una guerra o conquistar un cementerio”.
En la
página 15 se precisa lo siguiente: “En una confidencia
inoportuna que días más tarde utilizaría el fiscal
militar para pedir su muerte con ignominia, Alegría
confesó a un suboficial intachable que los defensores de la
República hubieran humillado
más al al ejército de Franco rindiéndose el primer
día de la guerra que resistiendo tenazmente, porque cada muerto
de esa guerra, fuera del bando que
fuera, había servido sólo para glorificar al que mataba.
Sin muertos, dijo, no habría gloria, y sin gloria, sólo
habría derrotados”.
El autor
quiere explorar el paradigma de un hombre que no acaba de morir; un
título apropiado hubiera sido quizá: “Muerte y
resurrección del capitán Alegría”. En toda la
huida tras la salida de la fosa de fusilamiento explora esta
condición de ser entre dos mundos: entre la vida y la muerte, y
también entre los vencedores y los vencidos. Así, cuando
el capitán alegría cruza Somosierra, el narrador
comentará: “Esas montañas
surgen allí para partir España en dos mitades y ahora se
nos antoja que el esfuerzo brutal de atravesarlas fue otra forma de
ignorar lo que separa, de querer estar siempre en los dos lados”. Y en
otro pasaje anterior el protagonista le escribe a su novia y “describe
crípticamente su situación como la de “una mónada
de Leibniz”. Es la perplejidad del hombre que no acierta a ver su sitio
en el mundo. Un hombre que pone al descubierto la entidad
contradictoria de todo ser humano, por un lado; y por otro, denuncia el
sinsentido de la contienda de toda
guerra, de todo fratricidio, como lo demuestran las palabras
encontradas en el bolsillo del capitán tras su suicidio:
“¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los
que han ganado la guerra ? No, ellos quieren regresar a sus hogares
adonde no llegarán como militares victoriosos sino como
extraños de la vida, como ausentes…, y se convertirán,
poco a poco, en carne de vencidos. Se amalgamarán con quienes
han sido derrotados, de los que sólo se diferenciarán por
el estigma de sus rencores contrapuestos. Terminarán temiendo,
como el vencido, al vencedor real, que venció al ejército
enemigo y al propio. Sólo algunos muertos serán
considerados protagonistas de la guerra” [página 36]
En el
segundo relato, el que espera la muerte es un joven poeta que ha huido
de la guerra. Ve morir a su novia y al recién nacido fruto de su
amor. La situación narrada es desesperante y cualquier hombre se
hubiera suicidado o hubiera enloquecido. Pero el protagonista, con
lucidez, escribe un diario que recoge los acontecimientos que tienen
lugar desde la muerte de su novia Elena hasta la suya propia, o sea, la
tragedia que representa la lucha desesperada del poeta por salvar la
vida de su hijo neonato. Hay
elementos de un tremendo lirismo: un poema de Garcilaso, una
invocación de Miguel Hernández y una lapidaria frase
final que pone el broche al relato: “Infame turba de nocturnas aves”.
En el
tercer relato hay un presentimiento de muerte, que está
ambientado en una cárcel o “checa” de finales de la Guerra
Civil, en donde lo ordinario es que cada día haya juicios y
llamadas al pelotón de fusilamiento. La palpitación del
final está en todos los presos. El protagonista del relato es un
hombre que (al igual que Sherezade en “Las mil y una noches”) miente
para ganar tiempo o, quién sabe, quizá para salvarse,
elogiando al hijo muerto de un coronel, un ser miserable al que su
madre llora y añora desesperadamente.
En la
cuarta derrota hay varias voces narradoras que se van acercando a un
suceso final de la trama, que precipita el suicidio del padre de
familia que estaba escondido en el falso fondo de una habitación
(escena que recuerda las historias narradas por Manuel Leguineche en un
best-seller antiguo : “Los topos”). El hombre escondido es un comunista
que huye de las posibles represalias de los vencedores, como estaba
claro que iba a suceder. Quizá sea el más
fantástico de los relatos, no porque no pudiera existir un cura
rijoso que es capaz de delatar a una persona, sino porque crea un
magnífico relato, partiendo del hecho simple del fanatismo de un
fraile y un niño. De cualquier forma, la indagación en el
comportamiento fanático y obsesivo de este hombre es magistral.
El cura, de apariencia espiritual, cristiana por demás, es
arrastrado por el deseo, por la pasión y la carne. La
reacción exorbitada del religioso cuando descubre al marido de
Elena pudiera parecer extemporánea e inverosímil; pero,
muy al contrario, está ajustada al discurso narrativo, dado que
se corresponde perfectamente con la gravedad del desequilibrio
psíquico que padece el sacerdote.
Lo que se
puede colegir de las cuatro historias es el valor de la dignidad de los
hombres en peligro de muerte. Así, los protagonistas tienen en
común que son cultos y escriben, son poetas o gentes con una
alta conciencia ética y social. Los textos que el autor
introduce, en forma de reflexiones, cartas a familiares o simples
diarios, como en el caso del segundo relato, proporcionan un valor
añadido y un brillo especial a la obra, y la revisten con un
toque trascendente que corona el ámbito de la muerte con un halo
peculiar y supera la espera de cualquier ser humano corriente.
Méndez redondea el libro confiriéndole un
carácter de obra completa, mediante un recurso sencillo que le
proporciona unos resultados formidables: entremezclando en los relatos
alguna parte de las historias, alguna aclaración o el desenlace
de las mismas. De modo que primero
uno lee la prodigiosa historia del capitán de intendencia Carlos
Alegría (“Soy un rendido”) y después en la tercera
historia uno presencia, porque en verdad presencia, el suicidio del
capitán en la checa sin poder aguantar la espera y precipitando
por segunda vez su muerte; ha estado muerto y enterrado en una fosa
común y sólo un milagro ha hecho que se salve. De la
misma manera, en la cuarta historia, la protagonista, madre de Lorenzo
y mujer de Ricardo Mazo, el hombre escondido, uno llega a saber por los datos del narrador, que el
matrimonio tiene otra hija que se marchó con un joven poeta,
precisamente la que muere de parto en “la segunda derrota.
Roberto Sánchez:
“Los
girasoles ciegos” es un libro que trata un tema muy manido, trillado e
incluso recurrente, como es el de la guerra Civil española.
Pero, Alberto Méndez lo presenta de un modo original y con una
voz muy particular y distinta a la de todos aquellos que han narrado
historias sobre la contienda bélica o relativas a la
situación de la España de la posguerra. Es principalmente
un libro que transmite tristeza, oscuridad, soledad, derrota,
desesperanza, impotencia, sufrimiento, angustia, agonía y, sobre
todo, muerte. Muerte que es la protagonista de los cuatro relatos de
que consta la obra. En todos ellos los personajes principales mueren,
v. g.: el capitán Alegría, que pudiendo vivir decide
suicidarse; el poeta, su novia y el hijo de ambos; Juan Senra, que
teniendo en su mano la salvación opta por morir con dignidad; y
Ricardo Mazo ,que no quiere entregarse a los vencedores y acaba
suicidándose.
El primer relato es el
más llamativo e impactante. En él, un capitán de
los nacionales se entrega los militares del bando contrario, los
republicanos, justo el mismo día en que éstos se rinden.
Según él mismo confiesa lo hace por convicciones morales,
porque no está de acuerdo en como se llevó a cabo la
victoria, y no por cuestiones ideológicas. El segundo relato,
por otra parte poseedor del premio Max Aub, es reposado,
estático y un tanto melodramático. El tercero se ajusta
al tópico de la vida de los presos políticos y los
juicios sumarísimos de aquella época. Y el cuarto relato
es el más elaborado de todos. En él, Méndez
refleja a la perfección la extraordinaria batalla que libra un
fraile contra sus propios impulsos sexuales y la vida en la sombra de
un topo prófugo de la justicia de los vencedores.
Miguel San José:
En Los girasoles ciegos Alberto
Méndez narra diferentes historias que, seguramente, son ciertas
y con una base en hechos reales, como los cambios de bando, los huidos,
los topos, los episodios dramáticos y las escenas dantescas.
También presenta muchas situaciones que, a pesar de que resulten
extrañas o extravagantes, son perfectamente creíbles:
así, el tiro en la nuca que no llega a su sitio, la vida dentro
de un armario, el embarazo de las mujeres por las
bráñigas del Cantábrico, el día a
día en las perreras franquistas, etc… No obstante, los cuatro
relatos, en cuanto tales, carecen de verosimilitud, porque en realidad
narran únicamente lo que el autor quiere creer, esto es, una
versión de los hechos en correspondencia con sus prejuicios
morales e ideológicos, como son el anhelo de que el
ejército de los nacionales se hubiera rendido a los
republicanos, el deseo de que el topo Ricardo Mazo hubiera salido del
armario en que vivía y agarrase por el cuello al cura que
asediaba a su esposa o a cualquier otra persona, la ilusión de
que el republicano preso en una cárcel franquista hubiera
reivindicado sus convicciones y la opción a morir por ser un
hombre honrado, o la idea de que los curas son unos pervertidos
sexuales. Pero, ni la Guerra Civil española fue así, ni
la vida es así. No. Un capitán de Intendencia de los
nacionales haría cualquier cosa, menos rendirse a los
republicanos el día 1 de abril de 1939, tal y como hace el
capitán Alegría. Lo más razonable es que el
vencedor goce de los privilegios que le otorga la victoria, sobre todo
si éste es un mando. Y lo más socorrido es que los
dirigentes del bando perdedor huyan miserablemente al extranjero, como
hizo la mayoría de los gobernantes republicanos, por mucho que
le pese al autor y pretenda obviarlo. De la misma manera, el padre que
es testigo de la agonía de su hijo hace de todo, menos escribir
un diario, como hace el poeta adolescente protagonista del segundo
relato. Ambas historias son inverosímiles. Y en
conclusión, lo que Méndez pretende plantear como una
novela realista no es más que una novela de ficción, que
se salda con cuatro relatos escritos con maestría, de los cuales
sólo uno resulta relativamente creíble, el tercero, que
consiste en una sobrecogedora y desgarradora narración de la
vida en una cárcel franquista.
Carlos Fernández:
La historia que se narra arranca en
las horas previas a la caída de Madrid en manos de las fuerzas
nacionales y continúa en los tres años posteriores. El
libro, que consta de cuatro relatos distintos entre sí, cuenta
esta historia: la tragedia de los vencidos en los años
inmediatamente siguientes al final de la guerra Civil española.
Los historiadores narran las guerras a través de la
concreción de los acontecimientos en fechas o eventos (batallas,
tratados, etc..), reseñando en último caso los miles de
muertos que se produjeron en las mismas y en nombre de los
protagonistas principales que participaron en ellas. Sin embargo, en
este libro Méndez pone nombre y apellido a las víctimas
anónimas que sufrieron las terribles consecuencias de la guerra civil española.
El primer
relato resulta de todo punto inverosímil, lo cual no significa
que no pueda ser cierto. Los otros tres presentan episodios
medianamente conocidos de la guerra: la huída de los perdedores,
los maquis, los topos, los juicios sumarísimos y los
fusilamientos al amanecer.
El libro está escrito con
virtuosismo y eficacia, en un estilo que más que poético
pude calificarse como afectivo porque consigue provocar una corriente
de compasión por todos los derrotados.
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