TERTULIA DE MARZO DE 2006


OBRA: NAUFRAGIOS
AUTOR: Núñez (Cabeza de Vaca), Álvar


PONENTE: Miguel San José
 
 
PRESENTACIÓN
VALORACIÓN
INTERVENCIONES
 
 
PRESENTACIÓN

Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue un explorador español, nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) hacia 1490. En 1527 fue miembro de una expedición que tenía por finalidad la búsqueda de oro, integrada por 300 hombres y capitaneada por Pánfilo de Narváez.
Dicha expedición llegó a la bahía de Tampa hacia abril de 1528, y de allí se dirigieron por tierra hacia México. Fueron muriendo muchos de los integrantes de este grupo, por lo que Álvar Núñez Cabeza de Vaca se convirtió en jefe de estos conquistadores. En una isla los indígenas los capturaron.

Después de seis años de cautiverio, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y otros tres expedicionarios lograron huir en 1535, y recorrieron el sudoeste estadounidense y norte de México hasta llegar a un poblado a orillas del río Sinaloa.

A su regreso a España en 1537, la corona lo nombró Adelantado Gobernador del Virreinato del Río de la Plata. Entre 1541 y 1542 estuvo al frente de una expedición que recorrió 1.600 km, a través del sur de lo que es hoy Brasil, hasta Asunción. En esta expedición descubrió las Cataratas del Iguazú. En 1544 volvió a España bajo arresto por oponerse al uso de tanta barbarie hacia los indios, allí lo desterraron y enviaron a África, hasta 1556 en que obtuvo el perdón por parte de Felipe II, quien lo nombró presidente del tribunal supremo de Sevilla. Tomó los hábitos y se radicó en un monasterio sevillano. Falleció en Sevilla hacia 1560.
Escribió relatos y narraciones sobre sus expediciones en su obra Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y en su obra Comentarios, del Adelantado Gobernador del Río de La Plata. En la primera recoge los pormenores y avatares de la expedición a la península de La Florida en Norteamérica, y la segunda sus aventuras en la expedición a sudamérica, sur de Brasil y Río de La Plata.

Cristian García-Godoy *(1) presenta a Álvar Núñez y su obra “Naufragios” de esta manera:

“Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue un explorador trágico, un náufrago reiterado y un caminante dramático, cuyas peripecias y hazañas, encuentros y desencuentros, y fortaleza física y empecinamiento espiritual lo han convertido en una de las más célebres figuras de la epopeya hispánica en el Nuevo Mundo.

En esta constante tarea de descubrir y explorar se enlazan la visión de Ysabel de poblar con la azarosa pero extraordinaria exploración y travesía de Cabeza de Vaca, cuyo destino quiso que integrara la expedición armada por Pánfilo de Narváez (1527), considerada ejemplar en cuanto a insensatez, imprudencia y mala dirección nada menos que por Gonzalo Fernández de Oviedo en su voluminosa Historia general y natural de las Indias. Numerosos fueron los intentos de la corona por explorar, conquistar y poblar la Florida -existen registros de por lo menos ocho expediciones (1512/1702)- entre los cuales puede mencionarse los de Juan Ponce de León (1512), descubridor de lo que creyó la isla de la Florida; Alonso Alvarez de Pineda, el primero que diría que la Florida estaba adherida a un continente; Lucas Vásquez de Ayllón (1520 y 1526) fundador de la colonia San Miguel de Guadalupe (luego Jamestown); y Hernando de Soto (1538), a cuya muerte quedó a cargo Luis de Moscoso (1542), quien regresó mal parado de México.

Entre todos estos fracasos -que costaron más de 1400 vidas de españoles en casi dos siglos de porfía- el más notable fue el de Cabeza de Vaca (1527/1536) debido a que lo registró en una Relación, más tarde difundida con el nombre de Naufragios desde su edición príncipe (1542) y cuyas reediciones se han continuado hasta nuestro tiempo, entre ellas una efectuada por Enrique Peña en Buenos aires (1901 y 1911). De su segunda aventura -aquella que lo llevó al Río de la Plata- Cabeza de Vaca dejó escrita una crónica denominada Comentarios, sobre su actuación como Adelantado y Gobernador del Río de la Plata, cuya primera edición se efectuó en Valladolid (1555). Ya con el nombre de Naufragios y Comentarios, ambas se reimprimieron en Madrid (1736), y de ésta la Biblioteca de Autores Españoles (BAE) hizo después una reimpresión para su colección Historiadores primitivos de Indias (Madrid 1946), pero suprimiéndole la licencia de impresión y los proemios dirigidos a Su Majestad y al Príncipe Carlos.

Los Naufragios pueden ser considerados como una verdadera crónica en la que -de manera interesante, ingeniosa y coordinada, según varios autores, entre ellos Trinidad Barrera- informó sobre todo lo que hizo, conoció y descubrió, mostrando a la vez como protagonista y relator un desconocido mundo realmente extraordinario de seres humanos diferentes, naturaleza distinta, animales salvajes y paisajes de extraordinaria belleza. Su travesía, por momentos
marítima, por larguísimo tiempo terrestre, lo llevó a desplazarse por una
distancia de cerca de 18.000 Kms. (desde los alrededores de Tampa hasta la
ciudad de México), recorridos en un lapso de 8 años, de los cuales estuvo
prisionero en la Isla del Mal Hado por más de un quinquenio, bajo la irónica
dominación de indios que lo forzaron, para sobrevivir, a convertirse primero
en “mercader o comerciante” y luego en “físico o médico”, según da cuenta en
diferentes capítulos de este libro. Su obra se engrandece no solo por lo
dramático de sus acaeceres, sino también por la humildad con que presentó su
odisea a Carlos I, Quinto de Europa, diciéndole: “...Bien pensé que mis obras
y servicios fueran tan claros y manifiestos como los de mis antepasados...”;
empero, fueron castigo de Dios por “...nuestros pecados...”, quedándole como
sólo servicio hacer a “...Vuestra Majestad una Relación...” dando testimonio
de lo que “...ví y viví...”. Debe destacarse su visión (típica de la época)
sobre un Nuevo Mundo inocente y al mismo tiempo bárbaro (en la concepción
aristotélica); idílico pero lleno de vicios (belicosidad, robo, mentira) y,
observado desde la percepción que distinguía entre cristianos y paganos,
considerado civilizado o bárbaro (seres solitarios que viven en la selva en
estado de primitiva inocencia) y formado por tribus de diversa apariencia
física, distinta lengua y sociabilidad cambiante. De otras tribus menciona sus
ritos funerarios; cómo curaban a los enfermos; qué uso hacían del tabaco; la
forma en que se emborrachaban “con humo” (drogas?). Atrajo su atención lo que
llamó “...una diablura y, es que ví un hombre casado con otro, y estos son
unos hombres amarionados, impotentes, y (que) andan tapados como mujeres y
hacen oficios de mujeres...; (son) más membrudos que los otros hombres y más
altos...” (Cap. XXVI). En fin, cuando se refiere a la alimentación, hace de
ella una descripción exagerada y probablemente -al menos parcialmente-
ficticia.

Si se sigue con atención la lectura de sus treinta y ocho capítulos, el lector
vivirá o se enterará de cómo se armó la expedición (Cap. I/X); la forma en que
extraviaron el rumbo, cayeron cautivos y experimentaron reencuentros (Caps.
XI/XIX); la narración de los medios que usaron para liberarse y huir (Cap.
XX/XXXI); la evangelización que realizaron y los encuentros con otros
españoles, como también su regreso a España, que es para él la Civilización
(Caps. XXXII/XXXVIII)”
*(1) Artículo de Cristian García-Godoy, La travesía de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en http://gacetaiberoamericana.com/Issues/VOLXINr5/lit3.html.

BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA
Ballesteros, Manuel. Escritores de Indias, selección, estudio y notas por...;
(1) Clásicos Ebro, Zaragoza, Edit. Ebro.
(2) Barrera, Trinidad. “Introducción y Notas” a la edición de los Naufragios, de
(3) Alianza Editorial, Madrid, 1985.
(4) Barrera López, Trinidad y Mora Valcarcel, Cármen de. “Los Naufragios de Alvar
(5) Núñez Cabeza de Vaca: entre la crónica y la novela” en Andalucía y América en
(6) el Siglo XVI, Sevilla, Universidad de Santa María de la Rábida, 1983, pp.
(7) 332/363.
(8) Bishop, M. The Odyssey of Cabeza de Vaca, Connecticut, 1971.
(9) Cortés, Hernán. Cartas y Relaciones con otros documentos relativos a la vida y
(10) las empresas del conquistador. Prólogo y notas de Nicolás Coronado. Buenos
(11) Aires, Emecé, 1946.
(12) García, (Padre agustino) Celso. Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Barcelona,
(13) Editorial Araluce, s/f.
(14) Núñez Cabeza de Vaca, Alvar. Naufragios y Comentarios, con dos cartas. Madrid,
(15) Calpe, 1922 (Ficción).
(16) Sopranis, Hipólito Sancho de. “Datos para el estudio de Alvar Núñez Cabeza de
(17) Vaca” y “Notas y documentos sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca”, en Revista de
(18) Indias, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, C.S.I.C., Años VIII, enero-marzo, 1947, No. 27, pp 69/192 y XXIII, enero-junio 1963, Nos. 91-92,
(19) pp. 207/241.

 
VALORACIÓN

Pero, en realidad, qué es Naufragios. Por lo general, se admite que esta obra es un magnífico ejemplo del subgénero narrativo denominado “Relación”, a caballo entre la literatura y la historia. La investigadora Cármen V. Vidaurre Arenas va más allá, y en un magnífico y extenso artículo titulado “La interacción de diversos tipos textuales en la obra de Álvar Núñez”*(2) analiza todas las posibilidades narrativas incumbidas en “Naufragios”. Por su extraordinario valor, lo reproduciremos en su integridad. Es éste:

“Con el nombre de Naufragios es conocida una obra que para Jean Franco: “[...]
destaca, quizás por lo raro de los acontecimientos [... que narra]”(1). Este
escrito constituye el único testimonio de la expedición de Pánfilo de Narváez a
la Florida (1527). Se trata de un texto considerado, por su propio autor, dentro
del campo de los documentos históricos.
El estudio de los rasgos textuales tipológicos específicos de la obra no se ha
realizado en forma integral, pues existen tradiciones que se inclinan o limitan
a establecer su clasificación, como texto histórico o como texto de ficción
narrativa, a partir de las características dominantes que identifican en el
escrito, restando importancia a la complicada red de interacciones de diversos
tipos textuales que tiene lugar en él. Nuestras consideraciones se centran en el
estudio de estas interacciones, marcadas por los aspectos formales, temáticos y
elementos discursivos que están involucrados en esa producción cultural.
A 17 días del mes de junio de 1527 partió del puerto de Sant Lúcar de
Barrameda el gobernador Pánfilo de Narvaez, con poder y mandado de vuestra
majestad para conquistar y gobernar las provincias que están desde el río de
las Palmas hasta el cabo de la Florida [...](2)
Así inicia esta narración cuya instancia narrativa es compleja y variable en sus
características, de un modo asistemático, como podremos observar a lo largo de
su lectura.
En los Naufragios, el texto informativo se presenta como justificación. En la
primera parte del libro, la narración es expuesta de modo impersonal, como una
retrospección objetiva que da inicio con una fecha precisa, hace referencia a un
lugar e indica la identidad del sujeto de la acción. El orden específico de los
datos que se proporcionan allí corresponde al esquema informativo, propio de la
historia, este esquema aún se emplea en la retórica periodística, pero con un
orden distinto (cuándo, qué, dónde, quién y cómo/ dónde, cuándo, quién, qué y
cómo). Sin embargo, en la narración que estudiamos figura un fenómeno que se
destaca por su recurrencia, por la subrayada reiteración con que aparece: la
causalidad de cada hecho que se señala, aspecto que no suele ser tan fundamental
en la práctica del esquema periodístico contemporáneo, que siguen algunos de los
documentos de difusión más generalizada e incluso que está ausente u ocupa una
importancia secundaria en diversos escritos históricos, antiguos y
contemporáneos, en los que su importancia podría o debería ser mayor a la que
manifiestan.
Posteriormente a los primeros datos, en los Naufragios, el narrador-informante
hace referencia a los oficiales en una larga enumeración. En esta enumeración
-si consideramos que la referencia a los miembros de una expedición o empresa de
guerra constituía una tópica de la narración histórica y del discurso épico,
desde la antigüedad, de este último, cuyo más célebre, difundido y “autorizado”
ejemplo lo ofrecía la obra de Homero-, no se requería del comentario explicativo
que el narrador se siente obligado a ofrecer. Este comentario destaca,
nuevamente, la importancia que la causalidad tiene en el escrito de Cabeza de
Vaca, importancia que se constituye en un elemento textual muy acentuado en el
libro.
En la serie de datos que siguen, a las informaciones sobre el clima, las
informaciones causales, de los hechos referidos, abundan:
[...] se quisieron quedar allí, por los partidos y promesas que los de la
tierra les hicieron.(3)
[...] y que yo, para más seguridad, fuese con él [...](4)
[...], para esto mandó a un capitán Pantoja [...] para recebir los
bastimentos [...] porque aquél era muy mal puerto [...] y porque lo que allí
nos sucedió fué cosa muy señalada. (5)
La indicación de la causalidad se manifiesta como obsesiva, incluso cuando se
recurre al uso de elementos retóricos preconstruidos, así, por ejemplo, cuando
el narrador, de acuerdo a una tópica del exordio (6) vigente en la época, señala
las causas por las que determinó escribir cierta materia en su texto, también
está, nuevamente, ofreciendo un ejemplo más de una sistemática que se reitera en
su escrito, la de señalar la causalidad:
[...] me pareció que no sería fuera del propósito y fin con que yo quise
escrebir este camino, contarla aquí.(7)
Esta insistencia en la causalidad, que explica y justifica los hechos, las
decisiones y los actos propios y ajenos, hace que emerja, desde el implícito, un
deseo o necesidad de justificación que figura en el discurso textual de Cabeza
de Vaca y que determina la estructura de sus frases, la organización del relato
(referencia a un hecho-referencia a su causa y a la causa de su narración en su
obra).
Otra de las tópicas del exordio -la que se refiere a justificar un escrito,
indicando que se contarán cosas antes nunca vistas- y que fuera una de las
tópicas más recurrentes en las crónicas y narraciones de exploración y conquista
en la época, figura, recreada, en el libro de Cabeza de Vaca, cuando el narrador
comenta:
En estas partes nunca otra cosa tan medrosa se vió; y yo hice una probanza
de ello, cuyo testimonio envié á vuestra majestad.(8)
El narratario del escrito se hace explícito en la anterior cita: Cabeza de Vaca
escribe al rey y para él (como antes lo ha hecho, según los documentos). El
narrador, del escrito, expresa, de diversos modos, que debe justificar las
causas de su fracaso y los motivos de los hechos, ante una instancia de
legitimación. Uno de los rasgos del texto: un documento dirigido al rey,
corresponde a la gran mayoría de cartas, crónicas y relaciones de Conquista y
Descubrimiento. El otro, la indicación de la causalidad reiterada, podía formar
parte de la retórica de dichos escritos pero se explicaba su presencia, en los
mismos, por motivos muy específicos (evitar la ambigüedad, aclarar un aspecto
que se prestaba a mal interpretaciones o dudas, precisar un asunto que era
confuso o poco conocido, seguir un lineamiento retórico, etc.). Así pues,
debemos considerar que el fenómeno que produce que un hombre esté obligado a
explicar, reiteradamente, las causas de cada uno de sus actos, suele estar en
relación con una falta o acto que debe ser justificado y que en este caso dicha
falta era el fracaso de la expedición -pese a que, cuando el autor escribe,
dichas causas ya eran conocidas, pues se sabía que los motivos del fracaso
habían sido las inclemencias del tiempo-. Esto señala hasta qué punto se puede
constatar en la obra de Cabeza de Vaca, un fenómeno que ha señalado Nina
Gerassi:
[...] el eje principal del discurso narrativo del Descubrimiento y la
Conquista era el éxito [...](9)
En un contexto social en el que el sujeto se siente o debe estar obligado al
éxito, la determinante explicativa de su fracaso puede instituirse en un eje de
estructuración dominante y transformar el discurso en una “defensa”, en una
forma de exoneración de una culpa. Sin embargo, existen otras condiciones que
pudieron afectar la obra de Álvar Núñez y convertirla en una “defensa”,
condiciones que se hacen más claras cuando consideramos la cronología de los
hechos ocurridos en su vida, luego de su regreso a España, en 1537. En 1540, es
nombrado Adelantado del Río de la Plata, su empresa se caracterizará por una
serie de tensiones y fracasos, que en 1544 culminan en una sublevación contra
él. En 1545, vuelve a España, encadenado y en diciembre de ese año se inicia un
proceso por más de treinta cargos en su contra, del que luego de dos juicios,
uno de ellos con una dura sentencia y otro en el que es absuelto de todos los
cargos, aparece, en 1555, la “edición príncipe” (10) de los Naufragios. Existía
una edición anterior de la obra, de Zamora, en 1542, que debemos suponer escrita
antes de ser nombrado Adelantado. La fecha de la escritura de la obra tiene
importancia, aunque no exista un acuerdo entre los estudiosos sobre la misma, a
falta de datos precisos sobre el asunto. Según Jacques Lafaye, hay dos fechas
posibles de escritura, la primera es inmediata anterior al regreso de Álvar
Núñez a España:
Dado que éste debió renunciar a embarcarse antes de la primavera de 1537,
como nos dice él mismo, y pasó el invierno de 1536 a 1537 en México, quizá
aprovechó esta tregua para escribir la Relación.(11)
Escrita en ese contexto no había ningún otro motivo que obligara a Cabeza de
Vaca a justificar sus actos, en la medida en que no era objeto de un juicio por
incurrir en delitos o faltas hacia la ley y las órdenes de la Corona, ni parecía
tener motivos mayores para sus explicaciones que dejar testimonio de lo
ocurrido, justificar su fracaso y, en cierta forma, debido a los contenidos de
su capítulo final, podía considerarse como parte del propósito de su obra,
advertir, a todo aquél que se involucrara nuevamente en una empresa de
descubrimiento y conquista, sobre las cosas que podrían ocurrirle, es decir, nos
revelaba una función didáctica que no estaba ausente en muchas obras de la
época, pero que no era muy común en los tipos textuales históricos sobre la
Conquista, al menos, no como uno de los propósitos principales del escrito, sino
como tópica propia de una retórica religiosa, educativa, de enseñanza moral, que
podía afectar a los textos históricos o de otro tipo.
Sin embargo, el propio Jacques Lafaye señala:
[...] parece lo más indicado pensar que después de su regreso a España, y
con el objeto de obtener la capitulación en 1540, por la cual llegaría a ser
adelantado, Álvar Núñez redactó y publicó el relato de sus tribulaciones
americanas.(12)
En este otro contexto, la escritura de la obra se convierte en un acto de
reivindicación con más fuertes motivaciones personales, su propósito principal
sería borrar las potenciales dudas que existieran para darle un cargo al que
aspiraba.
Los contenidos involucrados en los escritos de Motolinía sobre la aventura de
Álvar Núñez nos hacen tomar conciencia de que pudieron existir variaciones entre
la versión de los hechos que él conoció por declaración oral o escrita de Álvar,
y de los que, el fraile dejó testimonio en una carta, hacia 1541 (13), y los que
Álvar Núñez señalaría después en el escrito que hoy conocemos (la referencia a
los milagros, por ejemplo, parece estar ausente en el “informe” o testimonio que
Motolinía conocía, antes de que se publicara la obra, porque él no registra
ninguna información sobre tales asuntos, aunque no debemos descartar que
pudieran existir otras causas para que fraile omitiera la mención a los
milagros, aunque éstas no resulten del todo claras o convincentes y nos
conduzcan a pensar en la probabilidad que parece más fuerte: Motolinía ignoraba
las referencias a los milagros).
Por otra parte, la enorme mayoría de investigadores trabajan con la versión
posterior a 1542 (14) y son pocos los que como, Pier Luigi Corvetto, se han
ocupado del estudio comparado de las dos versiones publicadas primero. Sin
embargo, las informaciones que ofrece no nos proporcionan datos suficientes que
permita precisar, si los hechos ocurridos hacia 1545 afectaron la versión
posterior, la de 1555, o no existe cambio entre las dos primeras ediciones, pues
de existir cambios significativos, éstos podrían obedecer a un deseo de
reivindicación más fuerte, motivado en el autor luego de un proceso legal.
A este respecto, Pier Luigi Corvetto señala:
Son pocas las diferencias entre ambas. Pero en todas hay una que señalar la
añadidura (a la insistencia de “relación”) del subtítulo Naufragios [...]
(15)
José Rabasa y Enrique Pupo-Walker, entre otros, han observado que existieron, no
dos sino varias versiones del relato, en las que se fue acentuando el aspecto
biográfico sobre el de la relación y el aspecto narrativo sobre el histórico. En
cualquiera de los casos, sea porque el contexto exigía un discurso del éxito y
un hombre que fracasaba debía justificarse, sea porque deseaba reivindicar su
persona para obtener un cargo o porque no quería quedar en deshonor, luego de un
juicio que ponía en duda su calidad moral y su servicio a la Corona, en la obra
de Álvar se puede observar, tal y como la conocemos, un deseo de justificación
muy fuerte que tiende a involucrar un propósito que no escapa a lo didáctico, a
dar ejemplo a otros con su experiencia (recordaremos que Álvar Núñez no sólo
dirige su escrito al rey sino también “a los que en su nombre fueran a
conquistar aquellas tierras”). Este hecho: dar ejemplo a otros con la propia
experiencia, ha sido señalado por algunos investigadores como un rasgo común al
que tuvieron después las novelas picarescas. De hecho, uno de los numerosos
elementos que ha contribuido a resaltar la importancia de esta obra es la
potencial influencia que la misma tendría en la literatura posterior, no sólo en
algunas narraciones picarescas con las que se han establecido frecuentes
similitudes, entre las que se encuentran: las referencias al hambre, la
importancia de la comida, la narración de una serie de episodios de fracaso, el
relato testimonial y autobiográfico, sino también su relación con algunos libros
de viajes de épocas posteriores que incrementaron los elementos fantásticos o la
crítica social y llevaron el modelo de las aventuras de viajes a territorios de
la ficción.
Antes que la novela picaresca, los exempla, las vidas de santos, diversos
relatos populares que en ocasiones retomaban la tradición de las fábulas e
incluso algunos libros de caballerías, involucraban una función didáctico moral,
muy marcada en los sermones y en la obra de pedagogos.
A los anteriores elementos se debe agregar otro, también en relación con la
literatura de su tiempo y en parte con la picaresca española, y que ha sido
observado por David Lagmanovich (16):
Núñez demuestra tener algún tipo de conciencia lingüística; y su prosa
–escrita casi al mismo tiempo que la de Guevara y apenas una década antes
que la del Lazarillo- puede considerarse representativa de un momento en el
que el principio valdesiano de escribo como hablo, absorbido conscientemente
o no, representa el norte de muchos buenos escritores. (17)
Nina Gerassi-Navarro observa, muy acertadamente, otro aspecto involucrado en
este rasgo del texto de Álvar Núñez:
La vinculación con la oralidad es quizás el factor más importante del
testimonio [como tipo textual] porque subraya la posición marginal del
sujeto textual frente al discurso hegemónico; en él, la palabra oral se
opone a la palabra escrita. El “yo” testimonial pide que se le escuche [...]
Por otra parte, el pedido del “yo” testimonial no es individual; su
intención es hablar en nombre de otros; su experiencia no apela a ser una
experiencia individual sino compartida; su historia es también la de otros.
El testimonio es, en otras palabras, la articulación de una voz colectiva,
un “yo” que pertenece a un “nosotros” [...] (18)
Estas y otras observaciones le sirven a la investigadora para observar que Álvar
Núñez utiliza, en su obra, elementos de dos tipos discursivos, testimonio y
biografía, que constituirían dos tipos textuales distintos, al utilizar una voz
narrativa en la que se puede observar numerosos desplazamientos, que pasan, de
la forma impersonal, al nosotros, definido con ambigüedad y fluctuaciones con
respecto a la identidad de esa primera persona colectiva que varía en cuanto a
los sujetos que involucra, y luego de pasar al nosotros, cambia al yo
autobiográfico, que se desprende de la voz testimonial para asumir su
individualidad, destacándose entre los miembros del grupo.
Toda autobiografía lleva implícito el deseo de inscribir la propia identidad
y fijar una determinada imagen del “yo”. Para ello el autobiógrafo debe
seleccionar los elementos dispersos de su vida individual y reordenarlos
según la imagen de sí mismo que desee proyectar. Éste es el eje principal
que ordena la narración autobiográfica [...] reconstruye su pasado,
subrayando algunas instancias de su vida frente a otras.(19)
Curiosamente estos otros rasgos del relato de Álvar Núñez, que sirven para
identificar características de dos tipos textuales, testimonio y autobiografía,
son también compartidos por la mayoría de las novelas picarescas, que se
presentan como autobiografías o biografías de personajes, y que ofrecen un
testimonio de una vida y de las experiencias compartidas con otros.
Por otra parte, la tensión constante entre la retórica de la historia y el
relato novelesco, no es extraña en los textos sobre el Descubrimiento y la
Conquista, lo que resulta singular en el escrito es que dicha tensión es
afectada por desequilibrios notables que producen conflictos.
Pese a que algunos investigadores han señalado que la obra de Álvar Núñez se
produce en un mundo en el que las oposiciones se esfuman y una nueva realidad
comienza a esbozarse, en los Naufragios, también podemos localizar huellas
discursivas de una dualidad, que no sólo involucra los juegos de oposiciones
sino diversas modalidades del doble.
Al observar la enumeración de los oficiales, notamos que en primer término se
señala al propio narrador. Esta referencia llama la atención porque el narrador
hace mención de sí mismo como si se tratara de una tercera persona. Este
distanciamiento produce el efecto, en el lector, de un desdoblamiento. Parecería
que el narrador se contempla como si él mismo fuera otro (como si uno fuera el
narrador y otro el personaje de la historia). La dualidad involucrada en este
elemento textual, contrasta con el cambio, en el mismo párrafo, a la primera
persona del plural (el “yo” desdoblado se reconoce en el sujeto colectivo), que
asume el narrador después, en un “nosotros”.
Si en un principio el personaje se nos presenta como un “él” y un “nosotros”
diferenciados, más adelante, las diferenciaciones que hará serán entre un “yo” y
un “ellos, por ejemplo, cuando el narrador refiera, en relación con el resto de
los miembros de la expedición: “[...] era yo quien más le importunaba”, pero
también encontraremos diversas oposiciones entre un “nosotros” (los españoles) y
un “ellos” (los indígenas), un “nosotros” (los sobrevivientes) y un “yo”, etc. ,
en un juego multifacético de dos sujetos, individuales o colectivos, que están
en contrapunto, que se diferencian uno de otro, se oponen, se complementan o son
paralelos.
Justamente, otra sistemática, que resulta notable en el escrito de Núñez Cabeza
de Vaca, es la del paralelismo, paralelismo que lo mismo se manifiesta como un
esquema de oposiciones, que como un esquema de asimilaciones y analogías entre
cosas o seres diferenciados, habitualmente, uno del otro. Ejemplo, de esto
último, lo encontramos en la descripción del clima:
[...] no menos tormenta había en el pueblo que en la mar.(20)
[...] y andando entre los árboles, no menos temor teníamos de ellos que de
las casas, porque como ellos también se caían [...] (21)
En ambos fenómenos discursivos, el paralelismo y la analogía, se ponen en
relación dos cosas, se crean dualidades, cuya recurrencia es sumamente
importante en el escrito, como lo será en otras obras de Conquista y
Descubrimiento.
Se hacen evidentes, así, desde el principio del texto, dos sistemáticas
discursivas determinantes: la sistemática de lo causal y la del doble, la
dualidad, que lo mismo se manifiesta en las analogías que en la distanciación o
desdoblamiento del narrador, al referirse a sí mismo.
Estas dos sistemáticas textuales corresponden a estructuras mentales que dominan
el discurso de Álvar Nuñez. La estructura de la dualidad, ha sido localizada por
Tzvetan Todorov como un elemento fundamental en las mentalidades de la época. Su
presencia se explicaba porque al describir un espacio, un conjunto sociedades y
manifestaciones culturales distintas a las que eran conocidas para el hombre de
la época (22), se ponía en juego una problemática de la identidad que surgía de
las comparaciones y del encuentro con lo diferente.
La otra formaba parte de una serie de prácticas discursivas características de
los procesos de juicio, no sólo presente en ámbito de los procesos legales e
inquisitoriales, sino incluso en el ámbito de la tradición literaria, por
ejemplo, en los retratos, en obras didáctico morales y luego en las novelas
picarescas, aunque no fuera exclusiva de dicho tipo de prácticas discursivas y
literarias.
Al estudiar las Cartas de relación de Hernán Cortés, hemos observado la
presencia, en el texto de Cortés, de una práctica discursiva común en la España
del siglo XVI, la de utilizar el cuerpo humano como unidad de media. En los
Naufragios, el tipo de sistemáticas discursivas, en las que el ser humano es el
referente de comparación a través del cual se percibe el mundo, reaparece
también, de un modo subrayado. El referente humano se hace presente en los
sintagmas fijos, que sirven para describir la naturaleza: “[...] en la boca de
una bahía [...]”, (p. 11); pero también, en la imagen que sirve para expresar la
intensidad de la furia de los elementos:
[...] era necesario que anduivésemos siete o ocho hombres abrazados unos con
otros, para podernos amparar que el viento nos llevase [...] (23)
[...] habían visto dos robles, cada uno de ellos tan grueso como la pierna
por bajo.(24)
[...] los arcos que usan son gruesos como el brazo, de once o doce palmos de
largo.(25)
[...] una caña atravesada, tan larga como dos palmos y medio, y tan gruesa
como dos dedos [...] en él un pedazo de caña delgada como medio dedo.(26)
Este tipo de descripciones, en las que la naturaleza parece como humanizada o se
explican sus rasgos a partir de un modelo de comparación humano (la fuerza del
viento se mide por el número de hombres que debían abrazarse para resistirlo, el
grosor de las cosas a partir de la proporción del cuerpo humano y sus partes)
nos permiten señalar en qué medida resultaba comprobable que, en la ideología y
en la cultura del Renacimiento, el hombre ocupara un lugar central y
constituyera el punto de referencia clave de la perspectiva, puesto que el
discurso “concreta”, expone, las estructuras mentales del contexto en el que se
produce y en dicho discurso el hombre se constituye en escala, en modelo a
partir del cual se crea la analogía para referirse a otras cosas.
Consideramos importante, señalar que, los fenómenos de humanización, como
metáforas y como referente de comparaciones, se podían encontrar ya en los
discursos y textos de la Edad Media, como un legado de la tradición clásica,
pero no alcanzaban la importancia y difusión de que gozarían, incluso en el
lenguaje popular, en el período del Renacimiento.
En la narración de Cabeza de Vaca, domina el aspecto sintético y el estilo
contado, este último hecho es un indicador del grado de domino y de mediación
que el narrador ejerce sobre la materia narrada, pues el discurso, de los otros,
pasa siempre por el filtro del discurso del narrador. No se reproducen las
palabras textuales de los personajes a los que se hace referencia, dichas
palabras son contadas por el narrador, reducidas a enunciados en tercera
persona. Este rasgo podía aparecer con frecuencia en los documentos históricos,
pero también era posible localizarlo en una gran diversidad de escritos de otro
tipo y más que una marca tipológica constituye una marca o huella ideológica y
un indicador del nivel de mediación sobre lo referido que opera en el discurso
de Álvar Núñez.
En su trabajo, “Cartas, crónicas y relaciones del Descubrimiento y la Conquista”
(27), Walter Mignolo observa la dificultad de clasificar la prosa narrativa del
periodo colonial. Mignolo destaca el estudio de los aspectos de los textos, de
sus rasgos discursivos, como elementos que permiten categorizarlos en una
determinada tipología textual (cartas, crónicas, historias, relaciones, etc.).
Mignolo observa que, mientras la carta y la historia tenían una tradición, las
relaciones constituyen un tipo textual que se ajustaba a un modelo “cerrado
sobre la marcha”, construido a partir de las disposiciones y pedimentos reales
sobre los informes de los territorios de lo que hoy es América. Entre estas
disposiciones se encontraban diversos puntos: decir el nombre de la comarca o
provincia y lo que significaba dicho nombre, el nombre del descubridor y
conquistador, el año de descubrimiento y el de conquista, las características de
la tierra, si es llana o áspera, rasa o montosa, los frutos y mantenimientos que
tiene, la fauna, las dimensiones del territorio y las distancias, sobre todo
hacia la ciudad de Audiencia, el sobrenombre que se le haya puesto y el nombre
del fundador, etc. Eran un total de cincuenta funciones aproximadamente.
En el capítulo IV de los Naufragios son localizables referencias que remiten a
esta práctica social y textual de las relaciones, el narrrador de los Naufragios
hace referencia a la actividad constante del escribano, que se encargaba de
informar al monarca sobre peticiones específicas y daba testimonio de las
empresas realizadas, pero, al mismo tiempo, en el propio texto del narrador
emergen ciertas huellas de la retórica del modelo de las relaciones ordenadas
por el rey, pues el narrador de Naufragios se ocupa, preferentemente -sobre todo
en la parte primera del libro- de informar sobre temas que formaban parte de las
disposiciones solicitadas tradicionalmente en los cuestionarios que se
planteaban a los informantes, y las que señalaban la necesidad de proporcionar
datos sobre: el modo en que se había descubierto una población, y por orden de
quién, si se había tomado posesión o conquistado y de qué maneras. Debía también
describirse el “temperamento”, (clima) y la calidad de la zona, informar sobre
el aspecto de la tierra, sobre la lengua y la forma de organización de las
gentes locales, sobre las riquezas que había y sobre el destino que a dichas
riquezas se les había dado o se les podía dar. Se informaba el tipo de
vegetación y fauna, etc.
En estos cuestionarios o solicitudes, en un principio de tipo informal, se hace
evidente el deseo de inventariar aquellos aspectos y elementos que podían ser
objeto de explotación lucrativa, y precisar las circunstancias en que debería o
podría hacerse la explotación de las riquezas.
Hablamos de peticiones informales, no porque constituyeran una petición
informal, sino porque para la fecha en que Cabeza de Vaca escribe, los
cuestionarios aún no habían sido formalmente fijados, mediante la precisión de
una serie de temas que seguirían un orden rígido (28) e invariable,
posteriormente.
Cuando Álvar Nuñez Cabeza de Vaca describe su narración, llena de referencias y
datos que contrastan con la mayoría de los textos sobre el Descubrimiento y la
Conquista, en los que abundaban las descripciones a tierras fabulosas, “como las
de las historias de los Amadises” -según palabras de Bernal Díaz del Castillo-,
referencias abundantes a variada fauna y flora, riquezas y mercaderías tan
numerosas que permiten hacer largas y a veces caóticas enumeraciones. Cabeza de
Vaca, pese a no tener historias y cosas tan fabulosas que contar, se ajusta
también -aunque en su relato abunden las descripciones sobre climas adversos,
naturaleza inhóspita, escases de riqueza, gran miseria y sólo algunas
referencias vagas a posibles cosas explotables lucrativamente- a los
cuestionarios y peticiones informales del monarca.
Para ejemplificar lo antes señalado, tomaremos el capítulo IV y los siguientes
de los Naufragios.
El capítulo IV, titulado: “Cómo entramos por tierra”, inicia con la información
del cargo del personaje que dio la orden de entrar a la comarca:
[...] el Gobernador acordó de entrar por tierra, por descubrirla y ver lo
que en ella había [...] (29)
Cabeza de Vaca continúa su relato con la descripción del aspecto de la tierra,
luego, hace referencia al modo en que “toman posesión del lugar”, y señala las
propiedades, los bienes, que en tal lugar, los indios tenían:
[...] nos mostraron un poco de maíz, que aun no estaba para cogerse. Allí
hallamos muchas cajas de mercaderes de Castilla, y en cada una de ellas
estaba un cuerpo de hombre muerto, y los cuerpos cubiertos con unos cueros
pintados. Al comisario le paresció que esto era especie de idolatría, y
quemó las cajas con los cuerpos. Hallamos también pedazos de lienzo y de
paño, y penachos que parecían de la Nueva-España; hallamos también muestras
de oro. Por señas preguntamos a los indios adónde habían habido aquellas
cosas; señalaronnos que muy lejos de allí había una provincia que se decía
Apalache, en la cual había mucho oro, y hacían seña de haber muy gran
cantidad de todo lo que nosotros estimamos en algo. (30)
Un poco más adelante, el narrador señala:
[...] íbamos mudos y sin lengua, por donde mal nos podíamos entender con los
indios, ni saber lo que de la tierra queríamos, y que entrábamos por tierra
de que ninguna relación teníamos [...] (31)
En el capítulo V, el narrador indica:
[...] salieron á nosotros hasta doscientos indios [...] después de haberlos
hablado por señas, ellos nos señalaron de suerte, que nos hobiemos de
revolver con ellos, y prendimos cinco ó seis, y estos nos llevaron á sus
casas, que estaban a hasta media legua de allí, en las cuales hallamos gran
cantidad de maíz que estaba para cogerse [...](32)
El narrador continúa con su relato de las descripciones del aspecto de la
tierra:
[...] llegamos á unos placeles de la mar que parescia que en entraban mucho
por la tierra: anduvimos por ellos hasta legua y media con el agua hasta la
mitad de la pierna, pisando por encima de ostiones, de los cuales recibimos
muchas cuchilladas en los piés [...](33)
Numerosos capítulos corresponden al cuestionario de las relaciones, se ajustan a
los puntos y temas que éste indicaba, por ejemplo: el capítulo XXV, “De las
costumbres de los indios de aquella tierra”; el capítulo XXVI, “De las naciones
y lenguas”.
El título original de la obra señala esta clara filiación con respecto a las
relaciones de conquista.(34)
Las anécdotas que se van sucediendo en la narración, parecen seleccionadas por
su vinculación con los puntos que señalaba el cuestionario que debía contestar
el informante y, es claro que, no surgen por una propuesta que consiste en
describir la cultura o tratar sobre las personas que en la empresa encontraban
los conquistadores. Observaremos que no se hace descripción sistemática de los
rasgos culturales y que, cuando alguno de ellos llega a figurar en el relato, la
referencia tiene un lugar marginal, es esbozada superficialmente y de modo
breve, sin que se manifieste una verdadera curiosidad por conocer o profundizar
en el conocimiento del “Otro”, el detalle aparece como un “asunto que causa
asombro, en mayor o menor medida”. Siempre es mucho más detallada la descripción
de las cosas, de los bienes y del aspecto de la tierra. De hecho, el apartado
VII tiene como capitular: “De la manera que es la tierra” y se ocupa de la
comarca de Apalache y se concentra en la descripción de los elementos que
interesan al informe. Si bien, en algunos momentos, los datos contenidos en las
descripciones pueden resultar de valor para el historiador, el sociólogo, el
zoólogo, etc., los motivos implícitos de tales informes, corresponden más a un
afán o propósito de explotación de la riqueza, a cierta capacidad de asombro
ante lo novedoso, que a un deseo de conocimiento.
Es cierto que, en algunas ocasiones, se hacen descripciones de costumbres,
vestidos, creencias de las gentes, características de la flora y la fauna, pero,
si atendemos a las evidencias, los propósitos que modalizan el texto,
descubrimos que lo que el narrador está exponiendo es que, en aquellos lugares,
las gentes no tienen mayor riqueza que sus costumbres “extrañas”, sus ropas o
sus creencias “exóticas”, su compasión por el otro o su capacidad para
incorporar lo que resulte útil.
Hay momentos en el relato que, ante la escasez de bienes por ser descritos, un
detalle cualquiera se vuelve valioso.
En su configuración primaria el texto de Cabeza de Vaca acata los preceptos
retóricos que guiaban la preparación de relaciones, según se prescribían en
los reglamentos forenses derivados de las artes notariales del medioevo. El
diseño de la relación, como tipología diferenciada, conserva, en parte, su
estirpe epistolar que de hecho nos remite a las cartas reales y de
provisión. Aquellos eran documentos severos que resumían las comunicaciones
oficiales entre funcionarios e instituciones de la Corona.
[...]
En estas relaciones se procuraba con especial celo la información
solicitada, que a su vez respondía a las exigencias de la Copulata de Leyes
de Indias. (35)
Tal y como se ofrece en las ediciones contemporáneas, para algunos autores, la
obra presenta una serie de anomalías con respecto al tipo textual de las
relaciones de la época, aspecto que ha sido observado por Luisa Pranzetti (36) :
falta la dedicatoria y el proemio, en los que se contenía el aval del
destinatario oficial, la exposición del plan general y las intenciones del
escrito. Estas anomalías, sin embargo, son producto de las manipulaciones de las
ediciones posteriores a las primeras publicaciones, que contienen proemio y
dedicatoria, suprimidos a partir de la edición de Andrés González Barcia, en la
colección de los Historiadores primitivos de Indias, editada en Madrid, en 1749,
en la que se basan las ediciones posteriores.
Por otra parte, se discute si no era absolutamente necesario, aunque sí
tradicional, que una relación llevara dedicatoria, ya que se trataba de una
solicitud expresa de la Corona a la que debía responder el informante.
Pier Luigi Corvetto ha observado, sin embargo, la importancia que la supresión
de la dedicatoria adquiere en el caso de la obra de Álvar:
[...] siglos después cuando la imprenta de Juan de Zúñiga volverá a proponer
[como título] Naufragios y Comentarios (Madrid, 1736) y su relación [sea]
rubricada como “histórica narración”. Tal denominación vagamente oximorónica
[...] y la supresión de la dedicatoria al monarca, parecen converger en la
acentuación del carácter literario, si no novelesco, de la obra.(37)
El mismo Corvetto señala la importancia y el significado que en la época tenía
el prólogo o el proemio en la obra de un informante:
[...] la palabra del prólogo participa sin reservas del estatuto y de la
ideología medievales del “símbolo” [...] se autoacredita como absolutamente
verídica, fundada y garantizada tales cualidades y a través de la sanción
del monarca [...] El “Prohemio” consagra toda acción referida como “parte”,
del gran acontecimiento histórico, como fragmento de un plan providencial. Y
la autoridad y veracidad de su palabra [...] El redactor, invocando la
protección del soberano, tiende a ponerse a buen recaudo, a hacerse mero
compilador [...](38)
El texto de Cabeza de Vaca posee elementos textuales suficientes, aunque algunos
resulten atípicos, para ser clasificado como una relación, presenta rasgos
propios del testimonio, pero también de la autobiografía, sus características
textuales coinciden en varios puntos con las que luego tendrían las novelas
picarescas, las cuales desmitificaban, criticaban y cuestionaban, mientras que
los textos históricos exaltaban y elogiaban, eran instrumentos del poder
político y religioso. La fragmentación espacial, temporal y anecdótica que se
observa en la obra, caracterizaban tanto al relato épico: crónica, relación,
memorial, etc., como a la picaresca. Los registros literarios presentes en ella
permiten que pueda decirse, lo que ha señalado Robert E. Lewis: “se trata de una
obra que documenta hechos históricos en la que está reconocida una clara
afiliación literaria, no sólo en el sentido amplio señalado por Hayden White,
sino de una manera explícita e inmediata” (39), pues el escrito: en tanto que es
narración personal autobiográfica, obliga a la tarea de organizar en una manera
coherente los recuerdos, impresiones y anécdotas significativos de diez años de
experiencias; en tanto es una relación de servicios, debe presentar al autor
protagonista de tal forma que no dé lugar a dudar sobre su valor y sus actos, y,
en tanto es presentado como noticia verdadera de tierras extrañas debe
interpretar de una forma comprensible una serie de vivencias que, aun dentro de
las normas de verosimilitud de la época, rayaban en lo increíble. Estos
problemas –como señala Robert E. Lewis- colocaban la obra en un campo más amplio
que el de la historiografía y obligaban a la introducción, en el discurso
narrativo, de elementos y técnicas más asociados a la tradición literaria.
Han sido estudiadas algunas de las convenciones empleadas por Álvar Núñez
para dar forma a su narración. El presagio que inicia la acción, los
reconocimientos que señalan momentos de transición y el episodio profético
al final [...] que explica la trayectoria de los acontecimientos, son todos
legados de la herencia literaria de la época empleados eficazmente [...] No
nos sorprenda que el autor haya recurrido al uso de tropos literarios
consagrados por la novelas de caballerías en un intento de consolidar la
unidad formal de su relación [...] el tratamiento de los hechos insólitos,
de “cosas muy nuevas y para algunos difíciles de creer”, cumple la función
explicativa e interpretativa característica de los relatos.
En cuanto a la cronología, no es por descuido que el autor se salte sin
comentario periodos de tiempo, en su relación, que varían entre unos meses y
seis años; son periodos [...] que no contribuyen las “cosas muy señaladas”
necesarias para el desarrollo del relato. La “estructura rigurosa” de la
obra, notada por Hart, responde a un rigor puramente formal más bien que
cronológico, ya que los hechos narrados en los primeros diecinueve capítulos
(desde la embarcación en Cuba hasta el final de la esclavitud de Álvar Núñez
y sus compañeros) ocupan un espacio de ocho años, mientras que el tiempo
transcurrido en los últimos diecinueve capítulos (el viaje de Texas a México
y la vuelta a España) es sólo de dos años.(40)
Otros estudiosos han señalado cierta “endeblez cronológica y etnográfica”, que
es compensada por observaciones no sistemáticas pero vívidas, que separa el
texto de lo histórico y lo acerca a lo meramente narrativo. Es conveniente
señalar, sin embargo, que este rasgo separa totalmente el escrito de Álvar de la
crónica, concebida como un tipo textual específico, pues en la crónica debía
existir una coincidencia entre el tiempo de los sucesos y el de la narración.
Por otra parte, incluso, quienes defienden el carácter de escrito histórico del
texto han observado que los Naufragios, los registro descriptivos desbordan al
inventario fáctico propio de las relaciones.
Al mismo tiempo que podemos identificar elementos retóricos que corresponden a
tipos textuales de la historia, podemos encontrar otros en clara diferenciación,
respecto a los mismos, en la obra. El escrito de Álvar quiere ser persuasivo,
convencer de su calidad y merecimiento, reivindicarlo, antes que estar
interesado en ser “fiel a la historia”, como lo hace visible el prólogo del
libro, en el que Robert E. Lewis observa:
[...] este prólogo está motivado además por otros intereses que poco tienen
que ver con la historiografía [...] tiene un carácter marcadamente distinto
al de los proemios que solían acompañar las historias de Indias escritas en
la época. A diferencia de autores como Zárate, Cieza, Gómara o Las Casas,
Álvar Núñez no se refiere a las exigencias de la historiografía, al empleo
de fuentes de información, a las cualidades necesarias a la persona del
historiador, ni se disculpa con una modestia retórica de las insuficiencias
de sus capacidades intelectuales para emprender semejante tarea [...](41)
Por otra parte, el protagonismo y la testimonialidad buscan acreditar la
veracidad del texto, el uso de un estilo lacónico pretende reforzar los efectos
de verosimilitud de lo narrado. El “Prohemio” dirigido a Carlos V, “Sacra,
cesárea, cathólica Majestad”, es el medio a través del cual el autor pone de
manifiesto su altísimo destinatario y garante, los recursos literarios no son
ajenos a muchas obras históricas de la época en la que lo literario y lo
histórico habían seguido modelos comunes y la retórica permitía tales
combinaciones. La metáfora del viaje, en el espacio y el tiempo, que es
considerada como un rasgo narrativo propio de la ficción, era también la clave
de un tipo textual histórico: la crónica.
Enrique Pupo-Walker ha observado otros rasgos textuales presentes en el escrito
que eran también característicos de los documentos históricos y de una tradición
culta en la época:
En su fase inicial se insinúa la laudatio al monarca como merecedor de la
obediencia de todos y su caracterización, retóricamente institucionalizada,
como estandarte de la justicia y la fe. En todo sentido, esa formulación
sigue muy de cerca las normas expositivas que se observan en proemios
debidos a figuras ilustradas de la época.; y de raigambre no menos tópica es
la implícita alusión a la fortuna, a la que –como base de tantos equívocos-
se atribuyen bienaventuranzas y fracasos. Al mismo tiempo, todo lo que
seguidamente se relata en su proemio [..] le sirve al autor para expresar
–veladamente- otra modalidad, sólo que más sutil, de su afectada modestia
[...] esa afectada y disminuida visión de su labor escritural aparece
vinculada, en el revés de ese pasaje, a los tópicos antes mencionados de la
fortuna, mediocritas mea y excusatio propter infirmitatem. Si se explora con
algún detenimiento la articulación retórica indirecta de otros formulismos,
cuyos antecedentes hemos conocido en la tradición clásica, así como en
tratados y glosas medievales, veremos que Núñez, al concluir su proemio, nos
avisa que en su Relación se leerán: “cosas muy nuevas y para algunos
difíciles de creer”. Esa declaración, aparte de ser cierta, retoma, desde su
configuración reiterada, dos vertientes retóricas que nos dirigen
simultáneamente a la épica e historiografía clásica, así como a la
patrística [...]
Advertiremos, por igual, que las matizaciones que hace el relator en los
Naufragios equivalen a las conocidas proposiciones retóricas que emite aquél
que nos “trae noticias sin precedentes”; y a ello suele añadirse que es su
deber “compartir conocimientos valiosos y recién adquiridos [...]
Vinculándose a esa tradición expositiva, Núñez caracteriza su Relación como
una obligación que debe al monarca.(42)
La interacción de diversos rasgos textuales problematiza, en forma aguda, la
clasificación definitiva y clara de la obra, en tanto que ésta muestra
características que corresponden a distintos tipos textuales y no involucra
todas las que permitan su definición dominante en un solo tipo o grupo de
escritos, de manera incuestionable.
Sin embargo, conviene observar, también, el vinculo específico que este texto
tiene con respecto a otros tipos textuales de la época.
Los estudiosos de la Literatura Novohispana y, en particular, los estudiosos de
la obra de Álvar Núñez, saben que se ha señalado, con frecuencia, que esta obra
constituye un caso singular de narración antiépica, por los asuntos de que trata
y por hacer referencia a una serie de “fracasos”, en lugar de enumerar “triunfos
y hazañas”. Sin embargo, es necesario detenernos a considerar los elementos
textuales y los tópicos que la narración y las obras épicas tenían, para
precisar si, verdaderamente, los Naufragios corresponde a la clasificación de
texto antiépico o no corresponde, en un sentido estricto.
Pedro Piñero Ramírez ha señalado, sobre la épica:
[...] el género se desarrolló en la literatura hispana, a lo largo de los
siglos XVI y XVII, con una fecundidad verdaderamente sorprendente.(43)
A tal punto llegó la difusión del género que, no se requería ser hombre de
letras para haber estado en contacto con él. Pese a ello, la épica ocupaba un
lugar de jerarquía intelectual:
[...] en Europa, donde se llegó a considerar la épica como la más elevada
forma literaria, norma de todos los demás géneros [...](44)
Piñero, cita a López Pinciano, en su Philosophía antigua poética, quien define a
la poesía épica como sigue:
[...] imitación común de acción grave, hecha para quitar la passiones del
alma por medio de la compassion y miedo [...] que sea la fábula fundamentada
en historia; y que la historia [...] no sea larga por vía alguna, que ni sea
moderna ni antigua; y que sea admirable [...](45)
López Pinciano señala otros rasgos, entre los que se encuentra que la historia
sea “verisímil”.
Se suele pensar que una condición de la épica era contener referencias a
espectaculares y grandiosas batallas y a descripciones de ejércitos
combatientes, triunfos portentosos sobre invencibles enemigos. Es cierto que,
existían una serie de tópicas que caracterizaban las obras épicas, pero debemos
precisar cuáles eran éstas, puesto que las variantes eran muchas.
La materia bélica tenía una importancia definitoria en la épica y la gran
mayoría de los textos épicos novohispanos tenían un fondo histórico. Sin
embargo, por lo que se refiere al material bélico, éste podía adoptar formas muy
variadas: de batallas, combates individuales, encuentros, escaramuzas, desafíos,
enfrentamientos de tipo mortal, superación de pruebas difíciles, realización de
trabajos, liberación de prisioneros, hallazgos de bienes que satisfacían
necesidades, etc.
La narración épica consistía, en cierta forma, en transformar el suceso del día
en aventura y hazaña, donde se ponía de manifiesto el valor de un grupo de
hombres o el de un protagonista. El protagonista épico se mostraba ecuánime ante
una situación que colocaba al lector en estado atónito, el protagonista era
agente de la historia, pese a las adversidades. Esto último implicaba, muchas
veces, una resistencia sobresaliente ante o adverso, involucraba la exaltación
de una empresa humana y la exaltación de un personaje determinante en dicha
empresa.
Todos los anteriores elementos textuales pueden encontrarse en los Naufragios,
aunque ahí no figuren grandiosas y espectaculares guerras entre inmensos
ejércitos.
Un ejemplo de esa perspectiva épica con que Álvar Núñez refiere su historia y
sus circunstancias, nos lo ofrece el pasaje del capítulo XII:
Los indios, de ver el desastre que nos había venido y el desastre en que
estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con
el gran dolor e lastima que hobieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron
todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oír, y
estos les duró más de media hora, y cierto ver que estos hombres tan sin
razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían tanto de nosotros, hizo
que en mí y en otros de la compañía creciese más la pasión y la
consideración de nuestra desdicha. Sosegado ya este llanto, yo pregunté a
los cristianos, y dije que, si a ellos parecía, rogaría a aquellos indios
que nos llevasen a sus casas [...](46)
Ya Nina Gerassi, en su estudio sobre la obra de Cabeza de Vaca -con el cual,
como se habrá notado diferimos en ciertos puntos, aunque en otros coincidamos-,
ha observado:
[...] el “yo” narrativo de Cabeza de Vaca transforma su testimonio en un
relato [...] que reivindica la singularidad de su “yo” y afirma su propio
valor.(47)
Por ser uno de los únicos cuatro sobrevivientes en una expedición que había
contado inicialmente con 450 hombres, 80 caballos, cuatro naves y un bergantín,
y por haber sobrevivido a una tormenta que merecía ser descrita como: “nunca
cosa tan medrosa se vio” (p. 8); y por haber realizado un peregrinaje que
comprendió gran parte de lo que hoy es el sur de Estados Unidos y el norte de
México, hasta llegar a Culiacán, nueve años después de su salida del puerto de
Sanlucar, sin alimentos, ni conocer la lengua local, cuando se inició el viaje
por territorios enemigos, la obra y la historia de Cabeza de Vaca constituía una
verdadera hazaña, que, como él mismo expresa en el proemio a su obra, citado por
Nina Gerassi, lo distinguía entre los mejores:
[...] bien pensé que mis obras y servicios fueran tan claros y manifiestos
como fueron los de mis antepasados, y que no tuviera yo necesidad de hablar
para ser contado entre los que con entera fe y gran cuidado administran y
tratan los cargos de Vuestra Majestad y les hacen merced.(48)
Estas palabras nos informan de la seguridad que el protagonista tenía sobre su
propia persona y sobre los servicios prestados a la corona. Cabeza de Vaca se
ubica a sí mismo entre los héroes del reino.
Como Robert E. Lewis observa en su estudio, el narrador nos ofrece una imagen
idealizada y heróica de sí mismo:
A lo largo de la primera parte, que narra los desastres que sobrevienen uno
tras otro [...] se contrasta el buen juicio, carácter firme y valentía de
Álvar Núñez con las vacilaciones, decisiones precipitadas y final abandono
de las responsabilidades de Pánfilo de Narváez. El autor se complace en la
descripción pormenorizada de los conflictos de opinión entre los dos, pero
no deja a la vez de subrayar como él trabaja para mantener la lealtad de las
tropas al gobernador cuando los soldados amenazan sublevarse o desertar.
Después del naufragio definitivo, y ya hechos esclavos de los indios los
cuatro españoles que quedaban vivos, Álvar Núñez se afirma en su papel de
mando, declarando su intención de sacar de cautiverio a sus compañeros.
Cuando se ven convertidos en curanderos al estilo indígena, es Álvar Núñez
el que más se atreve a realizar las curaciones arriesgadas y difíciles [...]
es Álvar Núñez el que predica el evangelio a los indígenas y el que efectúa
la reconciliación de tribus tradicionalmente enemistadas. Es el mediador
entre los indios y los españoles, y en última instancia defensor [...](49)
Jacques Lafaye(50) se refiere a la experiencia de Álvar Núñez como una “odisea”,
semejante calificativo no resulta exagerado si consideramos la serie de
aventuras que el personaje experimentó. Sin embargo, el calificativo adquiere un
sentido particular cuando observamos una serie de elementos textuales que
indican una relación particular entre el texto que protagoniza Ulises y el de
los Naufragios.
Hay en el texto, de Álvar Núñez, una referencia a un rasgo físico de toda una
familia indígena, este rasgo llama poderosamente la atención del lector:
[...] un indio con quien Dorantes estaba, el cual era tuerto, y su mujer y
un hijo que tenía y otro que estaba en su compañía: de tal manera que todos
eran tuertos. Estos se llaman mariames [...](51)
Sabemos que los indios cocos fueron los encontrados por los náufragos en la isla
que denominaron del “Mal Hado”, los cuales estaban emparentados con los
caddos(52), que vivían en las costas de la actual región de Mobile y que
hablaban un dialecto del grupo karan kawan. Sobre sus tradiciones y creencias
religiosas se sabe muy poco. Sin embargo, dadas las modalidades de las culturas
de la llamada Aridoamérica, podemos suponerlas análogas a las de la mayoría de
los indios de las llanuras de América del Norte y, por ello, la práctica de
cegarse o cegar un ojo resulta sumamente extraña, especialmente porque este
rasgo se le atribuye a toda una familia. La referencia a una familia de
personajes que tienen todos un solo ojo y que es encontrada por un grupo
reducido de náufragos, en una región desconocida, constituye una anécdota que
guarda relación de semejanza, con respecto al texto clásico griego que fuera
modelo de la poesía épica clásica y en el que los compañeros de Ulises,
náufragos también, se encuentran con los Cíclopes.
Los otros grupos amerindios que Álvar Núñez pudo encontrar, los susolas y
avavares, que moraban en la parte del territorio del actual estado de Texas,
tenían tradiciones semejantes a las de los otros grupos aridomericanos, por lo
que no resulta comprensible la ausencia de referencias, por parte de los
historiadores, a un hecho tan singular como el que Álvar Núñez refiere en su
escrito.(53)
En el capítulo XIV se refiere una anécdota en la que se establece un contraste
peculiar, pues, mientras que los hechos referidos nos ofrecen una imagen
humanizada de los indígenas, en las que éstos, al no poder arrancar las raíces y
no obtener beneficio alguno de la pesca, mueren de hambre, al mismo tiempo que
un grupo de cristianos protagoniza una historia de antropofagía. Esta anécdota
también guarda una curiosa similitud con el texto homérico, pues en ella se
refiere la forma en que cinco cristianos llegaron al extremo de comerse unos a
otros, hasta que quedó uno solo: “que por ser solo no hubo quien lo comiese” (p.
52). En el texto clásico griego, Ulises refiere la forma en que Cíclope devora a
todos los compañeros del héroe cautivos, al tratar de obtener alimento. En ese
pasaje, Ulises resulta ser el único sobreviviente.
Aunque Álvar Núñez señala los nombres de los protagonistas de esa historia de
antropofagía entre españoles, llama la atención que la anécdota guarde puntos de
coincidencia con el antiguo poema, porque en ambas obras, el poema épico y la
relación, se refiere la historia de un naufragio, el relato de un viaje que
adquiere un nivel simbólico, que es posible leer como una metáfora, se pueden
también identificar, en los dos textos: una empresa de guerra, la presencia del
presagio, la separación del protagonista, y parte de los hombres, del resto de
los soldados viajeros, la referencia a una serie de hechos y detalles
prodigiosos, penurias y privaciones. Como Ulises, Álvar Núñez también debe huir,
es hecho prisionero, recibe ayudas inesperadas de los diversos personajes o
grupos humanos con los que se encuentra, pero también encuentra enemigos,
regresa después de mucho tiempo y refiere sus propias aventuras. El
reconocimiento, ya directamente o a través de un signo (prenda u objeto), por
una “marca” o indicio, aparece en los Naufragios, en el capítulo XXII.
Particularmente significativa resulta la narración involucrada en el capítulo
XXXVIII, el último del libro, en el que se hace referencia al augurio que una
mujer le había hecho al gobernador, pues: “había dicho al gobernador muchas
cosas que le acaecieron en el viaje, antes que le sucediesen”. Cuando llegamos
al final de esta narración episódica observamos que hay un capítulo, el capítulo
final, que contiene a todos los demás episodios narrados, los enmarca en un
tiempo mítico, pues una mora de Hornachos, repite una profecía que ya se ha
cumplido y se cumplirá nuevamente: la historia de los Naufragios. Todo esto
parece apuntar hacia una relación de intertextualidad entre la obra del naufrago
español y la Odisea, en donde Ulises cumple una profecía y condensa, en la
narración de un canto, todo lo que anteriormente ha sido narrado y protagonizado
por él.
La autonomía funcional de muchas de las anécdotas relaciona, el texto de Álvar
Núñez, más que con las relaciones, con la narrativa épica, en la que es común
este rasgo, pues incluso los libros de caballerías tienen como eje de relación
al protagonista, quien es el que sirve para vincular un conjunto de anécdotas
bastante independientes entre sí y que adoptan las formas de lo episódico.
Es cierto que la aparente intención del autor es la de registrar lo histórico,
lo real, sin embargo, sabemos que no pudo tomar notas ni conservar apunte alguno
de su expedición, por lo que su relato es reconstrucción del pasado a través del
recuerdo. Además, muchos hechos y detalles no encuentran una explicación lógica
y rayan en lo fabuloso, no sólo por lo que tratan sino por la forma misma en que
se refieren, por ejemplo, la música que se escucha mientras tiene lugar una
tempestad que arranca los árboles de cuajo y destruye casas e iglesias, la
muerte prodigiosa e inexplicable de los indígenas que se niegan a llevar a los
cristianos a donde ellos quieren ir, la cura milagrosa de los enfermos e incluso
una resurrección (54). A esto se suman las descripciones de los indígenas, como
“gigantes”, el paso por una tierra “muy trabajosa de andar y maravillosa de
ver”, las espaldas vueltas llagas, por llevar las armas a cuestas y la
identificación que los indígenas hacen de los españoles con “hijos del sol”,
operaciones quirúrgicas que luego de dos días apenas guardan una cicatriz,
moribundos devueltos misteriosamente a la salud, la historia de un monstruo
sobrenatural, de un árbol ardiente bajo el cual el personaje se guarece del
frío, elementos, como otros muchos, en los que se percibe una perspectiva
mitificadora muy clara, del narrador y de los personajes que son protagonistas
en los relatos.
Sobre este punto conviene recordar que, pese a los puntos de contacto que entre
la novela picaresca y la obra de Álvar Núñez puedan encontrarse, él no pretende
escribir la historia de un fracaso:
[...] hábilmente convierte sus diez años de sobrevivencia en una relación de
servicios para la Corona [...] Cabeza de Vaca busca una forma de autorizar
su discurso, y lo hace agregando un “proemio” a modo de exordio, dirigido a
Carlos V, en el que presenta su escritura como servicio [...] además de ser
un informe, Naufragios es una prueba de vasallaje [...] La vuelta es exitosa
porque los sobrevivientes recobran su autoridad y su calidad de cristianos
al convertirse en médicos evangelizadores [...] no sólo se presenta como un
hombre valiente, sino también limpio de pecados.(55)
Su relato adquiere el carácter de una obra épica cristiana, en muchos sentidos.
Su relato acaba por ser la historia de un héroe que sobrevive a la adversidad
sin perder su calidad de cristiano y transforma su regreso y su naufragio, su
fracaso, en el retorno de una peregrinación evangelizadora. Su relación con la
épica no sólo se hace visible por los rasgos mismos del texto, los rasgos que se
atribuye el personaje, sino también por los materiales intertextuales que dejan
huella en el libro. Sobre este punto podrá observarse también la presencia de
diversos elementos que establecen paralelo con las prácticas de evangelización
apostólica y la historia de Cristo: el sermón, el rezo, el bautismo, el reparto
de pan entre los indígenas, los milagros. Álvar Núñez está atribuyendo su éxito
a la voluntad divina, en forma constante, se coloca así como un elegido de Dios,
como un medio a través del cual se cumple la voluntad divina.
[...] En medio de su vida áspera de esclavo de los indios exclama: “No
tenía, cuando en estos trabajos me veía, otro remedio ni consuelo sino
pensar en la compasión de nuestro redemptor Jesucristo y en la sangre que
por mí derramó, y considerar cuánto más sería el tormento que de las espinas
él padeció que no aquél que yo entonces sufría” [...] Los nuevos “físicos”
son perseguidos por las multitudes de indios que no quedan satisfechos hasta
recibir la bendición de aquellos. Álvar Núñez distribuye comida a grupos que
a veces se componen de tres o cuatro mil personas, las que no osan comer
bocado hasta que sea bendecido [...](56)
En el contexto de la producción de su obra sólo podían existir dos causas que
justificaban los relatos de conquista y descubrimiento, en la medida en que
respondían a los intereses de la Corona, mientras confirmaran la posesión de
riqueza o tierras, de cosas y personas que pudieran ser objeto de explotación
económica, o mientras trataran sobre una conquista espiritual, acorde a la
ideología de la Contrarreforma, Álvar Núñez se acoge a esta última
justificación.
La propia historia de su vida, posterior a su rescate nos confirma que los
rasgos que el personaje se atribuye estaban lejos de la verdad, no porque
hubiera en ella faltas graves, sino, porque esta historia nos muestra a un
personaje que se equivocaba repetidamente en sus decisiones, en sus juicios, que
jamás volvió a ejercer las curas milagrosas, en ninguna otra parte, que afirma
realizara en los territorios donde estuvo perdido, y que ni siquiera su
experiencia de parcial asimilación a las culturas indígenas constituía un rasgo
único, pues Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero también habían convivido
durante largo tiempo con los indígenas y habían sido asimilados por ellos.
No pretendemos devaluar la importancia del personaje ni de su historia, de
enorme valor en la historiografía y en la literatura hispanoamericana, buscamos
colocarla y ubicarlo bajo el lente de una mirada objetiva que nos permita
desmitificarlos y ver en ellos lo que pudiera corresponder a la verdad en su
relato y lo que estaba motivado por un contexto específico de producción de la
obra.
Podemos observar que, pese a las similitudes que el escrito parece guardar con
respecto a las novelas picarescas, el autor escribe una obra épica, por lo que,
la reiteración del hambre y el aspecto de la supervivencia, no resultan
suficientes elementos para considerar como texto antiépico a los Naufragios.
Aunque se manifiesten críticas y desmitificaciones a determinados hechos o
personajes y se haga referencia a realidades concretas, esto no excluye que, en
ocasiones, lo histórico se sacrifique ante el propósito épico dominante y se
haga presente una perspectiva mitificadora, idealizante y, en la obra, se
transgredan diversas normas y convenciones propias de los escritos históricos.
Obra épica, pero no de ficción, esto es lo que desea escribir su autor, pues al
pretender su documento fidedigno, lo opone a la “novela” tal y como ésta debía
entenderse en el Renacimiento, y busca adscribirlo al conjunto de materiales
históricos escritos, no por amanuenses o especialistas en el área sino por
protagonistas que lo mismo siguen modelos literarios que documentales y
peticiones de la Corte.
El resultado de ese propósito difiere del de otros escritos semejantes por
varios motivos: porque la dominante épica se sobreimpone al propósito
informativo, lo que puede ocurrir también en otras obras, pero no de forma tan
subrayada como ocurre en el texto de Álvar Núñez, en el que había diversas
situaciones que lo obligaban a destacar esa dominante épica, ya que él no cuenta
con el contrapeso que la función informativa, a través de las relaciones
(inventarios) de riquezas y la descripción de batallas y combates, creaba en las
obras de otros cronistas. Su empresa, no es una empresa económica sino el
resultado de una serie de desastres y fracasos que él transforma en una empresa
de evangelización. La exaltación del protagonista a través del informe o la
relación (inventario) de riquezas que podían explotarse y de sus triunfos de
guerra, que propiciaba una evaluación positiva de los actos del personaje, no
acompaña al escrito de Álvar, por ello su escrito se adhiere a los textos épicos
del pasado, en los que la empresa económica se subordinaba a la empresa
espiritual, en los que el héroe tiene como modelo a la figura de Cristo o a un
rey justo que ha sufrido una serie de pruebas y tareas difíciles que
involucraron un enorme sacrificio. Es interesante observar, sobre esto, que
Enrique Pupo-Walker ha señalado sobre la obra:
.[...] el texto de Núñez incide en descripciones morosas que, en algunos
pasajes, nos hacen evocar las tonalidades sombrías de la crónica
medieval.(57)
La fisionomía diversa y en ocasiones contrapuesta de la escritura de los
Naufragios nos descubre la asimilación de las aportaciones diversas entre las
que se encuentra un legado forense, religioso y humanístico, en una urdimbre
compleja que resiste todo intento de clasificación simplista, por sus variados
componentes y por la forma en que dichos componentes interactúan.
Naufragios contribuiría a la producción de nuevos tipos textuales históricos y
literarios, a partir de una renovación y mezcla de los tipos textuales del
pasado”.

De todas formas, el auténtico valor de Naufragios es que obliga al lector a reconsiderar varios prejuicios relacionados con la conquista de América, por parte de los españoles, y le sugiere no pocas reflexiones acerca de lo acaecido en este importante periodo de la historia de España.

En primer lugar, confirma que los españoles sufrieron grandes penalidades y gravísimas calamidades en el periplo de la conquista de América, en contra de la idea generalizada en los libros de Historia, que presentan esa conquista como un paseo militar. Véase las gestas de Hernán Cortés y Pizarro, con sus operaciones en el imperio azteca y en el imperio inca, que parecían llevar una vida al estilo de Alejandro magno o Julio César, que estaban provistos de un enorme aparato militar, y no tanto de utillaje de exploración, y que disponían de toda suerte de beneficios y prebendas de los monarcas españoles. Muy al contrario, el advenimiento de los españoles a América se parece más a lo que en la actualidad conocemos como el fenómeno de las pateras que a otra cosa. A su llegada, como los náufragos actuales de las pateras en Europa, fueron recibidos de muy diferentes maneras: desde los semínolas, que los reciben a flechazos, los indios de las praderas, que los someten y esclavizan, hasta los indios de los poblados mexicanos, que los veneran como dioses y creen en sus capacidades curativas milagrosas. En todos los lugares encuentran pobreza y miseria, como en el caso de los protagonistas de Naufragios, cuya única y perentoria preocupación es encontrar leña para sacudirse el frío, hallar comida para no morir de hambre, resolver las mil adversidades que se les presentan e intentar comunicarse con los moradores de una tierra absolutamente inhóspita,los cuales viven incomunicados cultural, social y lingüísticamente entre sí.

En segundo lugar, pone de manifiesto la valentía, osadía, energía y resolución del pueblo castellano, un pueblo pequeño, pobrísimo, falto de recursos y de gente, que fue capaz de organizar tantas y tantas expediciones en pos de la conquista de América. Sorprende especialmente que, a quince años del descubrimiento del continente americano, los castellanos ya hubieran creado sendos centros logísticos de operaciones en La Habana y Santo Domingo.

Y en tercer lugar, descubre la lamentable situación en la que se hallaban los pueblos indígenas del sur de lo que hoy son los Estados Unidos. Vivían en la más absoluta penuria, casi en la Edad de Piedra, y su principal y poco menos que exclusiva fuente de alimentos eran los árboles de tunas. Lo cual nos conduce a pensar que la intervención de los europeos en América es el factor fundamental que explica el relativo progreso a la modernidad que han experimentado los pueblos indígenas. De esta idea se deduce que lo que despectiva e injustamente algunos dan en llamar “el imperialismo” es, en la mayoría de las ocasiones, el auténtico motor de pueblos atrasados. ASí, el imperialismo” español, de ningún modo, fue tan nefasto y ruinoso para los indígenas como algunos pretenden consagrar en la memoria histórica de los pueblos hispanoamericanos. ES más, eso que alguien ha denominado “la raza mágica”, refiriéndose precisamente a la raza hispana, no es sino el resultado de la fusión de todos los dolores que padecieron los indígenas y los españoles en su encuentro americano. Al respecto resulta providencial un texto de John Steinbeck *(3), que expresa la opinión que los norteamericanos tienen de los conquistadores. Dice así:

“Entonces, los duros y secos españoles vinieron a explorar, codiciosos y realistas, y su codicia era de oro y de Dios. Recolectaron tanto almas como joyas. Acumularon montañas y valles, ríos y todo el horizonte, de la misma manera que ahora un hombre podría ganarse un título en el mercado inmobiliario. Estos hombres violentos y resecos se movieron por la costa de norte a sur. Algunos de ellos vivieron en sus propiedades, tan extensas como principados, que les fueron concedidas por los reyes españoles, quienes no tenían ni la menor idea de lo que les regalaban”.

*(2) Artículo dee Cármen V. Vidaurre Arenas. La interacción de diversos tipos textuales en la obra de Álvar Núñez, en: http://sincronia.cucsh.udg.mx/nunez.htm.

NOTAS
[1] Jean Franco, “La cultura hispanoamericana en la época colonial”, en Historia
de la Literatura Hispanoamericana, t. I, Madrid, Cátedra, 1982, p. 40.
[2] Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios, México, Origen/Omgsa, 1984, 152 pp.
Todas las citas de esta obra remiten, en adelante, a esta edición.
[3] Op. Cit., p. 5.
[4] Op. Cit., p. 6.
[5] Idem.
[6] Consultar la obra de Ernest R. Curtius, Literatura europea y Edad Media
Latina, t. I, México, Fondo de Cultura Económica (Col. Lengua y estudios
literarios, s. no.), 1975, pp. 122 y ss.
[7] Idem.
[8] Op. Cit., p. 8.
[9] Nina Gerassi-Navarro, “Naufragios y hallazgos de una voz narrativa en la
escritura de Álvar Núñez Cabeza de Vaca”, en Julio Ortega y José Amor Vázquez,
Conquista y contraconquista, México, El Colegio de México/Brow University, 1994,
pp. 176-177.
[10] Roberto Ferrando, A. Núñez Cabeza de Vaca, Madrid, Quórum (Col. Historia,
no. 16), 1987.
[11] Op. Cit., p. 19.
[12] Idem.
[13] Epístola proemial de un fraile menor al ilustrísimo señor don Antonio
Pimentel, sexto conde de Benavente.
[14] Versión que se reproduce en casi todas las ediciones de la obra: Naufragios
de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y relación de la jornada que hizo a la Florida con
el adelantado Pánfilo de Narváez, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, t.
XXII, “Historiadores primitivos de Indias” I.
[15] “Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios”, en Notas y comentarios sobre
Álvar Núñez Cabeza de Vaca, México, Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes-Grijalbo (Col. Los Noventa, “Cultura crítica de nuestro tiempo”, no. 90),
1993, pp. 119. Coordinadora: Margo Glantz.
[16] “Los Naufragios de Álvar Núñez como construcción narrativa”, en Notas y
comentarios sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, México, Op. Cit., pp. 37-48.
[17] Op. Cit., p. 40.
[18] Op. Cit., p. 178.
[19] Op. Cit., p. 182.
[20] Op. Cit., p. 7.
[21] Idem.
[22] Sobre este tema particular se puede consultar la obra de Tzvetan Todorov,
La Conquista de América “La cuestión del Otro”, México, Siglo XXI, 1986.
[23] Op. Cit., p. 7.
[24] Op. Cit., p. 28.
[25] Idem.
[26] Op. Cit., p. 53.
[27] Walter Mignolo, en Varios, Historia de la Literatura Hispanoamericana, Op.
Cit., pp. 57-116.
[28] Consultar el texto de Walter Mignolo, anteriormente citado, por ejemplo.
[29] Op. Cit., p. 14.
[30] Op. Cit., p. 15.
[31] Op. Cit., p. 16.
[32] Op. Cit., p. 19.
[33] Op. Cit., p. 20.
[34] El título original de la obra, publicada en Zamora en 1542, fue: La
relación que dio Álvar Núñez Cabeça de Vaca de lo acaecido en las Indias en la
armada donde iva por governador Pámphilo de Narbaéz desde el año de veinte y
siete hasta el año de treinta y ses que bolvió a Sevilla con tres de su
compañía.lo
[35] Enrique Pupo-Walker, “Notas para la caracterización de un texto seminal:
Los Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca”, en Notas y comentarios..., Op.
Cit., pp. 266-267.
[36] “El naufragio como metáfora”, en Notas y comentarios sobre Álvar Núñez
Cabeza de Vaca, Op. Cit., pp. 57-73.
[37] Op. Cit., pp. 120-121.
[38] Op. Cit., pp. 130-131.
[39] “Los Naufragios de Álvar Núñez: historia y ficción”, en Notas y comentarios
sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Op. Cit., p. 75.
[40] Op. Cit., pp. 80-81.
[41] Op. Cit., p. 77.
[42] Op. Cit., pp. 270-273.
[43] “La épica hispanoamericana colonial”, en Varios, Historia de la
Literatura Hispanoamericana, Op. Cit., p. 161.
[44] Pedro Piñero, Idem.
[45] Op. Cit., p. 162.
[46] Op. Cit., p. 48.
[47] Op. Cit., p. 175.
[48] Op. Cit., p. 177.
[49] “Los Naufragios de Álvar Núñez: Historia y ficción”, en Notas y
comentarios..., Op. Cit., p. 82.
[50] “Los milagros de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1527-1536), en Notas y
comentarios sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Op. Cit., 1993, pp. 17-35.
[51] Op. Cit., p- 65.
[52] Grupo indígena del Este de Tejas y territorios próximos, que engloba varias
tribus, organizadas políticamente en tres confederaciones. A principios del
siglo XVIII, su número bien pudo llegar a ocho mil personas. En 1910 no
llegaban, ni con mucho a seiscientos, asentados en Oklahoma. Su lengua caddo
pertenecía a la familia Caddoan -que se hablaba en el sur-. Del mismo tronco
provenían las lenguas que se hablaban en las grandes llanuras centrales. Entre
las principales naciones de la cultura del sureste de lo que actualmente es
Estados Unidos de Norteamérica se encuentran: las naciones del tronco muscogi
(entre las que están los apalaches, biloxi, caluse, chatot, chickasawas,
choctaws, creeks, natchez, seminolas y timucuas), las naciones del tronco sioux
(entre las que estaban los caddos, los catawbas y los yuchis), y las naciones
del tronco iroqués (cherokees). Debido a que muchos de los grupos indígenas de
la zona desaparecieron y a las transformaciones fonéticas que las voces
indígenas sufrían en los textos de los crónicas y relatores de Indias
Occidentales, es difícil precisar el origen y significado de las voces que Álvar
Núñez refiere en su texto.
[53] A propósito de los indios encontrados por Álvar Núñez, Jacques Lafaye nos
remite a la obra de John R. Swanton, “The indian tribes of North-America”, en
Bureau of American Ethnology. Bulletin, no. 145, Washington, Smithsonian
Institution, 1952.
[54] Sobre los milagros de Álvar Núñez conviene consultar el texto de Jacques
Lafaye que hemos citado anteriormente.
[55] Nina Gerassi-Navarro, Op. Cit., pp. 177 y 183.
[56] “Los Naufragios de Álvar Núñez: Historia y ficción”, en Notas y
comentarios..., Op. Cit., p. 82.
[57] “Notas para la caracterización de un texto seminal: Los Naufragios de Álvar
Núñez Cabeza de Vaca”, en Notas y comentarios..., Op. Cit., p. 262.

*(3) Steinbeck, John. Al Este del Edén, Ed. Tusquets, Barcelona 2002.1ª PARTE, Cap. 1, Sección 2.
 
INTERVENCIONES

Carlos Fernández:

En la introducción de Naufragios *(4) se afirma que el libro “no es propiamente historia, ni propiamente literatura, y por esa misma impureza las contiene ambas”. En otro pasaje *(5) de la Introducción, se añade que “el texto trasciende al mero informe a la Corona”. No obstante, el lector no se puede sustraer a la impresión de que se trata de un documento cuyo objetivo es la rendición de cuentas del autor al rey de España, en el que narra parte de lo sucedido con la expedición de pánfilo de Narváez, y justifica el fracaso de la misma. Por esta razón, no es gratuito poner en duda la objetividad del autor del documento, que es a la vez el protagonista de la historia que narra. Así, resulta difícil de creer que, tal y como Cabeza de Vaca asegura, obraran miles de curaciones milagrosas, o que construyeran cinco barcas, de a 22 codos cada una, prácticamente a partir de nada: fundiendo los estribos, las espuelas y el hierro de las ballestas. En fin, quizá todo se reduzca a una hiperbolización de una gesta malograda.

*(4) Álvar Núñez Cabeza de Vaca, “Naufragios”, Alianza Editorial (bolsillo), Madrid 2005, Introducción, p. 17.

*(5) Ver *(4), p. 19.



Joseba Molinero:

Naufragios más que una mera Crónica histórica o un Informe a la Corona es una declaración de intenciones de Álvar Núñez, que aprovecha precisamente este documento para expresar lo que realmente quiso hacer en su aventura norteamericana. Esto es, aprovecha la obligación de informar sobre los acontecimientos acaecidos en ésta, para contarnos sus inquietudes en forma de brillante literatura. El libro es básicamente una presentación del propio Álvar Núñez, que se muestra como un hombre animoso, noble, arrogante, con los cabellos rubios y ojos azules y vivos, y barba larga y crespa. Un hombre cautivador, especialmente extraordinario para los indígenas americanos. Un hombre peculiar, que transmitía en su mirada azul su anhelo de conocimiento, curiosidad y necesidad de trascendencia, además de su sobrenatural fuerza y vigor interiores. Un hombre católico, con una fe intuitiva e inteligente, no muy ortodoxa, en la que sustentaba su capacidad de iniciativa y sufrimiento y la seguridad a la hora de afrontar riesgos y de encarar las adversidades. Un hombre único, magno, ejemplo de la transición de la oscuridad del medievo a la luz del renacimiento. Un humanista, al fin y al cabo, y como algunos lo definen, un indigenista. Indigenismo, que se concreta en un amor humano a los indios, que le supuso el recelo y la incomprensión por parte de muchos de éstos, por un lado, y la condena y encarcelamiento por parte de la Corona española, por no saber esclavizar a la raza indígena, por otro. En la página 164 del libro *(6) queda patente la diferencia entre el trato que Álvar Núñez da a los indígenas y el trato que reciben de los habitantes de Nueva Galicia y de los conquistadores españoles afincados allí. Por esto, quizá, por su filantropía, que es la expresión más noble y humana de sus ansias de conocer, en la obra abundan las descripciones de los pueblos indígenas, sus gentes y costumbres, mientras que la descripción de paisajes y ambientes pasa a un segundo término. En definitiva pues, un hombre bueno, inteligente, sobrio, curioso y romántico que brilla con luz propia en la memoria de la conquista de América.

*(6) Ver *(4) p. 164.


Nicolás Zimarro:

La obra tiene una dimensión propiamente literaria, si bien en ella aparecen subordinados algunos aspectos del género histórico y otros relativos al discurso antropológico, que en ningún caso desvirtúan el mencionado componente literario del texto. Todo lo contrario, lo realzan y lo dotan de un extraordinario valor añadido. Porque lo que para muchos es una Crónica, Informe o Documento histórico no es sino el contenido real y explícito de la narración, el despliegue de los datos del incidentario que constituye el argumento del relato otra cosa es que estos datos tengan un relevante valor histórico, topográfico y cartográfico. Si comparamos el texto con los informes o crónicas de la conquista recogidos en Los diarios de Hernán Cortés, los cuales poseen un valor meramente de documentos históricos, se hacen patentes las diferencias narrativas y estilísticas entre ambos textos. Y porque el estudio de campo etnológico (análisis del comportamiento grupal de los diversos núcleos tribales, con sus costumbres, ritos ceremoniales, planteamientos cosmogónicos, roles sociales, etc…) que parece desarrollar Álvar Núñez trasciende la disciplina antropológica, para convertirse en la necesaria ambientación del marco religioso, lingüístico y sociocultural donde se circunscriben las relaciones humanas que tienen lugar entre los distintos grupos tribales indígenas y los expedicionarios españoles. En conclusión, “Naufragios” es una excelente muestra del modo de concebir la literatura, propio de la época en que el relato fue escrito, parangonable, por ejemplo, al Lazarillo de Tormes.


Emilio Hidalgo:

El principal valor del texto es el histórico, por cuanto el estilo formal que presenta, salvo la circunstancia de que está escrito en castellano antiguo, carece de virtualidad literaria y, si lo transcribiéramos al castellano moderno, como mucho podría ser aceptado como un texto periodístico. En ningún momento se advierte una finalidad estética, de manera que las descripciones de paisajes, ambientes y demás tienen únicamente un objetivo informativo, objetivo que cumple de modo brillante en lo que podríamos considerar la primera parte del libro, la que narra todo lo referente a la organización y detalles de la expedición al nuevo mundo, pero que en lo que constituiría su segunda parte, el periplo por el desierto norteamericano, se confunde con situaciones extrañas, inciertas, improbables e inverosímiles, que contaminan el propósito informativo del texto, como pueden ser: la extrema desorganización, situación caótica, falta de recursos e inexistencia de un proyecto de conquista a la llegada a América de los expedicionarios, las relaciones entre los conquistadores y los indígenas basadas en el temor y el miedo mutuos y el no reconocimiento del otro como igual, y la excesiva incidencia de la superstición religiosa en los hechos cotidianos. La obra tiene además una componente personal importante, porque lo que su autor pretende contar prioritariamente son las experiencias vividas en el transcurso de los diez años que duró su aventura norteamericana. Es así que el relato no representa la Historia de la Conquista de América, sino un episodio anecdótico, una sucesión de aventuras protagonizadas por unos individuos concretos, una sorprendente excepción en el decurso de los acontecimientos que constituyen un verdadero hito en esa Historia.


Jon Rosáenz:

Este libro da respuesta al interrogante de por qué los españoles no se impusieron en la conquista de los territorios de América del Norte, a pesar de que la nueva España llegara hasta el actual estado de Oregón. El terreno, el clima, la escasez de recursos naturales, la disgregación demográfica, las inclemencias meteorológicas, la beligerancia de los nativos, la orografía y demás… desaconsejaban la incursión y el establecimiento en estos territorios. Álvar Núñez, sin embargo, fue un pionero, el Ulises de la Conquista de Norteamérica, y el periplo que allí protagonizó toda una odisea, una epopeya mítica que cobra la dimensión de leyenda, de fatum profético. Álvar Núñez, como en su caso Ulises, abandonó Sevilla, su Ítaca particular, y todo lo que le era más querido (hogar, posición social, familia y amigos)y se enroló en una aventura transoceánica de predecible turbulento desarrollo y trágico resultado, como ya advirtió premonitoriamente una mujer que viajaba con el héroe en la expedición -al menos es lo que el autor afirma al final del libro-. Y se convirtió en una especie de ser cuasidivino, que caminaba desnudo por manglares y desiertos, que predicaba el amor al prójimo con el ejemplo de su entrega a los demás, sin distinciones de raza o status social, que llevó a cabo una suerte de evangelización de los “salvajes”, tratándolos como seres humanos en relación de igualdad y transmitiéndoles las virtudes de la fe cristiana, que practicaba curaciones milagrosas y que concitaba la admiración de miles de indios que le seguían, cautivados por lo que ellos entendían que era un elevado arte de brujería, sólo atribuible a un auténtico “hijo del sol”.


Roberto Sánchez:

“Naufragios” es una novela de aventuras basada en hechos reales, que cuenta con todos los recursos, estratagemas e ingredientes estilísticos propios del género, como son la intriga, la concatenación cronológica de sucesos, la aparición y desaparición de los personajes en una o varias tramas argumentales, la propuesta continuada de acontecimientos sucesivos, la emoción, etc… En ella, Álvar Núñez se presenta como el prototipo de hombre castellano del siglo XVI, valeroso, audaz, de espíritu indómito, resuelto y de gran fortaleza física, como ese héroe predestinado a la consecución de gestas inigualables. Bien es cierto que la mayoría de los hechos que narra en la novela son pura ficción literaria; pero no desmerece por ello en valor ni en importancia lo que debió ser el verdadero periplo norteamericano de estos aventureros españoles.