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PRESENTACIÓN
VALORACIÓN
INTERVENCIONES |
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PRESENTACIÓN
Escritor autodidacta, se define a sí mismo como
novelista catalán que escribe en castellano. Pertenece a la
promoción de jóvenes escritores que entre 1955 y 1970
procuran la superación de la narrativa española desde el
punto de vista de las técnicas vigentes en su tiempo y desde la
visión crítica de la realidad española que les
tocó vivir. Se le relaciona con autores como Martín
Santos, Juan y Luis Goytisolo, García Hortelano o Antonio
Ferrés, ya que con ellos comparte alguno de sus caracteres
narrativos. No obstante, resulta arriesgado ubicarle con certeza en
alguna de las tendencias narrativas existentes: su personalidad de
narrador se distingue como única, diferente. Ni siquiera podemos
encuadrarle en el “realismo mágico”, quizá la corriente a
la que más se acerca su producción. Su obra, eso
sí, supera con creces la llamada novela social de los
años cincuenta. Marsé, justifica su oficio de escritor
como el modo de “poner orden al caos” y señala que los
ámbitos del caos afectan a su yo, al entorno y a la materia
verbal. “Pero en el fondo se movilizan razones de orden
estético” -concluye-, “Esta es mi tarea”.
Juan Marsé nace en Barcelona el 8 de enero de 1933, como Juan
Faneca Roca. Su madre muere en el parto, dejando al taxista Faneca solo
con su hija pequeña y el recién llegado. En el transcurso
de una de sus carreras coincide con el matrimonio Marsé, una
joven pareja que lamenta no tener hijos: el futuro novelista
será adoptado a las pocas semanas de su nacimiento. Como afirma
Vázquez Montalbán, “el padre biológico se
convirtió en un mito fugitivo que algún día
volvería y escasamente volvió en dos ocasiones, aunque en
su retiro en un pequeño pueblo de Cataluña, el viejo
Faneca comentaba con orgullo que era padre de un escritor importante...
El mito del padre aplazado se agranda, se ultima en Un día
volveré, pero subyace en sus novelas como sombra o cicatriz,
adivinadas”.
Sus primeros años transcurren entre Barcelona y dos pueblos de
la provincia de Tarragona donde vivían sus abuelos, Sant Jaume
dels Domenys y Arboç del Penedés. Asiste a una escuela de
barrio, Colegio del Divino Maestro, hasta 1946. Fue un pésimo
estudiante, pasaba casi todo el tiempo jugando en la calle y
descubriendo los escenarios que con el paso de los años
configuran su particular territorio literario: Gracia, el
Guinardó o Monte Carmelo. Su entorno, repleto de estrecheces,
apenas le aporta vivencias culturales; su mundo estético y
literario se conforma de novelas de aventuras que le entusiasman y,
sobre todo, de la magia del cine americano de la época, algo que
le atrae irresistiblemente. Su familia pertenece al bando de los
vencidos; el mismo Marsé se declara “voyeur del anarquismo”:
“forma parte de mi memoria histórica, del entorno de mi familia
durante la guerra y después de la guerra. Mi padre Marsé
había sido de Esquerra, luego del PSUC, pero siempre fue un
militante atípico, por lo libre. Él no era exactamente
anarquista. Era un resistente”.
A los trece años empieza a trabajar como aprendiz de joyero,
oficio que desempeñará hasta 1959; durante este tiempo el
muchacho de pelo rizado y espeso, de tímida sonrisa, descubre su
inquietud literaria. Estudia de forma autodidacta, entre 1957 y 1959
aparecen sus primeros relatos en la revista “Ínsula”, gracias a
las recomendaciones de su amiga Paulina Crusat. Obtiene el premio
Sésamo de cuentos en 1959.
Durante el servicio militar en Ceuta, a los 22 años, comienza a
elaborar su primera novela, Encerrados con un solo juguete; años
después, en 1960, la presenta al Premio Biblioteca Breve de Seix
Barral, declarado desierto por falta de quorum, con ella queda
finalista y arranca su carrera novelística. Aunque la novela
colma las aspiraciones de críticos y novelistas, que por
entonces cultivan el denominado “realismo social”, Marsé no se
encuentra realmente satisfecho. Aconsejado por Gil de Biedma viaja a
París este mismo año, sobre él afirma “la lectura
de su obra y el conocimiento de Jaime fueron capitales”. Allí
trabaja de mozo de laboratorio en el Departamento de Bioquímica
Celular del Institut Pasteur, al servicio de Jacques Monod, premio
Nóbel, de ideología comunista, con el que a veces
dialogaba sobre la situación de la España franquista.
Comienza su relación con el PCE: “Me hice del Partido Comunista
de España en París no por Monod, sino porque era el
único que hacía algo contra Franco. Luego me
separé por una cuestión de intransigencia. Se metieron
con la vida privada de un camarada que al parecer follaba con quien no
debía”.
Vuelve a Barcelona, publicando en 1962 Esta cara de la luna, hoy
repudiada por el autor y desterrada del catálogo de sus obras
completas. En 1965 publica Últimas tardes con Teresa, su primera
gran novela, que le vale finalmente el Premio Biblioteca Breve de Seix
Barral. Este libro podría definirse, como hace Gonzalo Sobejano,
“como una parodia sarcástica de la novela social en sus dos
vertientes, como testimonio de los sufrimientos del pueblo y como
testimonio de la decadencia de la burguesía”. Marsé
dirá “creo que tengo una inclinación natural al
esperpento...soy grande admirador de Valle Inclán... Puede que
mis personajes [habría que añadir, la realidad] queden
deformados por la caricatura”. Ya del todo seguro de su vocación
literaria, abandona su oficio de joyero y comienza a trabajar en
colaboraciones para editoriales, traducciones, columnas en
periódicos y revistas y diálogos para cine, junto a Juan
García Hortelano, gran amigo suyo.
Se casa en 1966 con Joaquina Hoyas, de la que tendrá dos hijos,
Alejandro, que nace en 1968, y Berta, en 1970. En este mismo
año, 1970, publica la excelente novela La oscura historia de la
prima Montse, donde encontramos las claves del universo literario que
ha seguido cultivando hasta el presente.
Entre 1970 y 1972, respaldado ya por un gran éxito, en plena
madurez creadora, escribe su novela más valorada y una de las
más brillantes de toda la narrativa castellana de la posguerra:
Si te dicen que caí. A través de un fabuloso recorrido
por su infancia, Marsé, recrea la realidad histórica que
le interesa rescatar -la etapa de la posguerra española-, con el
fin de desvelar esa actitud crítica frente a la realidad
sociológica, que constituye la clave interpretativa de toda su
obra. Su postura de escritor es “... de rechazo frente a la sociedad,
sea cual sea... Es muy saludable una actitud de irritación y
crítica...” Inmediatamente censurada en España, se vio
obligado a publicarla en México, en 1974, donde recibe el Premio
Internacional de Novela. En 1974, comienza a colaborar con la revista
“Por favor”, donde se ocupa de una columna de relatos literarios de
personajes de actualidad, con gran éxito. En 1978 obtiene el
Premio Planeta con La muchacha de las bragas de oro. Su universo
literario se asienta y se confirma con Un día volveré
(1982), Ronda del Guinardó (1984) -1984 será el
año en que sufre un infarto y ha de someterse a una delicada
intervención quirúrgica- , Ronda del Guinardó
(1984) y su volumen de cuentos Teniente Bravo (1987). Vázquez
Montalbán asegura, “a partir de este momento [se refiere al
periodo que media entre la publicación de Si te dicen que
caí y Ronda del Guinardó] te dedicas a recuperar tu
memoria, individual y coral, contra la obligada amnesia del vencido de
la guerra civil”. Así lo admite el autor, que no descarta sin
embargo la memoria como “material esencial” en el conjunto de todas sus
novelas. Afirma Marsé, “... la realidad me interesa poco, de
modo relativo. Tiendo a una realidad elaborada... no soy un reproductor
de historias; las creo yo. Adoro la verdad inventada”; y los elementos
que sostienen esa “verdad inventada” de Juan Marsé son la
memoria y la palabra, ambas imprescindibles.
La década de los noventa supone la consagración
definitiva del escritor barcelonés. En 1990 recibe el Ateneo de
Sevilla por El amante bilingüe; en 1994 le conceden por El embrujo
de Shangai el Premio de la Crítica y el Aristeion.
Pasarán siete años para que Marsé rompa su
silencio y publique, en el 2000, su última novela, que obtiene
el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa:
primer reconocimiento oficial que ha hecho justicia, aunque con
tardanza, a uno de los grandes novelistas de la literatura
española.
BIBLIOGRAFÍA
Novelas:
- Encerrados con un solo juguete (1961)
- Esta cara de la luna (1962)
- Últimas tardes con Teresa (1966)
- La oscura historia de la prima Montse (1970)
- Si te dicen que caí (1973)
- La muchacha de las bragas de oro (1978)
- Ronda del Guinardó (1984)
- Un día volveré (1982)
- Teniente Bravo (1986),
- Señoras y señores (1988),
- El amante bilingüe (1990)
- El embrujo de Shanghai (1993)
- Rabos de lagartija (2000)
- La gran desilusión (2004)
Relatos:
- La fuga de río Lobo (Destino, 1985)
- Teniente Bravo (Plaza & Janés, 1986)
Artículos periodísticos:
- Señoras y señores (Punch, 1975; Tusquets,1987)
- Confidencias de un chorizo (Planeta, 1977)
PREMIOS:
Encerrados con un solo juguete
- Finalista Premio Biblioteca Breve Seix Barral (desierto), 1960.
Últimas tardes con Teresa
- Premio Biblioteca Breve Seix Barral, 1965.
Si te dicen que caí
- Premio Internacional de Novela “México”, 1973.
La muchacha de las bragas de oro
- Premio Planeta, 1978.
Ronda del Guinardó
- Premio Ciudad de Barcelona, 1985.
El amante bilingüe
- Premio Ateneo de Sevilla, 1990.
El embrujo de Shanghai
- Premio de la Crítica, 1994.
- Premio Europa de Literatura (Aristeión), 1994
En 1959 recibió el Premio Sésamo de cuentos.
En 1997 es galardonado con el Premio Juan Rulfo.
En 1998 recibe el Premio Internacional Unión Latina.
En 2001 recibe el Premio de la Critica por “Rabos de Lagartija”
Para la presentación y posterior valoración de la obra
“El amante bilingüe”, nos serviremos de un extraordinario
artículo titulado “Desempeñar papeles y la
desmitificación cultural en “El amante bilingüe” (*1),
escrito por Stewart King, que defiende lo siguiente:
“La obra de Juan Marsé, uno de los novelistas españoles
más emblemáticos de la segunda mitad de este siglo,
destaca por su énfasis crítico en las cuestiones sociales
y culturales de la sociedad que describe, ofreciendo un punto de vista
a menudo irónico y cáustico, que contrasta con la imagen
establecida de la sociedad catalano-española. La crítica
que se encuentra en su obra es iconoclasta en el sentido de que pone en
entredicho las posturas ideológicas tanto de los dirigentes
conservadores de la sociedad –“Si te dicen que caí” (1976)– como
de los mandarines culturales y políticos de la izquierda
catalano-española – “Últimas tardes con Teresa” (1966).
Este estudio se centrará en la crítica que Marsé
hace de la política de renovación cultural en
Cataluña durante los años ochenta en su penúltimo
libro “El amante bilingüe” (1988). En particular, me
ceñiré al recurso de desempeñar papeles y de la
representación teatral que en “El amante bilingüe” emplea
para poner en juicio la construcción de las identidades catalana
y española.
“El amante bilingüe” es una novela desmitificadora en el sentido
que da Stacey Dolgin a ese término; es decir, trata de ‘mostrar
cómo una mitología social se ha enquistado en la
conciencia colectiva, haciendo posible que los intereses de la clase
burguesa [y de la clase dirigente] se perciban como el orden natural y
permanente del mundo’ (1). La novela desmitificadora se propone hacer
visibles los mitos sociales que mantienen el “statu quo” para que se
deconstruyan con el fin de destruirlos. “El amante bilingüe”
intenta conseguir este propósito en el campo de la identidad
cultural, tratando de deconstruir los mitos que constituyen
Cataluña.
Desde la “Renaixença” –el resurgimiento de la literatura y
cultura catalanas del siglo XIX–se suele tratar la identidad catalana
como una esencia, como ilustra la siguiente cita de Francesc Maspons y
Anglasell:
“La nació és una entitat natural; l’Estat una
concepció política. L’home, segons el seu desig, pot
canviar d’Estat, però és impotent per a canviar de
Nació; les seves característiques nacionals les té
per sobre la seva voluntat i, fins i tot, contra la seva voluntat;
canviarà d’Estat, però no canviarà d’ànima”
(2).
A la luz de esta cita podemos ver que se considera la identidad
nacional/cultural como algo inevitable, existente desde la noche de los
tiempos. Sin embargo, antropólogos, sociólogos y
críticos culturales actuales ponen en duda esta esencia. El
supuesto carácter catalán y ‘les formes de la vida
catalana’, título del famoso libro de Josep Ferrater Mora, no
son, en palabras de Joan Pujades y Dolors Comas d’Argemir, ‘accidentes
fortuitos en el azar biológico o psicológico, sino que
deben ser explicados a partir de las condiciones sociales e
históricas en que se desenvuelve el individuo, y no al
revés’ (3). El crítico literario, Joan-Lluís
Marfany, en su libro “La cultura del catalanisme”, muestra cómo
los catalanistas finiseculares articulaban su identidad cultural a
través de una serie de comportamientos o tradiciones inventadas
que simbolizan Cataluña y todo lo que se identifica con ella.
Estos actos incluyen la institucionalización de la “Diada de
Catalunya –l’onze de setembre–” en 1895 (4), la bandera de las cuatro
barras, “els Segadors”, sellos catalanes (que no servían para
nada aparte de dar la ilusión de un país normal y
soberano) (5), “l’excursionisme, el cant coral, la sardana”, y la
lengua (6). Todas estas manifestaciones servían a los
catalanistas para dramatizar el patrimonio cultural catalán.
Estas actividades, desde la celebración de la Diada cada once de
septiembre hasta la lengua, ofrecen un espectáculo de la
identidad catalana que une a los actores, es decir, a los catalanes, a
su supuesta esencia inmutable. Al igual que en el caso del patriota
irlandés en “A Portrait of the Artist as a Young Man” de James
Joyce, que exige a Stephen Dedalus que demuestre su patriotismo
irlandés hablando gaélico, para los catalanistas no
bastaba con ser catalán sino que hacía falta expresar la
catalanidad de cada uno (7). El blanco principal de Marsé en “El
amante bilingüe” es esta obsesión por demostrar la
catalanidad de cada uno.
Desempeñar papeles es el quid de “El amante bilingüe”: la
novela contiene muchas referencias al teatro y a la
representación. El lema –‘Lo esencial carnavalesco no es ponerse
careta, sino quitarse la cara’– que encabeza la primera parte del
relato avisa al lector de que no se fíe de las apariencias (8).
La infancia del protagonista, Marés, se situaba en el mundo del
teatro y del espectáculo que siempre hacía borrosa la
línea entre la realidad y su representación teatral. El
padre de Marés, el famoso Fu-Ching (‘en realidad Rafael
Amat’(pp.41-42)) era ilusionista; su madre, una cantante de
varietés, y desde una edad tierna Marés aprendió
muy bien la importancia de las apariencias y de asumir papeles, una
lección que le acompañaría durante toda la vida. A
los diez años, por ejemplo, Marés sabía
representar el papel de ‘charneguillo’ que quería el
señor Valentí (pp.128-129); a los catorce años
actuaba bajo el nombre artístico de ‘El Torero Enmascarado’ en
‘los cines Selecto y Moderno, que ofrecían espectáculo al
concluir la proyección de películas’ (pp.181-182); al
conocer a Norma, le dice que pertenece a un ‘colectivo teatral
catalán’ (p.16); como músico callejero representa papeles
diferentes a través de los rótulos que lleva, por
ejemplo, es un ‘pedigüeño charnego sin trabajo ofreciendo
en Catalunya un triste espectáculo tercermundista’ (p.22); es un
‘Fill natural de Pau Casals’ buscando ‘una oportunidad’ (p.22); un
‘Músico en el paro, reumático y murciano, abandonado por
su mujer’ (p.52); un ‘Músic català expulsado de TVE en
Madrid amb 12 fills i sense feina’ (p.173); es un ‘Ex secretario de
Pompeu Fabra, charnego y tuerto y sordomudo’ (p.191); y hacia el final
de la novela vuelve al nombre artístico de su infancia: ‘el
torero enmascarado’ (p.195). Además, Marés se conoce bajo
los nombres y personalidades de Juan/Joan Marés, Juan Tena
Amores y Juan Faneca en ocasiones diferentes.
“El amante bilingüe” más que cualquier otra novela marsiana
abunda en referencias culturales catalanas. De hecho, como escribe
Montserrat Roig en una entrevista que hizo a Juan Marsé, ‘si no
sabemos los orígenes de Juan Marsé, novelista
catalán en lengua castellana, . . . si no sabemos cómo es
su barrio y cómo fue el tiempo predilecto en la narrativa de
Marsé –la posguerra–, difícilmente vamos a entender sus
novelas; a comprenderlas’ (9). Sin estos conocimientos de la cultura
catalana es imposible penetrar las profundidades de la obra marsiana.
Si en los libros anteriores a “El amante bilingüe” es necesario el
conocimiento de la cultura catalana, para esta obra es imprescindible
porque Marsé mismo ha declarado que su propósito al
escribirlo era ‘divertirme poniendo en solfa la cuestión de la
normalización lingüística en Cataluña’, el
intento por parte del gobierno autónomo de hacer que el
catalán sea la lengua de uso mayoritario y en todos los
ámbitos de la sociedad catalana (10). Y, para conseguirlo, el
blanco principal de Marsé son los símbolos culturales
catalanes. En “El amante bilingüe” Marsé nos presenta una
sátira grotesca que de ninguna manera es un reflejo ‘real’ ni
intenta ser fiel a la situación lingüística en
Cataluña. La sátira de la obra funciona gracias al empleo
de tópicos sobre los catalanes y los ‘charnegos’ –los
inmigrantes de habla castellana– que son exagerados hasta la ridiculez.
La trama de la novela gira en torno a la figura de Juan Marés,
catalán de la clase obrera, abandonado por su mujer, Norma
–quien tiene una debilidad sexual por los inmigrantes pobres de otras
partes de España y quien pertenece a la clase alta catalana–
después de que Marés la encuentra en la cama con un
limpiabotas ‘charnego’. Tras su abandono, Marés comienza a
derrumbarse. Con su mundo en pleno desorden y aún enamorado de
Norma, Marés se disfraza de músico callejero y toca el
acordeón por las calles del barrio gótico de Barcelona
donde puede ver a su ex-mujer y echarle piropos obscenos sin que ella
le reconozca. Marés va perdiendo su juicio y su identidad poco a
poco, convirtiéndose en dos personas distintas: el
catalán Marés y el ‘murciano’ Juan Faneca, personaje de
su infancia en quien encuentra la manera de reconquistar a Norma.
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VALORACIÓN
Continuemos leyendo el artículo:
“En la figura del protagonista, Marsé dice que ‘quería
simbolizar . . . esa esquizofrenia cultural y lingüística
que sufre Barcelona, una ciudad bilingüe desde mucho antes del
franquismo’ (11). Los cambios en el nombre del protagonista –Juan/Joan
Marés y, más tarde, su álter ego, Juan Faneca–
representan esta esquizofrenia de la que habla Marsé. Pero la
figura de Marés/Faneca es mucho más que esto. En el
personaje de Marés la relación entre autor y obra se hace
borrosa. Marsé juega con el lector, invitándole a
identificar al protagonista con el autor a través de las
similitudes entre su edad –los dos nacieron en el año 1933– y
entre sus nombres Marsé/Marés y también con el
nombre del álter ego del protagonista, Juan Faneca, cuyo
apellido llevaba Marsé antes de cambiarlo al de sus padres
adoptivos (12). El efecto del cambio de nombres es circular como ya ha
explicado William Sherzer en su estudio sobre la obra: ‘Marsé se
convierte en Marés, quien se convierte en Faneca, quien es
Marsé’ (13). Se puede sostener que el personaje de
Marés/Faneca ha surgido de la dialéctica binaria que
divide rígidamente a los que viven en Cataluña en
catalanes y no catalanes, o ‘xarnegos’, palabra catalana despectiva
para describir a los inmigrantes que proceden del sur de España,
en concreto de Murcia y Andalucía. En contra de esta actitud,
Marés/Faneca es un intento por parte del autor de trastornar
esta dialéctica, intento que no consigue su fin. En la
caracterización de Marés/Faneca y en los otros
personajes, aunque, a menudo, estereotipados y grotescos, se encuentra
la crítica que hace Marsé de la dirección cultural
de Cataluña bajo el plan de la normalización
lingüística.
Marés es una figura enigmática y polifacética.
‘¿Tú quién eres en realidad, Marés?’ le
pregunta su amigo jorobado Serafín (p.90) sin lograr una
respuesta adecuada. Marés es muchas cosas para personas
distintas. Para los amigos de Norma es un ‘clásico braguetazo’
(p.100), y ‘un huérfano criado en un barrio pobre’ (p.101). Para
Faneca el ‘Juanito Marés . . . era un cuento chino, un camelo,
un personaje fabulozo inventado por un muchacho soñador de la
calle Verdi. Un delirio personal del propio Marés’ (p.178). Pero
es su ex mujer quien llega a formular una manera satisfactoria de
entender la identidad de su marido. Dice: ‘[nunca ha representado lo
que realmente es, ese hombre’ (p.105). La palabra clave aquí es
‘representar’ – Marés es nada más que una
representación exagerada de varios ‘tipos’ culturales. Como un
camaleón, Marés transforma su apariencia según las
circunstancias, lo que hace que su identidad sea cambiante,
difícil de precisar. Aunque Marés sea una
exageración grotesca, Marsé quiere que su protagonista
lleve al lector a cuestionarse los ‘actos’ culturales que cada uno
emplea para definirse.
La novela empieza con unos apuntes personales, escritos en primera
persona, de Juan Marés. El primer capítulo, titulado
‘Cuaderno 1 : EL DÍA QUE NORMA ME ABANDONÓ’, es
imprescindible para entender la narración principal en tercera
persona. Como explica el mismo Marés, estos apuntes existen
‘[p]ara guardar memoria de esa desdicha [el hecho de ser abandonado por
su mujer], para hurgar en una herida que aún no se ha cerrado’
(p.9). Según Adolfo Sotelo, ‘[l]os cuadernos son producto de la
memoria del protagonista, Joan Marés, que se convierte en autor
y narrador de unos elementos metafictivos . . . que tienen la cualidad
. . . de dar “la impresión de experiencia vivida, de absoluta
autenticidad, y disipar el recelo y la desconfianza del lector respecto
de la veracidad de la ficción novelesca”’ (14). Hasta cierto
punto, Sotelo tiene razón. Si bien es cierto que los cuadernos
dan un sentido de autenticidad al texto fictivo, un examen cuidadoso de
los apuntes de Marés revela que esta autenticidad es ilusoria,
variable y difícil de atar.
Los apuntes son un intento por parte de Marés de explicar a
Norma (y a sí mismo) quién es, al tiempo que su
personalidad va cayendo en pedazos como las losetas del edificio Walden
7 donde vive. La declaración de Norma sobre la incapacidad de
Marés de representar ‘lo que realmente es’ (p.105) y las
declaraciones propias de Marés en las que admite que él
mismo ha adoptado una identidad falsa (o no totalmente verdadera)
cuando le ha sido necesario (pp.16-17, pp.128-129), ponen en duda la
veracidad de sus memorias. Sencillamente, la crisis que provoca en
él el abandono de Norma, le lanza a un intento de proteger su
personalidad en pleno proceso de fragmentación, labor que
intenta a través de estos apuntes personales intercalados dentro
del discurso del narrador.
Marés, en el tercer cuaderno de sus apuntes personales, explica
que es catalán aunque sus amigos de infancia son ‘charnegos’
(p.128) (15). Sin embargo, Marés muestra una habilidad especial
para cambiar de identidades y moverse entre ellas, manipulando las
señas representativas. Por ejemplo, Marés escribe que, el
padre de Norma antes de que ella naciese, le tomó por ‘un
charneguillo de los muchos que entonces infectaban el barrio’ a causa
de su cabeza rapada, su aspecto desastrado y porque le oyó
maldecir en castellano, lengua en que se comunicaban él y sus
amigos (p.128). En cambio, con Norma su catalanidad se destaca. A
Marés, Norma le ofrece una forma de estabilizarse. Mientras
está con ella no aparece su identidad esquizofrénica en
el sentido popular de la palabra. En la siguiente escena Norma explica
a un grupo de amigos la primera vez que Marés y ella se besaron:
Fue en el parque Güell. Ya éramos novios. Estábamos
hablando del patriotismo de mis padres, de cómo me habían
educado en el amor a Cataluña y a la senyera, y de repente me
besó en la boca. Fue un beso larguísimo, y mientras
duró, sin despegar en ningún momento su boca de la
mía, me recitó el Cant espiritual de Maragall. Era capaz
de recitar las obras completas de mossèn Cinto mientras besaba.
(p.103)
La escena es una caricatura gratuita pero muestra que con Norma se
destacaba su aspecto catalán y que los demás aspectos de
su personalidad, sobre todo la parte castellanohablante de su infancia,
permanecían latentes. Norma le da cierto equilibrio y le
proporciona la manera de dejar atrás su identidad cultural
mezclada.
Norma, como Teresa de Últimas tardes con Teresa y como Susana en
el cuento ‘El fantasma del cine Roxy’, representa Cataluña (16).
Poseer a Norma significa poseer a Cataluña en su profundidad, es
decir, dentro del contexto de la novela, pertenecer a la
burguesía y tener los complementos que acompañan tal
posición, por ejemplo, la villa Valentí en los
sueños infantiles de Faneca (p.127). Al hacer de Cataluña
una mujer, Marsé utiliza un discurso europeo con una larga
historia (17). En tal discurso, la tierra es representada por una
mujer, cuya posesión significa poseer la tierra; en este caso,
Cataluña. El trabajo de Norma como sociolingüista en ‘la
Comisión que llevaba adelante el Plan de Normalización
Lingüística de Cataluña a cargo de la Generalitat’
(p.29) es el de estudiar los conflictos lingüísticos y
promover el uso del catalán (p.109). Además, su propio
nombre hace que el lector piense en la protagonista de un dibujo
animado diseñado por la Generalidad para enseñar
catalán a los no catalanohablantes (18). Así, Norma, como
la lengua catalana, es un puente, una forma de acceder plenamente a
Cataluña. El deseo de Marés de volver a acostarse con
ella es un deseo de recuperar su identidad, una identidad fragmentada
desde su abandono. Irónicamente, la única manera de
reestablecer su identidad es asumiendo otra opuesta a la que
inicialmente quería conseguir.
Pensando que lo tendría todo –es decir, Norma y como
consecuencia, Cataluña– siendo catalán, Marés no
puede entender la debilidad de Norma por los inmigrantes, ‘[c]harnegos
de todas clases. Taxistas, camareros, cantaores y tocaores de
uñas largas y ojos felinos. Murcianos que huelen a sobaco, a
sudor, a calcetín sucio y a vinazo’ (pp.11-12) y además
no puede competir con ellos. No obstante, sin Norma, Marés sufre
cambios en su identidad, mezclando a menudo las señas catalanas
con las españolas (o andaluzas). Un ejemplo de tal mezcla
aparece en los rótulos que lleva Marés mientras toca el
acordeón. En uno (p.173) está escrito:
MÚSIC CATALÀ EXPULSADO DE TVE EN MADRID AMB 12 FILLS I
SENSE FEINA
y en otras ocasiones, cuando llama a Norma a su despacho sólo
para escuchar su voz, desempeña papeles diferentes para que ella
no se entere de la identidad de su interlocutor. En una ocasión,
adoptando la identidad de Juan Tena Amores, le dice:
-Perdone la molestia. . . . Quería preguntarle un par de
cositas, ¿sabuzté? Verá, tengo un problemita de
escritura y me he dicho: voy a llamar a la Xeneralitá…
-Parli català, si us plau. En catalán, por favor.
-Lo parlo mu malamente, zeñora.
-Entonces procure hablar sin ese acento, porque no le entiendo.
(pp.62-63)
Diálogos como éste son típicos en la novela y,
aunque son una exageración enorme, sirven para enfatizar la
diferencia cultural entre los ciudadanos de Cataluña. La
conmutación de códigos en el texto, es decir, los cambios
entre el catalán de Norma, y el habla sureña de Juan Tena
Amores en el ejemplo anterior y, además, el castellano
estándar del narrador y de los personajes cultos, representa las
dos culturas. Emplear el símbolo más obvio de la cultura
–la lengua catalana o castellana– dentro del contexto de la novela
significa pertenecer a esta cultura. El uso de una u otra lengua
aquí significa asumir la identidad asociada con esta lengua. Sin
embargo, en el caso catalán, se consideran graves los fallos en
la actuación de tal papel, sobre todo, en la lengua. Y la
lealtad lingüística resulta ser muy importante. Por ejemplo
(p.22), uno de los rótulos que lleva Marés:
FILL NATURAL DE PAU CASALS BUSCA UNA OPORTUNIDAD
es criticado por un transeúnte por estar mal escrito: la
‘oportunidad’ en castellano choca con el catalán del resto del
rótulo. Además, el papel adoptado de hijo de Pau Casals
por Marés resulta aún más insuficiente para el
transeúnte cuando responde en castellano a pesar de que
éste le dirige una pregunta en catalán. El
transeúnte va alejándose y diciendo ‘Ésta
sí que es buena: ¿hijo de Pau Casals y no habla
catalán? ¡Vaya, vaya!’ (p.23). En otro ejemplo,
Marés, disfrazado de Faneca por vez primera, le pregunta a
Griselda, su vecina su opinión sobre la posibilidad de que ‘el
tenor Josep Carreras no sea considerado en el extranjero como una
gloria de España, sino como un catalán universal’. La
respuesta absurda de ella destaca cómicamente la importancia de
una lealtad lingüística que, según Marsé, es
exigida a los inmigrantes por cierto tipo de catalanes. Responde
Griselda:
Mi respuesta es sí. Y más aún. Lo que
deberían hacer el Carreras y la Caballé es cantar
ópera en catalán. ¿No doblan las películas
al catalán? Pues que doblen también las óperas.
(p.75)
En parte, Marsé refleja en esta cita su propia situación
puesto que la lealtad lingüística es un tema al que todos
los escritores de Cataluña tienen que enfrentarse, especialmente
el autor de El amante bilingüe por la importancia de la realidad
catalana en su obra. Montserrat Roig, en una entrevista con el autor
escribe que ‘Le he preguntado más de una vez por qué,
siendo catalán, no escribe en esa lengua’ (19). Tener que
responder a esa pregunta es una experiencia común para
Marsé y otros escritores catalanes en lengua castellana (20).
Esta división entre las culturas catalana y castellana (o
española) es el motor a través del que funciona el
mensaje de la obra. Marsé muestra dos culturas en conflicto y
simultáneamente destaca ese conflicto al borrar las fronteras
entre las culturas con el desdoblamiento del protagonista
Marés/Faneca.
La figura de Faneca, amigo de la infancia de Marés, surge de su
imaginación mientras sufre los efectos de una borrachera,
ofreciéndose a Marés como manera de reconquistar a Norma.
Sabiendo la debilidad de ésta por los inmigrantes, Marés
poco a poco adopta la identidad del granadino. Al principio,
Marés es consciente de la adopción de la identidad del
otro, pero con el tiempo no puede controlarla. En su primera
actuación como Faneca en casa de Griselda, Marés nota que
su vecina no le reconoce y que además le encuentra atractivo
(p.77) pero más tarde ‘se sentía atraído hacia
ella por una fuerza extraña. Presentía confusamente que
su papel era usurpado, que el que avanzaba hacia la señora
Griselda era otro’ (p.79) y aquel otro era Faneca. Al final, la figura
de Faneca se separa de Marés y le trata como persona ajena,
hasta tal punto que tiene que dejarle una nota para comunicarse con
él en lugar de la conversación habitual que
mantenían (p.176).
Marés, disfrazado de Faneca, consigue interesar a Norma,
ofreciéndole los apuntes personales de Marés – los
capítulos uno y tres de la primera parte y el capítulo
siete de la segunda. Norma queda fascinada por el papel de ‘charnego de
ley’ que Marés desempeña sin que ella se dé cuenta
de quién es. Este interés le lleva a acostarse con
Faneca, quien, después del acto, pierde totalmente su
interés por ella y, de hecho, no llega a entender por qué
ha ocurrido (p.213). Al acostarse con Norma, parece que la figura de
Faneca ha tomado posesión entera de Marés: ‘nada o casi
nada quedaba en ella [su conciencia] del repudiado marido de Norma’
(p.211). Y, en cambio, Faneca proyecta la personalidad de Marés
en un viejo borracho que anda por el barrio (pp.203-205 y pp.213-214).
Además, la transformación de Marés en Faneca
conlleva un cambio geográfico. Marés/Faneca abandona el
barrio gótico y a sus amigos Cuxot y Serafín para volver
a su antiguo barrio en lo alto de la calle Verdi, hospedándose
en la Pensión Ynes, donde pasa el tiempo explicando el argumento
de las películas de la televisión a una chica ciega,
Carmen, nieta de la dueña, la señora Lola. Las escenas
donde Faneca se convierte en los ojos de Carmen son las más
logradas de la novela, sobre todo en el capítulo doce de la
segunda parte en el que Carmen explica que se le están olvidando
los colores. Dialogan:
Sé que el mar es azul y el árbol es verde y la sangre es
roja [comienza ella], pero esos colores ya casi no los recuerdo… A
veces me confundo y me imagino el mar de color negro. Y es horrible
–Bueno, qué más da –dijo Faneca queriendo animarla–.
Figúrate una paloma de color rosa. ¡Qué bonita!…
–Dentro de poco olvidaré el color de las flores. –Pensativa,
añadió–: Olvidaré el arco iris, señor
Faneca.
Él la miró con tristeza, pero reaccionó en seguida:
–Bien, en tal caso también olvidarás la sangre y las
banderas… No hay mal que por bien no venga, niña.
–Estoy empezando a olvidar las caras de las personas –dijo Carmen–. Eso
es lo más terrible. Apenas me acuerdo de la cara de mi abuela.
Pasan los años y las facciones de la gente que he conocido se
borran de mi memoria… (p.188)
Faneca muestra aquí una sensibilidad de la que parecía
carecer, por ejemplo, cuando se aprovechó de la soledad de
Griselda (pp.81-83). Con todo, estas escenas tienen poco que ver con la
trama de la novela. El tono serio y triste de esta conversación
choca con la sátira grotesca que impregna el resto de la
narración.
Se puede entender la figura de Carmen como la antítesis de Norma
y la decisión de Faneca de quedarse en la pensión como el
fin del proceso en el que Faneca poco a poco ha ido reemplazando a
Marés; sin embargo, al igual que Marés no ha podido negar
los aspectos ‘castellanos’ de su personalidad, Faneca no puede
erradicar totalmente lo catalán de Marés. El relato acaba
con Marés/Faneca, disfrazado del Torero Enmascarado, tocando el
acordeón delante de la Sagrada Familia, el símbolo
más conocido y representativo de Barcelona y cuya fachada nueva,
como la del protagonista, es un sitio de debate y conflicto. Mientras
toca sardanas y canciones populares catalanas, un transeúnte le
pregunta ‘De què se’n fot vostè?’ y Marés le
responde:
-Pué mirizté, en pimé ugá me’n fotu e menda
yaluego de to y de toos i així finson vostè vulgui poque
nozotro lo mataore catalane volem toro catalane, digo, que menda
s’integra en la Gran Encisera hata onde le dejan y hago con mi jeta lo
que buenamente puedo, ora con la barretina ora con la montera, o zea
que a mí me guta el mestizaje, zeñó, la barreja y
el combinao, en fin, s’acabat l’explicació i el bròquil,
echusté una moneíta, joé, no sigui tan garrapo ni
tan roñica, una pezetita, cony, azí me guta, rumbozo,
vaya uzté con Dió i passiu-ho bé, senyor… (p.220)
En estas líneas vemos una serie de oposiciones como las que
aparecen a través de toda la obra pero que aquí son
más intensas, se mezclan más y resultan todavía
más irónicas. Por ejemplo, debido al poco prestigio que
tienen las corridas de toros en Cataluña, aparte del que tiene
entre los inmigrantes, la frase ‘nozotro los mataore catalane volem
toro catalane’ parodia el nacionalismo que yace en la política
promovida por la Generalidad de recatalanizarlo todo. La
aparición de símbolos nacionales de carácter
popular, tanto catalanes como castellanos (o españoles), tales
como la ‘barretina’ y la ‘montera’ junto a los términos
catalanes y castellanos ‘barreja’ y ‘combinao’ no representa una
reivindicación de una nueva identidad híbrida como
sugiere Sherzer (21), sino la imposibilidad de superar identidades
opuestas y basadas en los tópicos y las caricaturas. La
intensidad en la conmutación de códigos en esta
última escena responde a un deseo de trastornar la sensibilidad
de los que mantienen fronteras rígidas entre las culturas
catalana y castellana o española de Cataluña.
La última frase del libro ‘vaya uzté con Dió i
passi-ho bé, senyor…’(p.220) es significativa porque se puede
ver que está dirigida no tan sólo al transeúnte
del texto sino también, de una manera satírica, al mismo
lector. Las dos lenguas dirigidas a un lector, a su vez, nos hacen
pensar en las contradicciones o, mejor dicho, partes enigmáticas
del libro. Por ejemplo, según la actitud catalanista,
Marsé pertenece a la tradición española por
escribir en castellano, pero el libro cuenta una realidad, a la vez tan
barcelonesa y tan catalana, que no se podría haber descrito sin
la presencia de estos dos idiomas. Dentro de este contexto, tenemos que
preguntarnos a quién está dirigida la obra. Está
escrita principalmente en castellano pero, ¿eso quiere decir que
el libro está dirigido sólo a un público
castellanohablante? Respecto a esta cuestión, el papel del
narrador es importante. De la misma manera que el personaje Francesc
Vallverdú, del cuento ‘Noches de Bocaccio’ de la
colección Teniente bravo, nota que otro personaje ‘se refiere a
nuestra cultura como a una cultura extranjera: esto le delataba como
murciano que es’ (22), podemos ver que la actitud del narrador hacia
Faneca refleja la de una persona que no pertenece a la misma cultura
del granadino. Por ejemplo, el narrador lo describe muchas veces como
‘murciano’ (23) –‘(murciano como denominación gremial, no
geográfica: otra rareza de los catalanes)’(24)– al igual que
Víctor Valentí describe al niño Marés como
‘mi tarántula murciana’ (p.131) y de la misma manera que Jordi
Valls Verdú hace con Faneca (206). Todas son actitudes
chovinistas muy catalanas. Además, como los críticos
reconocen, para llegar a entender bien el libro, el lector requiere un
conocimiento del catalán y de la situación catalana.
Puesto que la aparición del catalán en el texto no va
acompañada de notas a pie de página que expliquen o
traduzcan el catalán del texto como ocurre, por ejemplo, en la
serie Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán (25),
¿significa esto que la novela fue escrita para el público
catalán o para un público del área
lingüística catalana? Preguntado esto, es significativo que
el libro ganara el ‘Premio Ateneo de Sevilla’ de 1990, lo cual quiere
decir que el libro resuena más allá de las fronteras del
área lingüística catalana. Estas ambigüedades
sirven para que la estructura del libro refleje su contenido; es decir,
que la novela juega con su propia identidad cultural de la misma manera
que juega Marés/Faneca. Sin duda, la obra es un producto de la
cultura catalana, pero no de la cultura monolingüe representada en
el libro por el amante catalán de Norma, Jordi Valls
Verdú; es el producto de una cultura catalana
heterogénea, o quizá sería mejor describirlo como
un producto de culturas catalanas.
El amante bilingüe intenta poner en duda la noción de una
esencia integral de la cultura catalana al exponer los mitos que
constituyen la identidad catalana. Al mostrar los aspectos teatrales de
la cultura catalana, el texto ofrece una visión alternativa de
la construcción de identidades. Patricia Waugh, en su libro
Metafiction : The Theory and Practice of Self-Conscious Fiction,
escribe que ‘Si, como individuos, ocupamos “papeles” en lugar de
“identidades”, entonces el estudio de personajes en las novelas puede
ofrecer un modelo útil para entender la construcción de
la subjetividad en el mundo más allá de las novelas’
(26). De una manera similar, en El amante bilingüe se pretende que
el lector cuestione los mitos que constituyen su propio ser y la manera
en que desempeña papeles. Si consigue su fin depende de la
habilidad del lector de ver más allá de la
exageración y de reconocer que la identidad cultural catalana es
poco más que unos ‘actos’ representativos de ésta”.
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INTERVENCIONES
Jon
Rosáenz:
El libro supone un ejercicio claro de desmitificación de las
culturas, en este caso circunscrito a las relaciones seculares entre
dos o más culturas en el ámbito de la Barcelona de la
posguerra civil española, relaciones que se pretendían
regular por medio de una ley de normalización
lingüística promovida por la Generalitát de
Cataluña, a la que Marsé hace frente con esta osada
propuesta literaria. Como afirman Marta Arana y Carolina Castillo en un
artículo titulado “Identidades, parodia y carnavalización
en EL AMANTE BILINGÜE” (*2), Marsé quiere “simbolizar esa
esquizofrenia cultural y lingüística que sufre Barcelona,
una ciudad bilingüe desde mucho antes del franquismo”.
Precisamente el acierto del libro reside en el planteamiento de las
identidades culturales, no como realidades naturales inherentes a los
individuos de un espectro socio-cultural determinado, sino como la
plasmación de la idiosincrasia, creencias, lengua,
cosmovisión y costumbres de una clase socio-política
(generalmente la dominante) en el acerbo identitario individual, que
conforma sujetos culturales distintos pretendidamente diferentes en
cuanto agentes socio-políticos y actores culturales. La
desmitificación cultural consiste en la revelación de
todo individuo humano como sujeto de los mismos derechos, en cuanto ser
humano, y en el desenmascaramiento de lo que se ha dado en llamar
“identidad cultural”, como algo única y exclusivamente
prefigurado, arbitrario y contingente. Se lleva a efecto por medio de
una disección de los estados identitarios que vive el
protagonista en la metamorfosis que experimenta durante el proceso de
búsqueda de su auténtica identidad, proceso que concluye
con el reencuentro de Joan Marés y Juan Faneca con el
pequeño Juanito Marés, esto es, con la autenticidad de la
inocente infancia.
Carlos Fernández:
El amante bilingüe esconde tras el disfraz de un simbolismo
refulgente una ácida crítica social, que está
presente en toda la obra. Así, Juan Marés (o Juan Faneca)
y Norma Valentí representan dos mundos distintos conviviendo, no
sin tensión, en el mismo espacio. Cada uno de estos dos mundos
está constituido respectivamente por charnegos pobres y
catalanes ricos, y en esa convivencia la lengua sirve para remarcar la
diferencia de clase. En el libro son continuas las referencias
simbólicas. Bajo una apariencia de crudo realismo, a partir de
cierto momento, no se sabe qué es verdad y qué no. Ya en
la primera página, Marés explica: “Para guardar memoria
de esta desdicha, para hurgar en una herida que aún no se ha
cerrado, voy a transcribir en este cuaderno lo ocurrido aquella tarde.”
Ese cuaderno es en realidad el propio libro, cuyo primer
capítulo comienza “Cuaderno 1/El día que norma me
abandonó”, y al que le siguen otros dos cuadernos (Cuaderno 2/Fu
Ching, el gran ilusionista, y cuaderno 3/El pez de oro). Estos tres
cuadernos serán los que Juan Faneca entregue a Norma
Valentí, y de los que ésta opina, aludiendo a las
circunstancias que en ellos se relatan: “...tienen bastante gracia,
pero dudo que sean ciertas”. Indudablemente, los espejos juegan el
principal papel simbólico en la novela. Incluso la dedicatoria
(Para Berta. Y para mis otros padres y mi otra hermana, al otro lado
del espejo) parecen confirmarlo. La recurrencia a la imagen del espejo
es constante: en la primera página (“Recuerdo que al abrir la
puerta del dormitorio, lo primero que ví fue a mi mismo abriendo
la puerta del dormitorio; todavía hoy, diez años
después de lo ocurrido, cuando ya no soy más que una
sombra del que fui, cada vez que entro desprevenido en ese dormitorio,
el espejo del armario me devuelve puntualmente aquella trémula
imagen de la desolación.”), sigue cuando comienza su
transformación en Juan Faneca después del incidente con
su vecina (“Frente al espejo del lavabo, Marés observó la
lentilla verde detenidamente.”, pág. 70), cuando toma prestado
el disfraz de limpiabotas de Serafín (“...sin dejar de mirarse
en la pared, empuñó el asa de la caja de betún que
le aguardaba en la sombra. ¡Limpia! ¡Limpia!,
anunció emboscado en el espejo imaginario con la ronca voz de
Serafín”, pág. 93), cuando se transforma definitivamente
en Faneca (“Se sentó a la mesa y durante un buen rato
estudió su cara reflejada en el espejo...”, pág. 141) y
definitivamente cuando Faneca explica a Norma su caída en la
mendicidad: (“Ni él mismo sabe explicarlo. Dice que una
mañana, después de levantarse de la cama, en Walden 7, se
miraba en el espejo del cuarto de baño, y que el espejo lo
atrapó. Eso dice él. Que no podía escapar de
allí, del espejo, por más que intentara mover las
piernas: como si las tuviera atornillás al piso, oiga. Y dice
que estuvo allí mirándose dos horas y media, y que
después se vistió con ropas viejas y se puso un par de
zapatos destrozados, ...”, pág. 179-180). (*3) Otras referencias
simbólicas a considerar serían: la primera metamorfosis
del protagonista (a partir del atentado de un grupo nacionalista), la
doble acepción del nombre de su esposa Norma (Regla que se debe
seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades,
etc./ Conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso
considerado correcto/ Variante lingüística que se considera
preferible por ser más culta. – Diccionario de la RAE), el
regreso a la infancia (volviendo a la pensión Ynés y
recuperando el personaje de “el torero enmascarado”) e incluso el papel
del edificio Walden 7 (del que Marta Arana y Carolina Castillo (*3)
dirán: “Las rajaduras y resquebrajamientos que la fachada del
Walden irá sufriendo paulatinamente, a partir de los años
siguientes a su inauguración, se relacionan con el proceso de
desmoronamiento que padece el personaje de Marsé, luego del
abandono de Norma.” )
Emilio Hidalgo:
Es un libro divertido, en el que más que la propia historia que
se narra (la transformación de un hombre arruinado
identitariamente, a consecuencia de la traumática
constatación de la infidelidad de su esposa), historia que es
una mera excusa para desplegar una galería de personajes de toda
laia lo que importa es principalmente el tratamiento que de
éstos realiza. Son Personajes solitarios, indigentes en muchos
casos, abandonados por la suerte; algunos, rocambolescos; otros,
histriónicos; y todos, perfectamente caracterizados. Destaca
sobre todos el protagonista, Joan Marés/Juan Faneca, que
vivencia una experiencia amorosa de tinte obsesivo-paranoide, al igual
que Rydlei en “La conjura de los necios”, que le conduce a una debacle
identitaria, a una existencia al pairo que deja al descubierto la
inconsistencia de su status personal, así como la aleatoriedad
de la transformación de personalidad que se propone efectuar.
Por esta razón, puede resultar extraño, cuando no
contradictorio, que por un lado Juan Faneca repudie, incluso ningunee o
mate a Joan Marés, y por otro reconozca que “si te conviertes en
otro sin dejar de ser tú, ya nunca te sentirás solo”.
Aunque, quién sabe, quizá todo ello no sea más que
un síntoma de la naturaleza esquizofrénica misma de que
adolece este personaje, quien en un arrobo de nostalgia acaba
refugiándose en el altar de su infancia, a través de la
figura de un torero enmascarado, refugiándose en “el espejo que
toda soledad inventa”, espejo en el que se reflejan recuerdos
estáticos, fotografías de instantes pretéritos y
fogonazos de sentimientos ya vividos. Todos los hechos se producen en
la ciudad de Barcelona, la otra estrella protagonista de la obra,
callada y expectante, ciudad que Marsé describe de manera
magistral, sin ostentaciones ni excesos de adjetivación, de
forma concisa, presentándola al lector en sus colores, aromas y
sonidos, ciudad en la que se dirime una lucha incruenta de culturas,
ideologías y clases sociales, que el autor acerca a los lectores
de manera maniquea, presentando a unos (la burguesía catalana,
mayormente nacionalista) como románticos, elitistas,
senófobos y utópicos, y a otros (Charnegos y no
nacionalistas catalanes) como marginados y sufridores de un injusto
arbitrarismo socio-político, económico y cultural.
Joseba Molinero:
El libro es el testimonio de una época y, en cuanto tal, recoge
una crítica social, política y cultural, formulada desde
la perspectiva de las vivencias personales del autor. No obstante, a
pesar de que esta componente de crítica adquiere gran
importancia en la obra, lo más destacado de la misma es su
carácter literario. Al respecto, en primer lugar, el lector se
encuentra ante una historia cuanto menos sorprendente, cuyo contenido
se despliega en los actos de una función teatral
lúdico-trágico-cómica en la que el protagonista ha
de dirimir sus contradicciones identitarias, y se concreta en un
entramado de pasos de lo que podríamos denominar el baile de los
espejos, baile de escenificaciones, apariencias e identidades
proyectadas en el azogue de la coyuntura socio-política y
cultural. El actor principal o bailarín mayor es el
poliidentitario y polirreflectante Joan Marés/Juanito
Marés/JuanFaneca, quien interpreta a la perfección la
mascarada de los papeles existenciales predeterminados y los roles
sociales establecidos que le han tocado en suerte, y ejecuta la danza
de las imágenes estereotipo y las apariencias, haciendo
funambulismo en los límites imaginarios de la realidad objetiva
y la realidad refulgente de los espejos en que constantemente se mira.
En la mascarada comienza siendo Joan Marés, infante
catalán de cuna; luego se convierte en Juanito Marés, un
charnego al uso, como consecuencia de su relación con los
niños charnegos del barrio; después se transforma de
nuevo en Joan Marés, un catalán de pro, gracias a su
matrimonio con Norma; y finalmente deviene en Juan Faneca, un vagabundo
apátrida que toca el acordeón e interpreta
indistintamente piezas de Pau Casal, Edith Piaf o paso dobles, y que
acaba reencontrándose a sí mismo en la identidad de
Juanito Marés, el niño charnego. De igual manera, en la
danza de las apariencias, cada uno parece ser lo que aparenta, esto es,
la imagen que proyecta de su esencia identitaria al espejo social
conformado por los otros individuos humanos, tan aparentes como uno
mismo. Así, uno es charnego, porque habla castellano y luce tez
bruñida, pelo negro y rizado, patillas pobladas y estilo
flamencón; es vagabundo, porque presenta un aspecto sucio,
desaliñado y desgarbado, con la cara quemada, un parche en el
ojo y joroba, y además toca el acordeón en la esquina de
cualquier calle; o es catalán, porque habla en esta lengua y
responde a las características de individuo de piel blanca,
rubicundo, educado y con porte elegante, vestido a la última
moda, y se muestra como el valedor de las buenas costumbres y el adalid
de la tradición auténtica y genuina catalana. Sin
embargo, tanto en la mascarada como en el baile de los espejos, nada ni
nadie es lo que parece ser. En un caso, porque la identidad individual
verdadera se oculta indefectiblemente en el reverso de la propia
máscara; y en el otro, porque la imagen de la esencia
identitaria del individuo proyectada al espejo social revierte a su
mirada en la representación de justamente lo contrario a esa
imagen.
Y en segundo Marsé en el tratamiento de estructuras narrativas
complejas, a las que dota de una apariencia de extrema sencillez
formal, como en esta ocasión, que alterna el realismo social y
el lenguaje simbólico con la sátira y el esperpento, al
más puro estilo valleinclanesco, y combina la narración
en primera y tercera persona, además de construir los personajes
de un modo tan preciso y adecuado a las situaciones que se plantean,
que incluso el más ridículo y esperpéntico parece
absolutamente creíble. El simbolismo planea a lo largo de toda
la obra. Así, por ejemplo, a través del uso de las
parejas de palabras, en un insólito baile de los espejos en el
que participan los adjetivos, las acciones, las descripciones y los
detalles (“el día de melancolía y añoranza, para
animar una cara sin arrugas y sin pasado, se pegaba un bigote postizo
rubiales y distinguido. Tenía Marés los pómulos
altos y rapiñosos”… “Cerca del mediodía comenzó a
tocar melodías de Edith Piaf y su tristeza se remansó, se
conformó con algunas furtivas sombras tambaleantes que poblaban
las ramblas y su memoria. Con la cabeza recostada sobre el
acordeón y los ojos cerrados, interpretó C’est à
Hambourg, evocando las sirenas de los buques y la bruma en los muelles
envolviendo a la melancólica prostituta que llama a los
marineros apoyada en una farola, y esa evocación portuaria y
canalla le trajo el punzante recuerdo de su ex mujer, Norma
Valenti,....” (p.24) (*4) Y tampoco resulta ajeno al simbolismo el
hecho de que cada estadio que el protagonista supera en la
búsqueda de su identidad esté cimentado en la
relación que éste mantiene con una mujer determinada.
Curiosamente son tres las mujeres en cuestión: norma, Griselda y
Carmen. Y, cosas de la simbología, estos tres nombres coinciden
con las protagonistas de otras tantas óperas famosas: “Norma” de
Vincenzo Bellini, “Griselda” de Alessandro Scarlatti y “Carmen” de
Georges Biset. Y no sólo eso, la caracterización
física y psicológica y la función que cada una
representa en su respectiva obra se ajusta plenamente a los
parámetros descriptivos y funcionales que Marsé ha
prefigurado para las tres protagonistas de su novela.
Miguel San José:
En efecto, Marsé pone de manifiesto que conoce a la
perfección la psicología femenina, su “modus operandi” en
el entorno social y las estrategias de comportamiento en el
ámbito de las relaciones humanas. Distingue tres tipos de
mujeres: La primera, representada por Norma, es esa persona ambiciosa,
carente de escrúpulos, que busca la buena situación
social, ambiciona un status, prima la seguridad económica sobre
otras consideraciones personales, anhela el poder y usa a los hombres
conforme a sus fantasías sexuales e intereses de clase;
así, Marés le resulta un tipo interesante, con
proyección social y un futuro político prometedor; pero
cuando Norma comprueba que no es más que un parásito
social le abandona y busca el amparo afectivo del jefe de su
Departamento, un individuo miserable, aunque poderoso. Y del mismo modo
procede a la hora de satisfacer sus sueños eróticos; si
bien en esta ocasión anhela lo exótico y pintoresco, que
al caso son los charnegos, sementales de negros rizos y ojos verdes, a
quienes utiliza como objetos sexuales. La segunda clase de mujer,
representada por Griselda, es la que está desesperada de la
vida, no tiene ilusiones ni perspectivas de futuro, se siente
postergada a la mediocridad y sufre en silencio la fatalidad de una
realidad social que funciona por medio de clichés de imagen y
cánones de belleza en los que ella no tiene cabida
(¿qué expectativas puede tener una taquillera de un cine
de barrio, obesa y amargada de su situación?) Las mujeres como
Griselda, humildes y resignadas, sólo esperan de los hombres un
poco de atención, y cuando alguien se la da, le devuelven ciento
por uno en cariño sincero y desinteresado. Estas mujeres son
injustamente mal consideradas por los hombres, que en su estupidez las
infravaloran cuando no las desprecian. Y el tercer tipo de mujer es el
que representa Carmen. Es la mujer enamorada, esa que se entrega por
completo al hombre que ama. Marsé la presenta ciega, porque el
amor de mujer, el verdadero y ciertamente insólito amor de
mujer, no considera el aspecto físico del hombre, la edad o
cualquier otro signo exterior que lo caracterice. . Carmen es la
única mujer que percibe, conoce, al Marés/Faneca real.
Sus disfraces y trapacerías no le sirven de nada, y por tanto se
muestra ante ella tal y como es: devoto, paciente, caballeroso y
seguro. Carmen necesita a Marés/Faneca para que le cuente las
películas que ella no puede ver y para que le interprete la
realidad, y éste no puede hacer otra cosa que caer rendido ante
el amor de la mujer.
REFERENCIAS:
*1 Este artículo ha sido publicado previamente en JILAS ~
Journal of Iberian and Latin American Studies 5, 1, 1999, pp.73-85.
Página web: http://www.auckland.ac.nz/eur/spanish/ailasa.html
© Stewart King 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad
Complutense de Madrid
El URL de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero12/j_marse.html
Notas
1. Stacey Dolgin, La novela desmitificadora española
(1961-1982), Barcelona: Anthropos, 1991, p.11.
2. F[rancesc] Maspons y Anglasell, Tornant de Ginebra. Impressions
sobre la crisi de les llibertats nacionals, Barcelona: Llibereria
Catalonia, 1929, p.27.
3. Joan J.Pujadas & Dolors Comas d’Argemir, ‘Catalunya y la
nacionalidad catalana’, Documentación social 45, 1981, p.174.
4. Joan-Lluis Marfany, La cultura del catalanisme. El nacionalisme
català en els seus inicis, Barcelona: Empúries, 1995,
p.193.
5. Marfany, Cultura, pp.245-250.
6. Marfany, Cultura, capítulo VIII: ‘El que feien (2): Inventant
tradicions’, pp.293-352.
7. James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man, Londres:
Paladin, 1988, p.206.
8. Juan Marsé, El amante bilingüe, Barcelona: Planeta,
1993, p.7. En adelante todas las referencias a este texto
aparecerán entre paréntesis en el texto mismo.
9. Montserrat Roig, Los hechiceros de la palabra, Barcelona:
Martínez Roca, 1975, p.85.
10. Agustín Gutiérrez Pérez, ‘Juan Marsé:
\"siempre he querido ser un francotirador\"’, Ajoblanco: Especial
literatura, Extra 2, Invierno, 1995, p.36. Para información
sobre la política de la normalización
lingüística ver Jude Webber y Miquel Strubell i Trueta, The
Catalan Language: Progress towards Normalisation, Sheffield, The
Anglo-Catalan Society, 1991; y Kathryn A. Woolard, Double Talk:
Bilingualism and the Politics of Identity in Catalonia, Stanford, CA,
Stanford University Press, 1989.
11. Gutiérrez Pérez, ‘Juan Marsé’, p.37.
12. En una entrevista que le hizo Montserrat Roig, Marsé dice
que ‘Cuando fui a hacer la mili hubo el lío padre porque
resultaba que yo me llamaba en realidad Faneca Roca, nombre que nunca
había usado. Cuando regresé me hice cambiar el nombre. .
.’. Roig, Los hechiceros, pp.85-86.
13. William Sherzer, ‘Juan Marsé’s El amante bilingüe:
Looking Backward’, Letras peninsulares 7, 2-3, 1994-95, pp.407. La
traducción es mía.
14. Adolfo Sotelo, ‘Juan Marsé: \"Fu-Ching, el gran
ilusionista\", de El amante bilingüe’, en Rosa Navarro (ed),
Comentario literaro de textos, Barcelona: Universitat de Barcelona,
1994, p.206.
15. Un cuento largo en Teniente bravo trata profundamente el tema de la
infancia de Marés, Faneca y otros amigos. Ver ‘Historia de
detectives’, en Juan Marsé, Teniente bravo, Barcelona: Seix
Barral, 1987.
16. En una visita a la playa Manolo, el pijoaparte, piensa en Teresa:
‘la perderé, no puede ser, no es para mí, la
perderé antes de que me deis tiempo a ser un catalán como
vosotros,... ’. Ver Juan Marsé, Últimas tardes con
Teresa, Barcelona: Seix Barral, 1977, p.197. Y en ‘El fantasma del cine
Roxy’ un escritor viejo cuenta a un director joven que ‘Decía
que lo que vamos a contar en realidad es una historia de
amor-no-correspondido muy frecuente en Cataluña: el amor callado
del charnego desarraigado y analfabeto hacia una tierra-mujer-cultura
oprimida, simbolizada en Susana y en su humilde
librería-papelería con libros prohibidos’. Ver
Marsé, Teniente, pp.41-109. La cita aparece en la página
67.
>Ver Louis Montrose, ‘The Work of Gender in the Discourse of
Discovery’, Representations 33, 1991, pp.1-41.
17. Vicente Aranda, en la versión cinematográfica de la
novela, hace la asociación entre Norma y la protagonista del
dibujo animado aún más obvia. Al principio de la
secuencia dos, el espectador ve en el televisor encendido
‘imágenes de Norma, el muñequito que enseña a
pronunciar bien el catalán’. Vicente Aranda, El amante
bilingüe (adaptación de la novela de Juan Marsé),
Madrid: Alma-Plot, 1993, p.18.
18. Roig, Los hechiceros, pp.89-90.
19. En el caso de Marsé ver Marie-Lise Gazarian Gautier,
Interviews with Spanish Writers, Elmwood Park, IL: Dalkey Archive
Press, 1991, pp.165-174. Eduardo Mendoza y Juan Goytisolo tratan el
tema en Soledad Alameda, ‘El debate bilingüe: entrevista con
Eduardo Mendoza’, El País Semanal 143, 1993, pp.62-72 y Coto
vedado, Barcelona: Seix Barral, 1985, pp.35-39 respectivamente.
20. Sherzer, ‘Looking Backward’, p.412.
21. Marsé, Teniente, p.183.
22. Ver, por ejemplo, páginas 210-211.
23. Juan Marsé, Últimas tardes, p.16.
24. En los libros del serie Carvalho abundan notas a pie de
página que traducen o, cuando no haya traducción,
explican frases catalanas. Por ejemplo, ver Manuel Vázquez
Montalbán, Los pájaros de Bangkok, Barcelona: Planeta,
1983, pp.14, 18, 20, 23-24, 43-44, 52, 90, 106, 118, 230.
25. Patricia Waugh, Metafiction : The Theory and Practice of
Self-Conscious Fiction, Londres: Routledge, 1995, p.3. La
traducción es mía.
*2 .Marta Arana y Carolina Castillo 2003. Espéculo .Revista de
estudios literarios. Universidad Complutense . Madrid.
El URC es http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/amante.html.
*3. Marsé, Juan. El amante bilingüe. Planeta. Booket.
Barcelona. 2006.
*4. Ver *3
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