la  buhardilla

 


 

Este texto entró en La Buhardilla el 26 de octubre de 2004



MUERTE DE UN SEMIDIOS


De Matías Uvero, el hombre de Jerez que murió inexplicablemente va a hacer hoy veintinueve años, no puede decirse que bebiera.
—Allí: de ésa.
Desclavaba despacio los ojos del suelo, miraba un instante a la bota sin señalarla, con aquella acuosa mirada sin fondo, y El Tili, Jeromo o Marianito ya entendía cuál era de entre tantas. En seguida, Matías se llevaba a los labios la copa recién llegada. Pero no estaba propiamente bebiendo, sino reponiendo o trasegando: incorporándose —algo de lo que era ya su misma sustancia—. El vino se integraba al momento, se repartía por todo su gran cuerpo blando, que era como una cuba especial y viviente entre las de la bodega, barril con piel en lugar de duelas y carne en vez de madera de roble. Volumen, quietud, contenido y emanación de Matías, se identificaban con los de los toneles que, durante su vida entera, habían compuesto su paisaje laboral.
Emperador del panzudo, inmóvil ejército de las botas, Gran Lama en el espirituoso Tíbet del vino y los licores, la materia y el ser del viejo conocedor hacía tiempo ya que no pertenecían de lleno al mundo de los hombres: ochenta años de bodega y más de cien kilos o litros en una estatura no muy alta, pueden mucho. Demasiado. Sin duda, la añeja afirmación de que el oficio destiñe sobre la persona que lo ejecuta, se había quedado corta para Matías, que no le parecía ya a muchos un personaje de las bodegas, sino como un fragmento material de ellas.
La panza henchida, bajo la eterna pana negra, era la de una de las cubetas de trasiego; los contados movimientos del hombre en su salón, parecían marcar el lentísimo pulso del tiempo que se espesa bajo las naves y telarañas bodegueras; el reflejo de los ojos, glaucos y opacos de cataratas, guardaba un algo de las masas líquidas ambarinas que apenas se entrevén por los agujeros de los toneles y, a veces, lo avivaba fugazmente un claror también quieto tal el de los rayos solares que catedralizan aquellos recintos. Por fin, el olor del alcohol, recóndito y ostentoso al tiempo como un nocturno de Chopin, le circundaba donde estuviese y, desde muy cerca, casi podía distinguirse que era algo más y algo menos que sangre lo que traslucían las rojas venillas superficiales de su cara, que detrás de aquellos semisólidos tejidos cutáneos, de aquellos agolpamientos carmesíes en cuello y mejillas, residían, como clasificadas por añadas y calidades, las ganaderías bravas del alcohol.
Era Matías, en suma, como una síntesis corporal de las bodegas, y esa intuida certidumbre le acrecentaba, generación tras generación, el afecto de los amos.
—Es mucho Matías, ¿no? Ahí siempre.
—El eterno.
Era tenido por bastante más de lo que se dice «una institución». Significaba para todos el hombre-vino, imprescindible a la hora de las grandes campañas publicitarias y de los visitantes ilustres: la gracia y la poesía del negocio, y claro que también el negocio mismo.
Cuantos eran dueños de cierta sensibilidad perceptiva, y lo veían por primera vez, solían experimentar ante Matías, el tótem, un choque de sorpresa, respeto y misterioso miedo de fondo. Les parecía, recordándolo luego con su gorra de paño, el canoso abuelo de una criatura viva, múltiple y extraña, el vino del Sur, un cuidador de antiguos secretos sin respuesta, cuyo poder había terminado por devastarlo, aunque conservándolo. Sonaba a cosa antigua el eco ronco de su voz, pero el hombre hablaba muy poco, y casi nunca a los extraños. Jeromo el venenciador escanciaba las copas para las visitas ante su sedente majestad, que a veces se tomaba la primera como abriéndoles magnamente las puertas del beber.
Un curtido, lustroso butacón de pino y eneas, con enorme cojín de impreciso color en su asiento, la breve corte de ayudantes o acólitos más jóvenes del vino, un sitio a la vista de todas las naves y al olor de todas las soleras y los mostos, sumaban, con el de los ratones, el mundo de Matías. Hombre sin familia, la de los ratones era la suya. Llegaban en pelivarias bandas y a diario —dos, seis, diez— a recibir su pan envinado y levantarse sobre los cuartos traseros, con las pedigüeñas manitas en suspenso, para ver si Matías y sus sopones continuaban todavía allí.
Él los conocía a todos.
«Ya hace tres días que no veo a aquel entrepelado gordito», pensaba.
O:
—El cojillo parece que está hoy a mal con la negra.
Cuando llegaban las visitas, los «turistas», Matías no volvía la cabeza hacia el grupo, sino hacia el otro lado: se preparaba ya, con una mudez faraónica, la asistencia de su gente. Cualquier curiosón más decidido, algún simpático de los que hacen oficio de su simpatía, o un simple ignorante, le perturbaban alguna vez la callazón de su ritual, y Matías, sin olvidarse de responderle, parecía no hacerlo.
—¿Y lleva usted mucho tiempo trabajando aquí?
—Sesenta y cinco.
—Vendrá mucha gente a ver las bodegas, ¿no?
—Vienen.
Con las primeras luces dejaba Matías su cama, grande y crujiente como una carreta; treinta pasos más allá de las de su casa, estaban las puertas de la bodega.
Sobre el empedrado de la calle, grueso y lentísimo, abatida aquella cabeza de parcheadas arcillas húmedas, parecía entonces, a la abierta luz de la mañana, un ser de otro mundo. Durante el corto recorrido ni percibía ya, desde hacía años, el rumoreo de los viejitos de abril por los árboles de la Alameda Vieja, o las lloviznillas de noviembre empizarrando el cielo y la blanca tapia de la calle de Los Escuderos. Sólo le interesaba alcanzar su bodega, trasponer sus puertas con los amargos pies, cada paso un dolor, y caer en el trono de su reino.
A la luz del día, también las bodegas eran otras. Recién dejado su vivir nocturno, sólo quedaban ya restos de él en las sombras altas de las columnas, en las bóvedas casi indistinguibles y acribilladas de diminutos trazos negros: las deyecciones de los murciélagos que, a la noche, convertían la clara catedral del vino en un tibio pandemónium de alas tenues y roces furtivos, de monstruosos hociquillos, vagos chillidos espaciados, leves choques aéreos. Pero la claridad lo cambiaba y serenaba todo. Entre la filtrada luz mañanera, entraban los hombres al trabajo; los ratones aparecían más tarde.
Cuando había habido toros, Mariano el de Grazalema le contaba a Matías la corrida. Nadie sino Mariano podía detentar aquel privilegio ni hacerlo más adecuada y escuetamente, mientras los no iniciados miraban de soslayo, no sin asombro, cómo podía alguien conversar un rato con el silencioso semidiós del vino. Es decir, no «conversar con», sino «hablarle a». Porque Matías no hablaba; se valía de un breve «¿qué?» en los ojos hasta obtener la ampliación de cualquier pormenor.
—El ganado, regular —le decía Mariano a media y rápida voz—. Un cuarto toro divino, y fuera. Los dos primeros, mansos para quemarlos.
Y Matías lo miraba al sesgo.
—Sí: de presencia y cornamenta bien —completaba Mariano entonces—. El último, un poquito más chico. Pero con ése estuvo bien el mejicano, Juanito Luis, el paisano, nada. Un chalao. Y el de Sevilla, un sinvergüenza. Como siempre.
Matías, las manos de hogaza sobre la barriga planetaria, oía y callaba. En realidad, le importaba bien poco toda aquella crónica. Pero tampoco hubiera podido prescindir de las informaciones taurinas de Mariano, porque llevaba largo tiempo oyéndolas, y también porque le satisfacía el solapado, eterno dejo de desencanto con que las adobaba el narrador. Se avenía ese tonillo acre al arrumbado desplome de su vida, la de un viejo clavado a un butacón de pino. Entre aquellos relatos de Mariano, la memoria del conocedor volaba muchas mañanas al casi extraviado recuerdo de la última corrida que vio, no sabía ya cuándo, y en la que José Gómez «Gallito», dominando la arena entera, cubriendo el ruedo todo con tranquila majeza, mató seis toros del Duque de Veragua. Aunque, a buen seguro, nunca asistieron a Matías tres de las cuatro aficiones que eran dueñas de todo su círculo jerezano de parientes, amistades y compañeros: toros, gallos y arte flamenco. Que no.
—El vino, en cambio, puede en ti por todo lo demás junto —le dijo una noche su mujer.
—Porque eso es cosa del oficio, ¿sabes? —le contestó Matías al rato.
Y, como lo era, nunca volvió a hablarse del asunto.
A la mujer la había perdido Matías pronto; el hijo, casado en Córdoba, y casada también una nieta única, la Meluchi, los dos le habían ido quedando, con los años, lejos de alma. Nunca le cayó a genio el desparpajo del «niño», su manera de hablar y de moverse por una habitación y por la vida. Recordaba Matías a la nieta como guapa y simpática, pero no la había visto más que dos veces, cuando ella tuvo siete y luego quince años. Aquella última mañana que la vio no se sentía Matías muy bien, andaba con las carnes disgustadas, aunque fue allá por los tiempos en que todavía no se había entregado del todo al silencio sonoro de las bodegas, y, rendido a ellas como ya lo estaba, luchaba todavía por no estarlo. Aún no había empezado Matías a ver las luces, los repentinos centelleos y fogonazos de colores que ante los ojos enciende y apaga el vino, acumulado en la sangre con toda su carga; aún no se le aparecían las repetidas bestias, como de cristal viscoso, que le poblaban el sueño, ni, despierto y quieto en su sillón, creía estar enterrado al pie de un bienteveo de las viñas, con hojas y pámpanas brotándole de la nariz y de los brazos, vivo y muerto al tiempo, entre sepultado y al aire, hormigas y larvas bulléndole por las coyunturas de los huesos.
Por lo demás, nadie llegó entonces, ni luego, a explicarse con toda claridad las circunstancias de su final. Y al no haber cuerpo en aquel final, al no contarse con muerto, tampoco pudieron practicarse indagaciones bien satisfactorias.
Dos químicos locales brindaron una tortuosa explicación combustiva del caso, que fue oída con incredulidad pese a sus puntos de razón. El diario local insertó una chapucera explicación en la que, con increíbles tosquedad y desacierto, se hablaba de que el viejo conocedor «pereció en accidente, víctima de un incendio causado al parecer por la inflamación de una garrafa de alcohol»: garrafa cuya presencia negaron todos los testigos.
Sólo un poeta de Jerez, gran bebedor por más señas, puso a prueba sus acostumbradas y desmayadas retóricas para ofrecer, en doscientos seis endecasílabos blancos, una versión mágico-lírica de aquella muerte indescifrable. Paradójicamente y no obstante sus pesadeces y lagunas, este trabajo poético, que conserva el doctor Badanelli, parece el texto más razonablemente próximo a la realidad de los hechos, o a una descripción detallada de ellos; y, por otra parte, frente a un suceso como aquél, quizá no haya más remedio que dejar a un lado las pesas de la lógica y aprovechar los éteres de la poesía.
Esa serie de versos, agrupados bajo el no mal título de El arrebatado e inducidos en muchos pasajes por reconocibles maneras de Alberti, García Lorca y Neruda, no conseguiría al año siguiente la Flor Natural, ni siquiera el accésit de los juegos florales de Jerez, cuyo susceptible jurado prefirió eludir, según palabras de su presidente contra dos votos positivos, «un asunto de nuestros vinos y bien escrito, sí, pero delicado y yo diría que desagradable».
El poema repudiado empieza por situar en clima el suceso y por aplicar de entrada, con imprudencia, el ingrato adjetivo «funeral» a las viñas, cuya obligación, se sabe, es siempre la de mostrarse rientes, solares, pródigas, rumorosas o serenas, sobre todo en un canto convertible en cien mil pesetas y destinado a ensalzar su producción. Pero El arrebatado comenzaba así:

El funeral cortejo de las vides
se hizo por fin de ti, que ya eras suyo,
hijo silente del ardor, la tarde
en que te arrebataron sus reclamos.

Fue una tarde de ésas —julio, agosto— en que corroe el sol las tejas calcinadas, enceguece tapias y caseríos de la ciudad casi desierta, no consiente la siesta, resquebraja nidos, reseca torres y arroja, sobre el frescor último de las losas del suelo, a agotados racimos de hombres y de mujeres.
El Tili, peón de las bodegas y cabo de los servicios matinales que oficiaba el viejo tótem ante las visitas, debía comprobar el estado de una partida de azufre recién llegada al patio grande, y pasó junto a Matías con un sopletillo, desnuda la llama e invisible contra el resol de fuera.
Ante el semidiós, en el suelo terrizo, aparecía una peseta caída, y El Tili se inclinó a recogerla. La llama fue a rozar una mano de Matías; incorporándose, el obrero la retiró en el acto y se tocó la visera de la gorra con un turbado usted dispense.
Ya no vio a nadie.
Acababa de extinguirse el eco de un crepitar silbante y ominoso, instantáneo, y se estaba disipando a toda prisa el de un vivo olor a cosa quemada. Pero Matías no estaba. Sobre el butacón de pino y eneas, desplomados bajo el cojín ancestral, aparecían algunos chamuscados fragmentos de su ropa, no mayores que una servilleta de café, Y más abajo, oscureando entre esas deshechas panas menestrales, se veía alguna uña, botones, manchas y señas de quien no iría ya más a la bodega, del Matías volatilizado, como alcohol que era, por el breve roce de una llama, del hombre consumido en un fuego de fuegos, ido, desaparecido igual que una esponja empapada en gasolina y que alguien echa al incendio de un almacén de paja.


 ... el autor de esta joya literaria es Fernando Quiñones.


Este texto entró en La Buhardilla el 1 de junio de 2006

ATIENZA

Si el camino que uno sigue se bifurca y en la opción toma el conducente a Atienza, contraviniendo a toda norma no saldrá júbilo ni terrenal ornato a recibiros. Ni un solo gesto que os invite a proseguir. Nada que os compense o cuando menos cicatrice el posible futuro que quedó amputado en la bifurcación. Más aún; seréis testigos de cómo lo mismo hacia delante y hacia atrás que hacia los costados, espacio y tiempo pueden huir de cada hombre infinitamente. Cuanto en un espíritu viajero es apacible gozo y suave por ventura se os habrá desviado por el otro camino. Os sentiréis estilizado, reducido a taciturnidad, con la impresión de que a expensas de vuestra mirada se os agigantan los huesos y de que os sorben los pasos como una bomba aspirante hacia el vacío. Hasta que al fin, custodiado por dos filas de árboles, comprimido entre lo que el cielo y tierra tienen asoladoramente de absolutos, allá un campejo, más aquí un baldío, os detengáis al borde de esa secular tajadura donde acecha el vértigo histórico. Por lo menos así de cabizbajo llegué yo, como si todos los álamos del mundo hubieran y pasado por mi frente, y con rodilleras de nube en lo poco que me quedaba de corazón. Atienza ...
Por mi parte no tuve siquiera la suerte de encontrarla. Estaban allí aquel día unos centenares de casas, pero Atienza no. Supuse que debía hallarse afuera, no lejos, quizá en el campo, y aproveché su ausencia para revolverlo todo. Caminé cuestas y cuestas, soborné la anchura de las plazas, impacienté los templos, desperté las ruinas; agrupé en un estanque de mi luz, acaudillándolas, todas las ventanas, y sólo al comprender que cuanto me rodeaba no era sino una superflua impedimenta que, como los hombres, un par de botas, un vaso, una corbata inservible, dejan los pueblos al partir, bien armado de un pulmón trepé al castillo.
En tan destronada altura íbanse las nubes haciendo llevaderas, sutiles, apenas infundadas. Del poblado menos anhelos subían que quietudes. Un azorado vientecillo descarnaba en torno mío el panorama donde, trabados tan íntimamente como peine y pelo silencio y claridad imponían al horizonte la más severa línea de conducta. Y comprendí o creí comprender muchas cosas ocultas para mí entonces. Comprendí que ante ante mis ojos y consumando su acción por las llanuras de las llanuras, cielo y tierra se estaban suicidando lentamente. ¡Quién sabe desde cuánto tiempo hacía! Quise entonces empalmar en mis venas los azules del mundo y vi que era posible. ¡Ohé, oh, sí, era posible! Y era posible retroceder hasta el borde del sonido para hacerse dolor y hasta quedarse allí en el medianero punto vacilando. Ohé, oh. Yo también me dije, yo también, cuando me quede tiempo hacia el ocaso he de sufrir un monte.
Pero en esto comenzó a ser cruzado el cielo por un bando de aeroplanos. Como yo debieron contar hasta seis las numerosas cabecitas que, solicitadas por el zumbido, aparecieron airosamente abajo, en las ventanas de las casas. Y de este modo me fue dado presenciar la más gloriosa actitud, un dulce crecerse a volar a fuerza de ojos, de un poblado entero, por el mismo tácito y simultáneo acuerdo con que los surtidores de un jardín se estiran hacia algo que la atmósfera es, más que azul, ternura. Yo mismo fui arrebatado por gracia de tantos ojos como incurrían en inocencia, inesperado pasajero de un vuelo urdido en el corazón de otro mundo. ¡Ohé, oh!
Mas pronto el cielo recobró su paz y volvieron los ojos a sus puros y breves cauces. Y sólo entonces, al ser depositado en mi lugar de piedra, se me mostró la verdad totalmente desnuda. Sólo entonces me apercibí de que el horizonte nos tenía a mí y a los demás sitiados no sé si por miseria o por angustia, pero sitiados. ¡Y qué horizonte! Escueto, de tierras espaciadas, sin prisa ni apreturas, y tan seguro de sí mismo y de su triunfo que todos mis huesos se echaron a dolerme como si fueran astillas de silencio clavadas en mi carne y ya quisieran a crujidos arrancármelos. Una a manera de resignada filosofía flotaba en lo asediado, a favor de la cual, y sin más que la justa resistencia, tantas cosas se habían ya desmoronado y tantas más se hallaban en vías de desmoronarse. Es decir, me vi de pronto incluido en un destino ajeno, del todo extraño al intuitivo desarrollo de mi esencia.
Hombre, pensé, hombre superficial y extraligero, hecho a la engañosa ciudad y a sus pretextos, cuán poco podrías durar aquí a esta solemne profundidad de miles de pies de años bajo el nivel del tiempo. A este lejano marchar sin rumbo por el puro placer de ir quebrando como en lagar las cervices de los días. Con tan escasas y sencillas armas – enmohecidas calles, macetas de flores, pordioseras fuentes, plañir de campanas - ¿cómo podrías defender tu impostura contra los ataques de la muerte? En la ciudad ya están hechos los reflejos de tu instinto a palidecer entre las estatuas, a acogerte al derecho de asilo de los museos, a escurrirte por teléfono, a ahuyentar, como ya una vez por súbita inspiración hiciste, algo terrible que se te venía encima desencadenando fragorosamente la bomba del excusado... Pero aquí con tus manos que no son nunca manos aunque nazcan en torno rosas y rosas, con pecho que únicamente será pecho cuando sufra el contagio de la tierra, qué vienes a desempeñar ciudadano enturbiado, sin reflejos de paz ni de templanza. Vete a buscar tu muerte convencional, a disfrazarte de olvidado en tu cuarto de hotel, con tu máquina de escribir, tu calefacción, tu ascensor y tu gramófono. Lo hice así. Bajé del castillo y sin perder tiempo, antes de que Atienza volviera, me evadí con ánimo de nunca más volver. Sin embargo, tumbos de viaje e instancias de amigo me han vuelto hoy a esta comarca. De nuevo he ido viendo crecer el poblado hacia el poniente como un caracol que subiese por mi vida con su castillo a cuestas. He vuelto a recorrer calles y plazas, a sostener esa enorme mirada perdida que vaga ciegamente en los pueblos y que a la gente de ciudad tanto nos turba e inmoviliza. Pero tampoco he logrado encontrar Atienza. Y hoy ya creo haber descubierto que su ausencia no es asunto de horas ni de días. Casi me atrevo a asegurar que como tantos y tantos pueblos españoles, como Trujillo al Perú, Córdoba a la Argentina, Medellín a Colombia, Guadalajara a Méjico, por sólo citar a algunos de los que ganaron mejor fortuna, emigró en el siglo español de las emigraciones. Si bien se busca, en América se le encontrará; a no ser que fuera de aquellos otros más desdichados que antes de arribar a tierra firme zozobraron en los mares aún indómitos. Numerosos pueblos que hace tiempo están reclamando una estadística. De todos modos en lo que hoy se designa en Castilla con el vocablo Atienza, Atienza no está. Hasta los que allí viven más que vivir lo que hacen es estar a todas luces esperándole. Posible es que regrese algún día y acaso en la opulencia. Y lo probable es que los que así la vean sin ruinas ni estrecheces no la reconozcan. Pero a mí, casual testigo del asomarse de una celestial ansia de roca a sus miles de pupilas, lo cierto es que los que por esperarle llevan una floja vida de entresueño, han desaprovechado la ocasión de realizar uno de los mayores descubrimientos que registra la historia humana. Porque allí en Atienza, mucho antes que en ningún otro lugar del mundo, pudieron y debieron haber sido inventados los ojos azules.

...su autor es Juan Larrea, poeta insigne nacido en Bilbao.

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