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MUERTE
DE UN SEMIDIOS
De
Matías Uvero, el hombre de Jerez que murió
inexplicablemente va a hacer hoy veintinueve años, no puede
decirse que bebiera.
—Allí:
de ésa.
Desclavaba
despacio los ojos del suelo, miraba un instante a la bota sin
señalarla, con aquella acuosa mirada sin fondo, y El Tili,
Jeromo o Marianito ya entendía cuál era de entre
tantas. En seguida, Matías se llevaba a los labios la copa
recién llegada. Pero no estaba propiamente bebiendo, sino
reponiendo o trasegando: incorporándose —algo de lo que era
ya su misma sustancia—. El vino se integraba al momento, se
repartía por todo su gran cuerpo blando, que era como una cuba
especial y viviente entre las de la bodega, barril con piel en lugar
de duelas y carne en vez de madera de roble. Volumen, quietud,
contenido y emanación de Matías, se identificaban con
los de los toneles que, durante su vida entera, habían
compuesto su paisaje laboral.
Emperador
del panzudo, inmóvil ejército de las botas, Gran Lama
en el espirituoso Tíbet del vino y los licores, la materia y
el ser del viejo conocedor hacía tiempo ya que no
pertenecían
de lleno al mundo de los hombres: ochenta años de bodega y
más
de cien kilos o litros en una estatura no muy alta, pueden mucho.
Demasiado. Sin duda, la añeja afirmación de que el
oficio destiñe sobre la persona que lo ejecuta, se había
quedado corta para Matías, que no le parecía ya a
muchos un personaje de las bodegas, sino como un fragmento material
de ellas.
La
panza henchida, bajo la eterna pana negra, era la de una de las
cubetas de trasiego; los contados movimientos del hombre en su
salón,
parecían marcar el lentísimo pulso del tiempo
que se
espesa bajo las naves y telarañas bodegueras; el reflejo
de
los ojos, glaucos y opacos de cataratas, guardaba un algo de las
masas líquidas ambarinas que apenas se entrevén por los
agujeros de los toneles y, a veces, lo avivaba fugazmente un claror
también quieto tal el de los rayos solares que catedralizan
aquellos recintos. Por fin, el olor del alcohol, recóndito y
ostentoso al tiempo como un nocturno de Chopin, le circundaba donde
estuviese y, desde muy cerca, casi podía distinguirse que era
algo más y algo menos que sangre lo que traslucían las
rojas venillas superficiales de su cara, que detrás de
aquellos semisólidos tejidos cutáneos, de aquellos
agolpamientos carmesíes en cuello y mejillas, residían,
como clasificadas por añadas y calidades, las ganaderías
bravas del alcohol.
Era
Matías, en suma, como una síntesis corporal de las
bodegas, y esa intuida certidumbre le acrecentaba, generación
tras generación, el afecto de los amos.
—Es
mucho Matías, ¿no? Ahí siempre.
—El
eterno.
Era
tenido por bastante más de lo que se dice «una
institución». Significaba para todos el hombre-vino,
imprescindible a la hora de las grandes campañas publicitarias
y de los visitantes ilustres: la gracia y la poesía del
negocio, y claro que también el negocio mismo.
Cuantos
eran dueños de cierta sensibilidad perceptiva, y lo veían
por primera vez, solían experimentar ante Matías, el
tótem, un choque de sorpresa, respeto y misterioso miedo de
fondo. Les parecía, recordándolo luego con su gorra de
paño, el canoso abuelo de una criatura viva, múltiple y
extraña, el vino del Sur, un cuidador de antiguos secretos sin
respuesta, cuyo poder había terminado por devastarlo, aunque
conservándolo. Sonaba a cosa antigua el eco ronco de su voz,
pero el hombre hablaba muy poco, y casi nunca a los extraños.
Jeromo el venenciador escanciaba las copas para las visitas ante su
sedente majestad, que a veces se tomaba la primera como
abriéndoles
magnamente las puertas del beber.
Un
curtido, lustroso butacón de pino y eneas, con enorme
cojín
de impreciso color en su asiento, la breve corte de ayudantes o
acólitos más jóvenes del vino, un sitio a la
vista de todas las naves y al olor de todas las soleras y los mostos,
sumaban, con el de los ratones, el mundo de Matías.
Hombre sin
familia, la de los ratones era la suya. Llegaban en pelivarias bandas
y a diario —dos, seis, diez— a recibir su pan envinado y
levantarse sobre los cuartos traseros, con las pedigüeñas
manitas en suspenso, para ver si Matías y sus sopones
continuaban todavía allí.
Él
los conocía a todos.
«Ya
hace tres días que no veo a aquel entrepelado gordito»,
pensaba.
O:
—El
cojillo parece que está hoy a mal con la negra.
Cuando
llegaban las visitas, los «turistas», Matías no
volvía la cabeza hacia el grupo, sino hacia el otro lado: se
preparaba ya, con una mudez faraónica, la asistencia de su
gente. Cualquier curiosón más decidido, algún
simpático de los que hacen oficio de su simpatía, o un
simple ignorante, le perturbaban alguna vez la callazón de su
ritual, y Matías, sin olvidarse de responderle, parecía
no hacerlo.
—¿Y
lleva usted mucho tiempo trabajando aquí?
—Sesenta
y cinco.
—Vendrá
mucha gente a ver las bodegas, ¿no?
—Vienen.
Con
las primeras luces dejaba Matías su cama, grande y crujiente
como una carreta; treinta pasos más allá de las de su
casa, estaban las puertas de la bodega.
Sobre
el empedrado de la calle, grueso y lentísimo, abatida aquella
cabeza de parcheadas arcillas húmedas, parecía
entonces, a la abierta luz de la mañana, un ser de otro mundo.
Durante el corto recorrido ni percibía ya, desde hacía
años, el rumoreo de los viejitos de abril por los árboles
de la Alameda Vieja, o las lloviznillas de noviembre empizarrando el
cielo y la blanca tapia de la calle de Los Escuderos. Sólo le
interesaba alcanzar su bodega, trasponer sus puertas con los amargos
pies, cada paso un dolor, y caer en el trono de su reino.
A
la luz del día, también las bodegas eran otras.
Recién
dejado su vivir nocturno, sólo quedaban ya restos de él
en las sombras altas de las columnas, en las bóvedas casi
indistinguibles y acribilladas de diminutos trazos negros: las
deyecciones de los murciélagos que, a la noche,
convertían
la clara catedral del vino en un tibio pandemónium de alas
tenues y roces furtivos, de monstruosos hociquillos, vagos
chillidos
espaciados, leves choques aéreos. Pero la claridad lo cambiaba
y serenaba todo. Entre la filtrada luz mañanera, entraban los
hombres al trabajo; los ratones aparecían más tarde.
Cuando
había habido toros, Mariano el de Grazalema le contaba a
Matías la corrida. Nadie sino Mariano podía detentar
aquel privilegio ni hacerlo más adecuada y escuetamente,
mientras los no iniciados miraban de soslayo, no sin asombro,
cómo
podía alguien conversar un rato con el silencioso
semidiós
del vino. Es decir, no «conversar con», sino
«hablarle
a». Porque Matías no hablaba; se valía de un
breve «¿qué?» en los ojos hasta obtener la
ampliación de cualquier pormenor.
—El
ganado, regular —le decía Mariano a media y rápida
voz—. Un cuarto toro divino, y fuera. Los dos primeros, mansos para
quemarlos.
Y
Matías lo miraba al sesgo.
—Sí:
de presencia y cornamenta bien —completaba Mariano entonces—. El
último, un poquito más chico. Pero con ése
estuvo bien el mejicano, Juanito Luis, el paisano, nada. Un chalao. Y
el de Sevilla, un sinvergüenza. Como siempre.
Matías,
las manos de hogaza sobre la barriga planetaria, oía y
callaba. En realidad, le importaba bien poco toda aquella
crónica.
Pero tampoco hubiera podido prescindir de las informaciones taurinas
de Mariano, porque llevaba largo tiempo oyéndolas, y
también
porque le satisfacía el solapado, eterno dejo de desencanto
con que las adobaba el narrador. Se avenía ese tonillo acre al
arrumbado desplome de su vida, la de un viejo clavado a un
butacón
de pino. Entre aquellos relatos de Mariano, la memoria del conocedor
volaba muchas mañanas al casi extraviado recuerdo de la
última
corrida que vio, no sabía ya cuándo, y en la que
José
Gómez «Gallito», dominando la arena entera,
cubriendo el ruedo todo con tranquila majeza, mató seis toros
del Duque de Veragua. Aunque, a buen seguro, nunca asistieron a
Matías tres de las cuatro aficiones que eran dueñas de
todo su círculo jerezano de parientes, amistades y
compañeros:
toros, gallos y arte flamenco. Que no.
—El
vino, en cambio, puede en ti por todo lo demás junto —le
dijo una noche su mujer.
—Porque
eso es cosa del oficio, ¿sabes? —le contestó
Matías
al rato.
Y,
como lo era, nunca volvió a hablarse del asunto.
A
la mujer la había perdido Matías pronto; el hijo,
casado en Córdoba, y casada también una nieta
única,
la Meluchi, los dos le habían ido quedando, con los años,
lejos de alma. Nunca le cayó a genio el desparpajo del
«niño»,
su manera de hablar y de moverse por una habitación y por la
vida. Recordaba Matías a la nieta como guapa y simpática,
pero no la había visto más que dos veces, cuando ella
tuvo siete y luego quince años. Aquella última
mañana
que la vio no se sentía Matías muy bien, andaba con las
carnes disgustadas, aunque fue allá por los tiempos en que
todavía no se había entregado del todo al silencio
sonoro de las bodegas, y, rendido a ellas como ya lo estaba, luchaba
todavía por no estarlo. Aún no había empezado
Matías a ver las luces, los repentinos centelleos y fogonazos
de colores que ante los ojos enciende y apaga el vino, acumulado en
la sangre con toda su carga; aún no se le aparecían las
repetidas bestias, como de cristal viscoso, que le poblaban el
sueño,
ni, despierto y quieto en su sillón, creía estar
enterrado al pie de un bienteveo de las viñas, con hojas y
pámpanas brotándole de la nariz y de los brazos, vivo y
muerto al tiempo, entre sepultado y al aire, hormigas y larvas
bulléndole por las coyunturas de los huesos.
Por
lo demás, nadie llegó entonces, ni luego, a explicarse
con toda claridad las circunstancias de su final. Y al no haber
cuerpo en aquel final, al no contarse con muerto, tampoco pudieron
practicarse indagaciones bien satisfactorias.
Dos
químicos locales brindaron una tortuosa explicación
combustiva del caso, que fue oída con incredulidad pese a sus
puntos de razón. El diario local insertó una chapucera
explicación en la que, con increíbles tosquedad y
desacierto, se hablaba de que el viejo conocedor «pereció
en accidente, víctima de un incendio causado al parecer por la
inflamación de una garrafa de alcohol»: garrafa cuya
presencia negaron todos los testigos.
Sólo
un poeta de Jerez, gran bebedor por más señas, puso a
prueba sus acostumbradas y desmayadas retóricas para ofrecer,
en doscientos seis endecasílabos blancos, una versión
mágico-lírica de aquella muerte indescifrable.
Paradójicamente y no obstante sus pesadeces y lagunas, este
trabajo poético, que conserva el doctor Badanelli, parece el
texto más razonablemente próximo a la realidad de los
hechos, o a una descripción detallada de ellos; y, por otra
parte, frente a un suceso como aquél, quizá no haya
más
remedio que dejar a un lado las pesas de la lógica y
aprovechar los éteres de la poesía.
Esa
serie de versos, agrupados bajo el no mal título de El
arrebatado e inducidos en muchos pasajes por reconocibles maneras de
Alberti, García Lorca y Neruda, no conseguiría al
año
siguiente la Flor Natural, ni siquiera el accésit de los
juegos florales de Jerez, cuyo susceptible jurado prefirió
eludir, según palabras de su presidente contra dos votos
positivos, «un asunto de nuestros vinos y bien escrito,
sí,
pero delicado y yo diría que desagradable».
El
poema repudiado empieza por situar en clima el suceso y por aplicar
de entrada, con imprudencia, el ingrato adjetivo «funeral»
a las viñas, cuya obligación, se sabe, es siempre la de
mostrarse rientes, solares, pródigas, rumorosas o serenas,
sobre todo en un canto convertible en cien mil pesetas y destinado a
ensalzar su producción. Pero El arrebatado comenzaba así:
El
funeral cortejo de las vides
se hizo por fin de ti, que ya eras
suyo,
hijo silente del ardor, la tarde
en que te arrebataron
sus reclamos.
Fue
una tarde de ésas —julio, agosto— en que corroe el sol las
tejas calcinadas, enceguece tapias y caseríos de la ciudad
casi desierta, no consiente la siesta, resquebraja nidos, reseca
torres y arroja, sobre el frescor último de las losas del
suelo, a agotados racimos de hombres y de mujeres.
El
Tili, peón de las bodegas y cabo de los servicios matinales
que oficiaba el viejo tótem ante las visitas, debía
comprobar el estado de una partida de azufre recién llegada al
patio grande, y pasó junto a Matías con un sopletillo,
desnuda la llama e invisible contra el resol de fuera.
Ante
el semidiós, en el suelo terrizo, aparecía una peseta
caída, y El Tili se inclinó a recogerla. La llama fue a
rozar una mano de Matías; incorporándose, el obrero la
retiró en el acto y se tocó la visera de la gorra con
un turbado usted dispense.
Ya
no vio a nadie.
Acababa
de extinguirse el eco de un crepitar silbante y ominoso,
instantáneo,
y se estaba disipando a toda prisa el de un vivo olor a cosa quemada.
Pero Matías no estaba. Sobre el butacón de pino y
eneas, desplomados bajo el cojín ancestral, aparecían
algunos chamuscados fragmentos de su ropa, no mayores que una
servilleta de café, Y más abajo, oscureando entre esas
deshechas panas menestrales, se veía alguna uña,
botones, manchas y señas de quien no iría ya más
a la bodega, del Matías volatilizado, como alcohol que era,
por el breve roce de una llama, del hombre consumido en un fuego de
fuegos, ido, desaparecido igual que una esponja empapada en gasolina
y que alguien echa al incendio de un almacén de paja.
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ATIENZA
Si el camino que uno sigue se bifurca y en la
opción toma el conducente a Atienza, contraviniendo a toda norma
no saldrá júbilo ni terrenal ornato a recibiros. Ni un
solo gesto que os invite a proseguir. Nada que os compense o cuando
menos cicatrice el posible futuro que quedó amputado en la
bifurcación. Más aún; seréis testigos de
cómo lo mismo hacia delante y hacia atrás que hacia los
costados, espacio y tiempo pueden huir de cada hombre infinitamente.
Cuanto en un espíritu viajero es apacible gozo y suave por
ventura se os habrá desviado por el otro camino. Os
sentiréis estilizado, reducido a taciturnidad, con la
impresión de que a expensas de vuestra mirada se os agigantan
los huesos y de que os sorben los pasos como una bomba aspirante hacia
el vacío. Hasta que al fin, custodiado por dos filas de
árboles, comprimido entre lo que el cielo y tierra tienen
asoladoramente de absolutos, allá un campejo, más
aquí un baldío, os detengáis al borde de esa
secular tajadura donde acecha el vértigo histórico. Por
lo menos así de cabizbajo llegué yo, como si todos los
álamos del mundo hubieran y pasado por mi frente, y con
rodilleras de nube en lo poco que me quedaba de corazón.
Atienza ...
Por mi parte no tuve siquiera la suerte de encontrarla. Estaban
allí aquel día unos centenares de casas, pero Atienza no.
Supuse que debía hallarse afuera, no lejos, quizá en el
campo, y aproveché su ausencia para revolverlo todo.
Caminé cuestas y cuestas, soborné la anchura de las
plazas, impacienté los templos, desperté las ruinas;
agrupé en un estanque de mi luz, acaudillándolas, todas
las ventanas, y sólo al comprender que cuanto me rodeaba no era
sino una superflua impedimenta que, como los hombres, un par de botas,
un vaso, una corbata inservible, dejan los pueblos al partir, bien
armado de un pulmón trepé al castillo.
En tan destronada altura íbanse las nubes haciendo llevaderas,
sutiles, apenas infundadas. Del poblado menos anhelos subían que
quietudes. Un azorado vientecillo descarnaba en torno mío el
panorama donde, trabados tan íntimamente como peine y pelo
silencio y claridad imponían al horizonte la más severa
línea de conducta. Y comprendí o creí comprender
muchas cosas ocultas para mí entonces. Comprendí que ante
ante mis ojos y consumando su acción por las llanuras de las
llanuras, cielo y tierra se estaban suicidando lentamente.
¡Quién sabe desde cuánto tiempo hacía! Quise
entonces empalmar en mis venas los azules del mundo y vi que era
posible. ¡Ohé, oh, sí, era posible! Y era posible
retroceder hasta el borde del sonido para hacerse dolor y hasta
quedarse allí en el medianero punto vacilando. Ohé, oh.
Yo también me dije, yo también, cuando me quede tiempo
hacia el ocaso he de sufrir un monte.
Pero en esto comenzó a ser cruzado el cielo por un bando de
aeroplanos. Como yo debieron contar hasta seis las numerosas cabecitas
que, solicitadas por el zumbido, aparecieron airosamente abajo, en las
ventanas de las casas. Y de este modo me fue dado presenciar la
más gloriosa actitud, un dulce crecerse a volar a fuerza de
ojos, de un poblado entero, por el mismo tácito y
simultáneo acuerdo con que los surtidores de un jardín se
estiran hacia algo que la atmósfera es, más que azul,
ternura. Yo mismo fui arrebatado por gracia de tantos ojos como
incurrían en inocencia, inesperado pasajero de un vuelo urdido
en el corazón de otro mundo. ¡Ohé, oh!
Mas pronto el cielo recobró su paz y volvieron los ojos a sus
puros y breves cauces. Y sólo entonces, al ser depositado en mi
lugar de piedra, se me mostró la verdad totalmente desnuda.
Sólo entonces me apercibí de que el horizonte nos
tenía a mí y a los demás sitiados no sé si
por miseria o por angustia, pero sitiados. ¡Y qué
horizonte! Escueto, de tierras espaciadas, sin prisa ni apreturas, y
tan seguro de sí mismo y de su triunfo que todos mis huesos se
echaron a dolerme como si fueran astillas de silencio clavadas en mi
carne y ya quisieran a crujidos arrancármelos. Una a manera de
resignada filosofía flotaba en lo asediado, a favor de la cual,
y sin más que la justa resistencia, tantas cosas se
habían ya desmoronado y tantas más se hallaban en
vías de desmoronarse. Es decir, me vi de pronto incluido en un
destino ajeno, del todo extraño al intuitivo desarrollo de mi
esencia.
Hombre, pensé, hombre superficial y extraligero, hecho a la
engañosa ciudad y a sus pretextos, cuán poco
podrías durar aquí a esta solemne profundidad de miles de
pies de años bajo el nivel del tiempo. A este lejano marchar sin
rumbo por el puro placer de ir quebrando como en lagar las cervices de
los días. Con tan escasas y sencillas armas – enmohecidas
calles, macetas de flores, pordioseras fuentes, plañir de
campanas - ¿cómo podrías defender tu impostura
contra los ataques de la muerte? En la ciudad ya están hechos
los reflejos de tu instinto a palidecer entre las estatuas, a acogerte
al derecho de asilo de los museos, a escurrirte por teléfono, a
ahuyentar, como ya una vez por súbita inspiración
hiciste, algo terrible que se te venía encima desencadenando
fragorosamente la bomba del excusado... Pero aquí con tus manos
que no son nunca manos aunque nazcan en torno rosas y rosas, con pecho
que únicamente será pecho cuando sufra el contagio de la
tierra, qué vienes a desempeñar ciudadano enturbiado, sin
reflejos de paz ni de templanza. Vete a buscar tu muerte convencional,
a disfrazarte de olvidado en tu cuarto de hotel, con tu máquina
de escribir, tu calefacción, tu ascensor y tu gramófono.
Lo hice así. Bajé del castillo y sin perder tiempo, antes
de que Atienza volviera, me evadí con ánimo de nunca
más volver.
Sin embargo, tumbos de viaje e instancias de amigo me han vuelto hoy a
esta comarca. De nuevo he ido viendo crecer el poblado hacia el
poniente como un caracol que subiese por mi vida con su castillo a
cuestas. He vuelto a recorrer calles y plazas, a sostener esa enorme
mirada perdida que vaga ciegamente en los pueblos y que a la gente de
ciudad tanto nos turba e inmoviliza. Pero tampoco he logrado encontrar
Atienza. Y hoy ya creo haber descubierto que su ausencia no es asunto
de horas ni de días. Casi me atrevo a asegurar que como tantos y
tantos pueblos españoles, como Trujillo al Perú,
Córdoba a la Argentina, Medellín a Colombia, Guadalajara
a Méjico, por sólo citar a algunos de los que ganaron
mejor fortuna, emigró en el siglo español de las
emigraciones. Si bien se busca, en América se le
encontrará; a no ser que fuera de aquellos otros más
desdichados que antes de arribar a tierra firme zozobraron en los mares
aún indómitos. Numerosos pueblos que hace tiempo
están reclamando una estadística.
De todos modos en lo que hoy se designa en Castilla con el vocablo
Atienza, Atienza no está. Hasta los que allí viven
más que vivir lo que hacen es estar a todas luces
esperándole. Posible es que regrese algún día y
acaso en la opulencia. Y lo probable es que los que así la vean
sin ruinas ni estrecheces no la reconozcan.
Pero a mí, casual testigo del asomarse de una celestial ansia de
roca a sus miles de pupilas, lo cierto es que los que por esperarle
llevan una floja vida de entresueño, han desaprovechado la
ocasión de realizar uno de los mayores descubrimientos que
registra la historia humana. Porque allí en Atienza, mucho antes
que en ningún otro lugar del mundo, pudieron y debieron haber
sido inventados los ojos azules.
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