Los hijos del Trueno

El pasado 17 de agosto falleció Víctor Mora, creador de uno de los personajes capaces de concitar entusiasmo e ilusión en medio de la grisura franquista

Si a escritores y artistas se les agrupa convencionalmente en torno a una fecha clave, sea catástrofe nacional o centenario de poeta ilustre, los que vivimos toda nuestra infancia bajo la caspa del franquismo teníamos que buscar las señas de identidad en algún elemento liberador de la grisura cotidiana y que concitara entusiasmo, ilusión y fantasía. Ignoro qué marbete clasificatorio encuadrará a los ciudadanos de mi quinta, pero sé que por mi niñez pertenezco a la generación del Capitán Trueno.

Yo tenía 8 años cuando apareció en los quioscos el primer número, “A sangre y fuego”, con la firma del dibujante Ambrós en un costado, pero sin mención del guionista Víctor Mora (Barcelona, 1931 - 2016). Conocí al personaje en las estupendas páginas centrales bicolor de Pulgarcito y comencé a ser fiel a los cuadernillos allá por 1957 o 1958, durante la aventura de Titlán el tirano que me impresionó de tal manera (escalofriaba aquello de sumergir a los enemigos en una piscina de oro hirviendo para transformarlos en estatuas doradas) que me incitó a la búsqueda de la colección completa y naturalmente a continuar la adquisición semanal.

Recuerdo la ansiedad con que esperábamos cada nueva entrega, y las glosas, exégesis y polémicas a que daba lugar la devoción al “Capi”, como lo llamábamos en plan confianzudo. A mi amigo Manuel Aguirre le compraban los tebeos el domingo y yo leía El Capitán Trueno el jueves con lo que, consumido por la impaciencia, Aguirre me rogaba que aliviase sus incertidumbres resumiéndole el episodio como un tráiler de la lectura real. Más tarde, la editorial Bruguera creó un sistema de suscripciones que garantizaba a sus usuarios una recepción de la revista previa a su distribución comercial, y entonces era mi amigo, al que por regalo de cumpleaños o de Reyes le habían suscrito a la publicación, el que se adelantaba a mi lectura y me relataba los avatares del Capitán a menudo con asombrosa literalidad: leía tantas veces y con tanta atención cada número que reproducía los diálogos de memoria. Creo que aún hoy sería capaz Aguirre de repetir el lamento del general Wank-Si, tras perder a su ejército, en la aventura “Chendalang y los cien mil”: “Llevé al combate a esos bravos cien veces. Los conocía a casi todos por su nombre. Miles de hombres valientes tronchados en unos momentos por el capricho de un loco. Tai, yo te hice capitán y te ordeno que hagas justicia a tantos muertos como ha provocado mi estupidez”. Y Tai ensartaba con la espada a su superior ante el horror de Sigrid y la satisfacción del malvado Krisna. Aquello era magnífico, pensábamos, gran literatura, o sea, digno de Salgari. Yo mismo presumía hasta hace poco de poder contar sin mucho margen de error los primeros 150 números de la colección, o algo más, hasta el 169 para ser exactos, el ejemplar que me indignó al no reconocer en la portada el trazo inconfundible del gran Ambrós, que había sido sustituido por un dibujo más anguloso, rígido e inexpresivo. Fue el principio del fin; las peripecias mantuvieron durante un tiempo un alto nivel imaginativo antes de que la censura y la codicia de sus editores consiguieran lo que ni el más acérrimo de sus enemigos había logrado: derrotar al Capitán Trueno, o al menos trivializarlo.

Las virtudes del Capitán

¿Por qué queríamos tanto al Capitán? Otro tebeo de espadachín medieval había sido muy apreciado por los chavales españoles de posguerra, El Guerrero del Antifaz, que, sin desaparecer, fue desbancado por Trueno como gran mito del imaginario colectivo infantil. Hoy se sabe que Manuel Gago, el autor, no era un fascista como sugerían las connotaciones nacional-católicas de su historieta —de hecho, el padre de Gago fue comandante del ejército republicano—, pero su héroe sufría la contaminación ambiental del maniqueísmo y patrioterismo primarios de la época. Sobre su grave colega, el Capitán Trueno ofrecía varias ventajas evidentes: el diseño dinámico de sus planchas que rompía con la tradicional monotonía de cuadrados en ringlera de su rival y, si la acción lo exigía, ocupaba la página entera una sola viñeta que nos deslumbraba con “la ola gigante” o “la gran explosión” o cualquiera de los dinosaurios surgidos del Jurásico o de los recuerdos cinematográficos de los autores, del mismo modo que a las batallas y peleas se les concedía las dimensiones adecuadas para su más espectacular plasmación; el sentido del humor, que en el folletinesco Guerrero brillaba por su ausencia, así como la alegría habitual de los protagonistas que no desconocían las bromas, las fiestas y las carcajadas (¿alguien recuerda una simple sonrisa del Guerrero?); los viajes por todo el mundo, incluida la América precolombina, gracias al globo aerostático del mago Morgano, mientras que los personajes de Gago se pasaron 200 ediciones sin salir de la península; y por supuesto, la novia del Capitán, la nórdica Sigrid, mucho más sexy que la ñoña Ana María, prometida y luego esposa del enmascarado.

Aunque sea una impertinencia recordarlo, al Capitán lo acompañaban el hercúleo Goliath, de apetito descomunal e inclinado a las payasadas y a extraños juramentos (“¡por el gran batracio verde!”); y el adolescente Crispín, de fácil empatía con los lectores jóvenes por sus chanzas y rápidos enamoramientos. Pero igualmente inolvidables son los antagonistas que constituyen una exótica galería de malvados: el obeso conde Kraffa y los árboles de su parque con jaulas colgantes donde encerraba a sus adversarios, el ciclópeo gorila Takunga, al que aniquilaron los buenos gracias a una ballesta de enormes proporciones que, a su vez, había inventado el diabólico Akrón el hechicero, y Erik el Fuerte y el tuerto general Cimitarra y los feroces Kambili y la Garra y docenas más.

El éxito de la serie embriagó a los editores: Mora y Ambrós se responsabilizaban ya de las páginas dobles del Capitán Trueno en Pulgarcito, como se ha dicho, pero el trabajo empezó a multiplicarse: en 1960 Bruguera lanzó El Capitán Trueno extra, una revista de 20 páginas y formato vertical que, junto a aventuras inéditas y más bien apresuradas de los personajes principales, incluían otras secciones e historietas. Y a partir de ahí la explotación: El Capitán Trueno gigante, El Capitán Trueno color, las novelas de El Capitán Trueno, siempre refundiendo, mutilando —la censura ya había intervenido obligando a rebajar la violencia de los tebeos—, falseando el material original de los cuadernillos. Ambrós había sido definitivamente sustituido por Ángel Pardo, un buen dibujante pero que cambió la fisonomía del héroe, y luego por una pequeña legión de artistas, a menudo anónimos, para abastecer una franquicia rentable que había que exprimir. Hasta hoy se continúan reimprimiendo las hazañas del Capitán en diversos formatos. Incluso hubo intentos, que no prosperaron demasiado, de que regresara Trueno para un público de más edad, siempre con guiones de Víctor Mora. El mejor tuvo lugar en la Historia de los cómics, que editó Toutain y coordinó Javier Coma, donde, en un acto de tardía justicia poética, Mora y Ambrós se juntaron para sorprender a los lectores con unas viñetas en las que Sigrid (con los pechos desnudos) y el Capitán hacían el amor en su castillo de Thule.

El padre del héroe

Durante años Víctor Mora fue noticia por su ardua y larga batalla legal para que se le reconociera lo que todos sabíamos, que era el padre del Capitán Trueno, y el conflicto jurídico se agudizaba cada vez que un productor retomaba el proyecto de rodar una película sobre la famosa historieta. La reivindicación de sus derechos de autor, más allá de lo económico, renovaba los muchos enfrentamientos de sus personajes a tiranías e injusticias.

No hay que olvidar las vergonzosas condiciones laborales bajo las que habían trabajado los profesionales del tebeo español. Víctor Mora escribía los guiones del Capitán Trueno al mismo tiempo que los de una serie de ciencia-ficción, Vendaval, el capitán invencible; cuando esta fracasó en el mercado, se le encargó un péplum, un tebeo de romanos, como decíamos los chicos entonces, y en 1958 nació El Jabato con los dibujos del veterano Francisco Darnís, donde Mora figuró, cuando se autorizaron los créditos, como R. Martín (había sido encarcelado en 1957 por pertenecer al clandestino PSUC y desde la prisión enviaba los guiones que firmaba con diversos seudónimos, los del Capitán con el apellido patriótico Alcázar para desviar suspicacias). Y en 1960 la insaciable Bruguera lo comprometió con una tercera colección, El Cosaco Verde (aquí Mora se transformó en R. Roldán y los dibujos corrían a cargo del más esforzado que inspirado Fernando Costa), de mucha menos resonancia que las anteriores, aunque de todos modos alcanzó las 144 entregas.

Es decir, en 1961 Víctor Mora era un auténtico esclavo de la editorial Bruguera para la que cada semana redactaba las proezas, peligros y suspenses de tres protagonistas distintos, sin contar las colaboraciones en las revistas de humor y en almanaques y extras de verano. Transcurrieran las aventuras en el medioevo, el primer siglo del cristianismo o la Rusia decimonónica, la estructura era similar: el héroe con novia eterna, amigo musculado y muchachito (en El Jabato no hay adolescente pero sí, a partir del nº112, un elemento cómico, el vate desastrado y grotesco Fideo de Mileto; al equipo del Cosaco, que ya estaba completo —la chica Sankara, el forzudo Karakán y el imberbe Iván—, se le añade un chino sentencioso, Sing-Li), vaga errante por las partes del mundo conocidas y las ignoradas, como las profundidad de los volcanes, el centro de la tierra, la Atlántida y otros continentes misteriosos; se tropieza con pueblos oprimidos a los que redimirá machacando a sus dictadores (la palabra no se empleaba) o con damiselas perseguidas o civilizaciones hostiles, aparte de una zoología frecuentemente monstruosa y carnívora.

La imaginación del guionista era asombrosamente fértil, pero hoy, con más lecturas, nos damos cuenta de que no le quedaba más remedio que rapiñar de todos los retazos del cine, las novelas de aventuras y los cómics estadounidenses que conservaba su memoria. Sigrid es una contrapartida de Aleta, la reina de las islas de las Brumas en El Príncipe Valiente, y de la misma serie de Harold Foster proceden la espada maravillosa que el Jabato encuentra en unos matorrales (aunque Mora se olvidará de ella) y la idea de trasladar a sus personajes al otro lado del Atlántico; Takunga es, por supuesto, una variante de King Kong; los seres de pesadilla que asustan al Capitán en el episodio “Los horrores del bosque” copian descaradamente una de las primeras tiras de Dan Barry para Flash Gordon; el alienígena que se adhiere a la espalda de un pobre terrícola en la aventura de Vendaval que publicó Pulgarcito se inspira (por no decir plagia) en la película El experimento del doctor Quatermass; los hombres-peces con afición a raptar a la amada del Jabato mimetizan a La criatura del Lago Negro y, en fin, El mundo perdido de Conan Doyle, las novelas de Verne, Karl May y Rice Burroughs, por citar los modelos más obvios, asoman fragmentariamente por las miles de páginas en las que Víctor Mora gastó sus energías y su juventud. Pero sería injusto no recordar sus abundantes ficciones originales: la montaña de los enanos, el bajel del desierto, la secta de los hombres-cocodrilo, la ciudad de hielo del Gran Unicornio y tantas más que fueron un oasis entre las clases de Formación del Espíritu Nacional y el rosario vespertino.

Hubo un Víctor Mora anterior al Capitán Trueno y otro posterior a él. En el universo del cómic continuó inventando ficciones para niños (El corsario de Hierro lo reunió de nuevo con Ambrós) y para adultos (con dibujos de Annie Goetzinger, Luis García, Víctor de la Fuente y muchos más). Escribió una trilogía novelesca (Trilogía de la posguerra) que constituye la mejor historia de aprendizaje de un guionista de tebeos, y unas memorias que deben ser leídas por todo aquel interesado en nuestra cultura popular (Diario de a bordo). Pero yo, que he seguido con placer toda su obra, al conocer la noticia de su muerte pensé inmediatamente que el Capitán Trueno se había quedado huérfano y que  nosotros, que tanto lo disfrutamos, le debemos a su padre un agradecimiento hondo y duradero. Aquí lo expreso.

 

José María Conget

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