Letraheridos

 

En la segunda mitad del siglo xx el catalán lletraferit dio lugar, en la lengua de autores que, habiendo nacido en Cataluña o residiendo en ella, escribían en castellano, al calco compositivo letraherido.

Los ejemplos más antiguos los he encontrado en varias cartas de Jaime Gil de Biedma de 1956. En una a Carlos Barral escrita desde Manila el 20 de enero le dice: «Te escribo desde la oficina, mientras en torno cantan el vals de los ventiladores. Realmente no es éste clima para letraheridos: mi cabeza pierde filo y mi caligrafía lleva camino de convertirse en algo infantil». Esta carta la incluyó Gil de Biedma —con la sola modificación de omitir un párrafo de ella— en la primera parte, hasta entonces inédita, de su voluntariamente póstumo (1991) Retrato del artista en 1956.

Vuelve a aparecer la palabra en otras dos misivas escritas a Gabriel Ferrater: «He conocido incluso algunos letraheridos. Es curioso el renversement que la situación del letraherido de aquí representa respecto a la del europeo» (Manila, 2 de febrero de 1956); y «de acuerdo en lo de la impersonalidad de los letraheridos» (Manila, 29 de febrero del mismo año; nótese que este texto implica que Gabriel Ferrater también emplearía nuestra palabra en una carta suya).

Finalmente, el vocablo aparece otras dos veces en sendos pasajes de otra carta a Gabriel Ferrater del 8 de agosto, escrita en Nava de la Asunción:

Hay que reconocer que, al lado del apetito rabelesiano de los letraheridos dieciochescos, época en que un Jovellanos emprendía para sus amigos de la Chancillería la traducción del Essai sur le commerce o del Ami des hommes con la misma ausencia de pereza con que hoy se adjunta un recorte de periódico, nuestro zest epistolar es por cierto modesto. […]

Oigo música, leo bastante, escribo […], trabajo en mi estudio sobre Cántico. En fin, que por fin llevo una vida de letraherido integral, sin nostalgias ni deseos de placer.

Pues bien, hay un detalle francamente curioso. Si Gil de Biedma empleaba la palabra letraherido en estas cartas a sus amigos barceloneses, era desde la seguridad en que ellos la conocían y también la empleaban. Pero cuando incluyó la última carta a Ferrater citada —la del 8 de agosto de 1956— en el Diario de un artista seriamente enfermo (1974) —que constituirá después, como es sabido, la tercera parte del Retrato—, decidió eliminar las dos menciones de letraherido, seguramente porque pensó que por entonces a los lectores, al menos a los no catalanes, podría causarles extrañeza. Así, en aquel Diario —lo mismo que ocurrirá en la sección tercera del Retrato póstumo— lo que pudo leerse fue, en vez de «el apetito rabelesiano de los letraheridos dieciochescos» (que es lo que, como hemos visto, dice la carta privada), «el apetito rabelesiano de aquella época»; y en vez de «por fin llevo una vida de letraherido integral», «por fin llevo una vida de escritor integral».

En cambio, es significativo que cuando, más cerca ya del final de su vida, el autor insertó —como hemos dicho— la carta a Barral del 20 de enero del mismo año en el texto de su Retrato (en la sección que ocupa en él, como ya sabemos, el primer lugar), mantuvo «letraheridos». Probablemente porque la palabra, en esas fechas (ya hemos dicho que el Retrato apareció no mucho después de fallecer el poeta en 1990), resultaría ya más conocida por toda suerte de lectores.

Retomemos la cronología y los textos de escritores catalanes en castellano. El siguiente ejemplo que encuentro es de Juan Goytisolo en Problemas de la novela (1959):

Psicológica, explicativa y, como tal, esencialmente burguesa, sus personajes [de la novela francesa] son letraheridos y cultos.

Tomás Salvador publica en La Vanguardia el 24 de marzo de 1962 un artículo que titula «Lletraferits», en el que da vueltas a la palabra catalana y la echa de menos en castellano (aunque aventura «letraheridos»).

En 1963 se publica la edición bilingüe de La pell de brau de Salvador Espriu, en traducción de otro Goytisolo, José Agustín. En un poema, el xviii, se evoca una cena de escritores amigos:

Sota la branca del penjat,
lletraferits, a Sepharad,
paràvem taula de sopar.

Y Goytisolo traduce así estos versos:

Bajo la rama del ahorcado,
letraheridos, en Sepharad,
poníamos mesa para la cena.

En 1964, uno de los capítulos de Razones para el lector, de Enrique Badosa, se llama «En torno de los letraheridos». Dos años después, Juan Marsé escribe la palabra con un guion: «Intelectual de izquierdas y letra-herido, había derivado sin ganas hacia la publicidad editorial» (Últimas tardes con Teresa, 1966). Sigue el valenciano Joan Fuster, que habla de «la nobleza media, letraherida y acomodada» de Gandía (La Vanguardia, 23 de agosto de 1969). En cambio, en el mismo año, José María Valverde deja la voz en catalán en una carta-poema a Narcís Comadira, «por y para sus Papers privats»:

Querido Comadira: Papers privats me trae
lo mejor de mi tiempo catalán, mi paréntesis
de hermosa libertad, en que hablé con vosotros
(con los Lletra-ferits, inefable pandilla)
de poeta a poetas...

Creo no equivocarme si afirmo que este ejemplo muestra una clara evolución de la palabra, no aplicada ya tanto al ‘leído’, ‘letrado’, ‘que ha leído mucho’ cuanto al ‘apasionado por la literatura’. Si el Diccionari general de la llengua catalana de Pompeu Fabra y otros repertorios que lo siguen definen lletraferit como «amant de conrear les lletres» (pero ¿es necesario que las cultive?), el más reciente Diccionari descriptiu de la llengua catalana del Institut d’Estudis Catalans prefiere hacerlo equivalente de «amant de la literatura». Y el diccionario de la Academia Española ha cargado aún más las tintas en su reciente definición de letraherido, como hemos visto: «que siente una pasión extremada por la literatura». Ha terminado por imponerse una visión más pasional y romántica del herir. Si en el texto de Montaigne este verbo valía más bien ‘golpear’ (recuérdese: «… comme si vous disiez lettre-férus, auxquels les lettres ont donné un coup de marteau»), ahora vemos en el letraherido a la víctima gozosa de un Cupido de la literatura que lo hubiera seleccionado como destino de sus saetas. La lengua francesa no tiene un adjetivo equivalente, pero sí es frecuente en ella «être féru de littérature».

El Diccionario del español actual dirigido por Manuel Seco pone a letraherido —que define como «aficionado a las letras y a la lectura»— las marcas de «literario» y «regional». Esta última es coherente con la documentación que el artículo exhibe: justamente, los textos de Marsé y de Badosa —ambos de los años sesenta— a los que más arriba nos hemos referido.

Hoy día, sin embargo, la palabra castellana, que sigue siendo «literaria» en el sentido de que ocurre en los labios o en la pluma de personas cultas, se ha extendido a autores de todas las procedencias. Hemos podido documentarla en textos de Francisco Umbral, Rosa Montero, Luis Antonio de Villena, Francisco Rico, Miguel Sánchez-Ostiz, Andrés Trapiello, Manuel Longares, Juan Cruz, Ignacio Echevarría, Manuel Rodríguez Rivero, Santos Sanz Villanueva, Sergio del Molino, José Luis Melero… Se ha abierto camino hasta al menos una manifestación de los estudios de historia literaria, pues en 2008 apareció en el título de un libro que es resultado de una Acción Integrada (o proyecto de investigación) Hispano-Francesa: La mujer de letras o la letraherida. Discursos y representaciones sobre la mujer escritora en el siglo xix.

También la han empleado Jorge Edwards y Roberto Bolaño, chilenos ambos y ambos muy vinculados a España. Pero, indudablemente, es voz tan sugestiva y transparente que podría llegar a extenderse por América: el Corpus del Español del Siglo xxi de la Academia incluye dos textos del periódico peruano El Comercio, ambos de 2008.

Y es claro, en fin —insistamos en ello—, que se ha alejado mucho del valor que inicialmente le asignaban los diccionarios catalanes. De la extremosidad que su semantismo ha llegado a alcanzar es buena muestra un pasaje del crítico Ángel Basanta: «Pronto fue [Umbral] un letraherido, enfermo de literatura, poseído por la pasión de escribir como enfermedad y locura sin otro remedio que la escritura misma» (Abc, 4 de octubre de 1996).

(1) Agradezco la  ayuda que me han prestado, para la redacción de estos artículos, Pere Gimferrer, María Pilar Perea, Germán Colón, Carme Riera y Francisco Rico.

 

Pedro Alvarez de Miranda

 

En el sexto aniversario de la muerte de Julio Manegat gran lletraferit, fundador y jurado del Premio de la Crítica, periodista y escritor incombustible.

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