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El local es muy sobrio, con altas columnas de fundición, pintadas de un gris verdoso y baldosas pequeñas con cuadros amarillos, blancos y colorados, que se giran y superponen, hasta confundir la memoria. Las paredes están paneladas de madera hasta la altura de los ojos y el resto enfoscadas en rosa sudor y humo. Soportan carteles de antiguas ferias taurinas y fotos de la época de inaugural que se calientan con la luz naranja de los enormes apliques de latón, cuidadosamente fabricados en estos tiempos para que no se note que no son los originales. Tristes apliques, tan fielmente reproducidos, que pasan totalmente inadvertidos, salvo para mí que me baño en su luz latonada. Baño que me limpia de verrugas metálicas, de pendientes cabohorneros, de tintes marcianos, de teléfonos móviles, de periódicos gratuitos, de prisa y de presente.

 

 

Los asientos, desparramados por toda la pared izquierda son cómodos escaños forrados de terciopelo bermejo y sillas con asiento de cuero marrón, remachado con tachuelas doradas. Las mesas, la mayoría tullidas, son de dos tamaños, los dos pequeños, rectangulares y redondeadas, para cuatro o dos personas respectivamente, soportan una placa de mármol blanco y barato, sobre la que se camufla un platillo, que quiere ser cenicero. Algunos espejos alargados compiten con los percheros de latón por el territorio irredento de los carteles taurinos. En las baldas superiores, quiero ver los sombreros de los negociantes de Unamuno, pero aún es pronto.

La barra está a la derecha, de falso ébano y auténtico castaño, protegida por un tubo de latón, bruñido por mil clientes, que ríe la desgracia de su hermano que, sucio y desconocido, sirve de estribo a los parroquianos.

Pido un cortado y espero. Observo a un hombre de mediana edad, que luce calva y vaqueros, mientras engulle un par de pinchos de tortilla. No debe haber comido, pues ha pagado el primero y al poco ha pedido otro para socorrer a su estómago despoblado

Las muchachas de verrugas metálicas también han llegado hasta aquí, pero sienten vergüenza de su pelo marciano y solo usan tintes zanahoria y violín. Los cabohorneros se han puesto americana y corbata, pero todos ellos responden a la publicidad de los grandes almacenes de la esquina y me parece que pertenecen al mismo batallón de penados de la Wermatch.

Llega el café, dulce y amargo al mismo tiempo, y busco la soledad entre la gente. No llega, pero no me impaciento, la espero mirando por las ventanas que escoltan la puerta giratoria y me distraigo con los escudos de las vidrieras que las adornan. Escudos de lobos y robles, de lobos y puentes. Escudos coronados con coronas que ahora no reinan, con coronas antiguas de las que yo sólo soy súbdito.

Abro la petaca y cojo un pellizco de vello de mujer castaña, tiene un olor puro y picante, olor de infancia, olor olvidado. Lío el cigarrillo, sin prisa, con la tranquilidad del cazador que pasea por un coto sin perdices, disfrutando del paisaje y pensando en la merienda que lleva en el zurrón. Le pido fuego al camarero que, solícito, me presta un poco de lumbre. Él y yo somos los únicos intérpretes acordes al decorado: él con su camisa blanca y su chaleco y pajarita negros, yo con mi traje príncipe de gales. Los dos completamente irreales. Los dos con tez de latón. Los dos camuflados en el pasado. Siento que pronto llegará Soledad.

Fumo y miro el espejo redondo, de madera tallada, reliquia americana de algún saloon del oeste; me recuerda un cuadro flamenco en el que aparece un tipo feo con su esposa embarazada y que se reflejan en este mismo espejo convexo para demostrar la pericia del artista. Espejo embustero, espejo desempleado. Sólo yo me reflejo en él, deformado, lejano, latonado, pretérito.
 

De Soledad de latón y terciopelo por Miguel San José 

 


 

Homenaje en Torrelavega el 28, 29 y 30 sep. de 2018