El local es muy sobrio, con altas columnas de fundición, pintadas de un gris verdoso y baldosas pequeñas con cuadros amarillos, blancos y colorados, que se giran y superponen, hasta confundir la memoria. Las paredes están paneladas de madera hasta la altura de los ojos y el resto enfoscadas en rosa sudor y humo. Soportan carteles de antiguas ferias taurinas y fotos de la época de inaugural que se calientan con la luz naranja de los enormes apliques de latón, cuidadosamente fabricados en estos tiempos para que no se note que no son los originales. Tristes apliques, tan fielmente reproducidos, que pasan totalmente inadvertidos, salvo para mí que me baño en su luz latonada...

Los asientos, desparramados por toda la pared izquierda son cómodos escaños forrados de terciopelo bermejo y sillas con asiento de cuero marrón, remachado con tachuelas doradas. Las mesas, la mayoría tullidas, son de dos tamaños, los dos pequeños, rectangulares y redondeadas, para cuatro o dos personas respectivamente, soportan una placa de mármol blanco y barato, sobre la que se camufla un platillo, que quiere ser cenicero. Algunos espejos alargados compiten con los percheros de latón por el territorio irredento de los carteles taurinos. En las baldas superiores, quiero ver los sombreros de los negociantes de Unamuno, pero aún es pronto...
Soledad de latón y terciopelo de Miguel San José